Confesión: estaba obsesionada con el padre de mi amiga
Me pasé meses evitándolo. Valentina me arrastró a su camioneta sin darme escapatoria. Él iba en el asiento del conductor, serio, sin mirarme.
Historias reales contadas en primera persona
Me pasé meses evitándolo. Valentina me arrastró a su camioneta sin darme escapatoria. Él iba en el asiento del conductor, serio, sin mirarme.
Estaba a punto de llegar al hostal cuando sonó su teléfono. Se quedó blanco. Yo me quedé ardiendo, con el abrigo y las medias, a veinte minutos de casa.
Me puse la falda más corta que tenía, entré sola al gym y esperé. No tardé mucho en notar que todos los ojos del lugar estaban clavados en mí.
Tengo veintiocho años y una lista de fantasías que casi nunca le cuento a nadie. Esta es mi confesión completa, sin filtros.
Salimos a las tres de la mañana con la excusa de bailar. Valentina iba tensa, como si no terminara de creer que algo podía pasar. Yo sabía que sí.
Kwame aparcó el tráiler al mediodía y antes de arrancar al día siguiente había dejado su marca en tres cuerpos distintos. Algunos lo buscaron, otros simplemente cedieron.
A las siete de la mañana yo llegué a entrenar. Ella cerró el vestuario con pestillo, se giró y me dijo: «Hoy la clase no está en el menú normal».
Me puse el vestido más ajustado que tenía y lo esperé en la terminal. Siete días sin él y mi cuerpo pedía a gritos que volviera.
Cada vez que cruzaba las piernas en clase, sus ojos bajaban solos. Tardé dos martes y un viernes en conseguir que me invitara a la sala de lectura privada.
Habíamos ido a ese departamento diciéndonos que solo íbamos a tomar algo. Para cuando apareció el mazo de póker, ya era demasiado tarde para ser honesta conmigo misma.
Valeria llevaba diez años defendiendo culpables e inocentes. Lo que no esperaba era que uno de ellos la mirara así desde el otro lado de la celda.
Me la encontré en la cocina de una fiesta y me dijo al oído que llevaba la noche entera mirándome. Esa noche cambió todo.
Había pasado dos años trabajando para Adrián sin cruzar ninguna línea. Esa tarde en el Mediterráneo, entre el calor y el vino, todo cambió.
Cuatro años en el mismo despacho sin saber quiénes éramos el uno para el otro. El día que lo descubrimos, todo cambió.
Tenía dieciséis años y el trabajo de historia a medias cuando Rodrigo me miró el escote por primera vez. No imaginé que tardaría una década en cobrarlo.
Cuando Sofía apoyó el cuerpo en la silla y vi cómo se le torció la cara de dolor, supe que la gripe era mentira y que lo ocurrido era mucho peor de lo que imaginaba.
Llevaba semanas preparando ese viaje para poner distancia entre los dos. Pero él apareció en mi puerta antes de que pudiera escapar.
Entré al hotel con el vestido negro y la decisión tomada. Lo que no esperaba era que mi propio cuerpo me traicionara de esa forma.
El día que nadie más apareció en el taller, Lucía cerró la puerta con un clic que sonó como una promesa que ninguno de los dos pretendía cumplir.
El segundo día en Cebú encontré a Cherie en un bar del puerto. Me enseñó algo en ese baño que cambió cómo entendía el placer.