El desconocido que nos llevó a su apartamento
Perdimos el partido y caminábamos hacia el metro cuando un auto de alta gama se detuvo junto a nosotros. El hombre al volante tenía una propuesta que ninguno de los dos esperaba.
Perdimos el partido y caminábamos hacia el metro cuando un auto de alta gama se detuvo junto a nosotros. El hombre al volante tenía una propuesta que ninguno de los dos esperaba.
Eran las dos de la mañana cuando aceptó cruzar mi puerta. Solo me pidió tres cosas, y la tercera era la que más me excitaba: que pudiera arrepentirse cuando quisiera.
Andrés guardó su tarjeta dos días sin atreverse a escribir. Cuando por fin lo hizo, no imaginó que esa misma noche estaría desnudo contra la pared de su propio recibidor.
Creía que estaba solo bajo el agua, hasta que un brazo le rodeó el cuello por la espalda y una voz ronca le susurró al oído lo que ya era evidente.
Subí las escaleras detrás de él oliendo su colonia, sin saber que sus compañeros volverían dos horas antes de lo previsto.
La llave giró en la cerradura a las dos de la madrugada y yo seguía debajo de él, sin intención de taparme. Cuatro pares de ojos me miraron desde la puerta.
Llevaba años entrando a escondidas solo para mirar. Aquella tarde de verano, por fin, decidí abrirle la puerta a uno de ellos.
En cuanto sus padres se metieron en la cocina, el chico le agarró el paquete por encima del vaquero. Nadie en esa casa imaginaba cómo iba a acabar la cena.
Ella me humilló por una videollamada y salí a beber hasta caerme. En la barra, dos tipos altos me sostuvieron del brazo y me ofrecieron un sitio más tranquilo.
Le ofrecí la ventanilla a la señora del autobús y ni me miró. No imaginaba que el verdadero viaje empezaría en el comedor del hotel, frente a dos extraños.
Me hice el dormido para mirarlo. Lo que vi esa noche en la otra cama cambió por completo el rumbo de aquel viaje.
Llevaba más de dos horas en la sala de espera cuando él me llamó por mi nombre. No imaginé que esa misma tarde acabaríamos solos en una camilla que ya nadie usaba.
Lo vi en la esquina con el pito entre los dientes, avisando a los jíbaros. No pude dejar de mirarlo, y supe que esa madrugada no me iría a casa sin él.
Entré temblando en aquel piso a oscuras a esperar a un hombre al que jamás había visto. Lo que pasó esa tarde me marcó para el resto de mi vida.
Esperaba desnudo junto al olivo, con la mochila a los pies y el móvil en la mano, sin imaginar que aquella noche fría me dejaría dos sabores distintos en la boca.
Levanté la vista del móvil y sus ojos ya estaban clavados en los míos desde el otro extremo del aparcamiento. No hizo falta una sola palabra.
Bajé la cremallera del mono en la penumbra, convencido de que estaba solo. Entonces sentí el peso de una mano huesuda posándose despacio sobre mi rodilla.
A los cincuenta y tres años, soltero y aburrido, Ramiro descubrió que la oferta y la demanda también funcionan a las tres de la tarde, en el sofá de su salón.
Me prometió una plaza en la goleta si lo acompañaba al callejón. Lo que vi por aquella ventana y lo que pasó después cambió todo lo que creía saber de mí.
Cuatro meses después, volvimos al mismo vestuario buscando repetir aquella tarde. No contábamos con que un tercero, joven y descarado, nos estuviera observando desde el otro extremo.