Mi novia no sabía que yo soñaba con compartirla
Nunca le dije lo que imaginaba por las noches mientras ella dormía a mi lado. Esta es la confesión que llevo callando desde que llegamos a esa ciudad.
Historias reales contadas en primera persona
Nunca le dije lo que imaginaba por las noches mientras ella dormía a mi lado. Esta es la confesión que llevo callando desde que llegamos a esa ciudad.
Le prometí que esta vez sería distinta. Lo cumplí durante exactamente tres semanas, hasta que el portero del bar llegó una hora antes de lo habitual.
Me miro en el espejo con el liguero y las medias de rejilla, y sonrío: perdí la apuesta y sé exactamente lo que él va a pedirme esta tarde.
Encontré una copa de vino, un antifaz negro y un texto encendido en la pantalla. Lo leí despacio y entendí que esa noche mi marido había decidido cumplir su mayor deseo.
Me ordenó entrar al confesionario con la lencería más fina y susurrarle mis pecados al padre. Lo que no esperaba era que él decidiera ponerme una penitencia.
Llevaba un vestido blanco para una noche con mi novio que nunca llegó. A las tres de la madrugada, el único que respondió mi llamada fue mi inquilino.
Fingía esperar a alguien en la entrada cuando las tres se acercaron entre risas. Una me preguntó si tenía la noche libre. No imaginé hasta dónde iba a llegar todo.
Mi marido me animó con la mirada a marcharme con aquel desconocido. Lo que ninguno de los dos sabía era que ese hombre no pensaba dejarnos en paz.
Subir el vídeo fue solo el principio. Aquella madrugada de sábado entendí que mirar ya no me bastaba: quería que un desconocido me tocara de verdad.
Pagué la entrada, busqué la cabina del fondo y creí que sería un minuto. Entonces escuché esa voz grave preguntar si había alguien al otro lado de la pared.
Vino a pedirme la impresora y se quedó mirando la pantalla con una pregunta en la punta de la lengua que lo cambió todo entre nosotros.
Habíamos saltado la verja de una finca vacía. Él me marcaba el ritmo con la mano en mi nuca y yo me dejé llevar sin pensar en nada más.
Lo había mirado durante días desde la terraza, fingiendo que no lo hacía. Esa tarde de calor decidí dejar de fingir y bajé con un vaso de limonada en la mano.
Eran las seis de la mañana, yo seguía con el vestido de novia y mi marido roncaba inconsciente arriba. El camarero aún no se había ido, y yo ya no pensaba en dormir.
Volvía cada madrugada oliendo a tabaco americano y perfume nuevo. Yo callaba y guardaba mis sospechas, hasta la noche en que decidí seguirla y descubrir con quién pasaba esas horas.
A mis cuarenta y nueve creía haberlo visto todo, hasta que aquel desconocido empapado se quitó la camiseta en mi patio y supe que la tarde no terminaría con la jardinería.
Nadie en el supermercado, en la farmacia ni en la panadería imaginaba lo que escondía bajo la ropa. Y esa era justo la parte que más me excitaba.
Me escribiste «tengo hambre» y supe exactamente lo que querías. No somos pareja, ni siquiera mi tipo, pero hay algo entre nosotros que nadie entendería.
A oscuras, a unos metros de mi portal, su polla brillaba bajo la única farola de la calle. Y yo ya sabía que iba a volver a bajar la cabeza.
Nunca se lo dije a nadie, pero apenas él cierra la puerta para irse, hay un nombre y un cuerpo que ocupan toda mi imaginación.