La cala secreta que nos cambió la tarde entera
Sofía me arrastró por el sendero sin saber que detrás del último pino había una cala diminuta, dos desconocidas sin ropa y una invitación que no íbamos a rechazar.
Sofía me arrastró por el sendero sin saber que detrás del último pino había una cala diminuta, dos desconocidas sin ropa y una invitación que no íbamos a rechazar.
Hace dos meses empecé con una chica que me quiere de verdad. Y aun así, en cuanto cierra la puerta, abro la página de contactos y busco lo que ella nunca podrá darme.
Tengo la mejilla pegada al azulejo frío y no recuerdo su cara, solo el ritmo con que entra y sale de mí mientras sus manos me sujetan la cintura.
Me bajé del tren en lencería bajo el jean, el corazón a mil. Él me esperaba en la esquina, transpirado, y yo iba a animarme a algo que llevaba años imaginando frente al espejo.
Hui de mi ciudad para convertirme en quien soy. Volví de visita y, en un bar sin nombre, dejé que un desconocido subiera la mano por mi muslo hasta toparse con lo que no esperaba.
Su voz en los audios ya me tenía duro antes de tocar el timbre. Lo que no sabía era que iba a salir de ese departamento siendo otro hombre.
Pasé por delante de la cabina cinco veces antes de atreverme a mirar dentro. El hombre del pelo gris levantó la vista y me hizo un gesto sin decir nada.
Una sonrisa desde la mesa de al lado, una servilleta con un número y, sin querer, mi esposa se atrevió a cruzar una línea que llevaba años imaginando.
Coincidimos tres veces el mismo sábado: en el tranvía, en un bar del centro y otra vez en el andén. A la tercera entendí que no podía dejarla ir sin saber su nombre.
Entré a la consulta con la garganta seca. No esperaba que ella me pidiera cerrar los ojos y describir, palabra por palabra, aquello que llevaba meses ocultando.
Estaba lista desde las cuatro de la tarde, empapada y necesitada, cuando aquel hombre bajito tocó a mi puerta sin imaginar que yo descubriría su apodo a la fuerza.
Llevaba años imaginándolo: maquillarme, ponerme las medias y entregarme a un hombre por primera vez. Esa tarde, en una habitación de hotel, dejé de imaginarlo.
Pedí un whisky para olvidar el día y me serví unos ojos verdes con la copa. Cuarenta minutos después, los dedos de la camarera me cubrían los ojos por detrás.
Guardé su número como «S.1». Dos días para arrepentirme y ni una sola vez quise hacerlo: quería que me usaran otra vez, peor que la primera.
Estaba aburrido y caliente una tarde de mayo. Abrí la app, filtré por chicas trans y, media hora después, llamaba a la puerta de su habitación.
Me miré al espejo con la peluca puesta y el vestido translúcido, y supe que esa noche iba a dejar que un extraño hiciera conmigo todo lo que llevaba semanas imaginando.
A la mitad del viaje, mirando coches que pasaban a oscuras, se me ocurrió algo que no podía hacer en ningún otro lugar del mundo. Ni allí, en realidad.
Cincuenta y cuatro años, maleta hecha y una semana en la costa. No iba buscando nada. Pero ese camarero de ojos azules tenía una forma de mirar que lo cambiaba todo.
Cada vez que aceptaba una condición, aparecía la siguiente. Al final del día ninguno de los dos sabía bien qué había pasado, pero ambos querían repetirlo.
Guardaba sus textos en una carpeta privada, los releía de noche con la luz apagada. Llevaba meses haciéndolo antes de atreverme a escribirle.