Lo que esa desconocida hizo con sus pies en el cine
Los fines de semana no voy al cine por la película. Voy a sentarme atrás, a esperar que unos pies desconocidos se apoyen en mí y decidan cuánto puedo aguantar.
Los fines de semana no voy al cine por la película. Voy a sentarme atrás, a esperar que unos pies desconocidos se apoyen en mí y decidan cuánto puedo aguantar.
Hacía dos semanas que nadie me usaba como yo necesitaba, así que me puse el vestido más fácil de quitar y bajé al único sitio donde sabía que jamás me dirían que no.
Esa tarde cruzó la cortina de la trastienda sabiendo que iba a cumplir cada orden, por degradante que fuera, sin que nadie la obligara a hacerlo.
Sabía que aquellos dos hombres la despreciarían en cuanto cruzara la puerta, y eso era justo lo que la hacía volver una y otra vez a por más.
La echaron de la mansión por pedir demasiado. Caminando perdida en la noche, el hedor de un camión de basura le hizo sonreír: por fin alguien hablaría su idioma.
Nunca había pagado por algo así. Quedamos un martes por la mañana, ella me dio la bolsa de prisa y yo no pude dejar de pensar en lo que me esperaba en casa.
Contamos hasta tres y nos quitamos el bañador delante de todos. Lo que no sabía era que ella había guardado una llave en su collar para el resto del día.
La puerta se abrió y entendí que esa noche yo no decidía nada. Ella esperaba atada al cabecero; él, de pie en la penumbra, solo me miró y asintió.
Ella levantó la falda, me miró fija y dijo que no me diera vergüenza, que todos lo hacíamos. Ahí supe que esa noche no se parecería a ninguna otra.
Llevaba años persiguiendo este momento en aeropuertos y trenes, pero nunca imaginé que una desconocida me dejaría adorar sus pies descalzos en pleno vuelo.
Sentí sus pies descalzos sobre mi hombro en plena oscuridad. Entonces una voz me preguntó si me gustaba cómo olían sus calcetines, y solo supe responder que sí.
Llevaba años exhibiéndome en la ventana sin que nadie importara, hasta la noche en que crucé la calle descalza para arrodillarme frente al único hombre que se atrevió a mirarme de verdad.
Me dijo que esa espera no se pagaba con plata. Y yo, en lugar de bajarme del taxi, me quedé a averiguar con qué quería que se la pagara.
Olió la flor que no debería existir y su cuerpo dejó de obedecerle. Entre los árboles, alguien la observaba y esperaba el instante exacto para acercarse a ella.
Estaba medio desnuda en el coche de un hombre al que no conocía, en un parking lleno de gente, y él me dijo que me relajara porque mi chequeo apenas empezaba.
La adrenalina me subía con solo pensarlo: salir de noche a una zona apartada y dejar que hombres que no conocía me usaran como quisieran. Sabía los riesgos.
Llevo años trabajando entre muertos y creía haberlo visto todo. Hasta que aquel hombre, tendido en mi mesa de acero, se movió cuando hundí el bisturí en su pecho.
El mar me escupió en la cubierta de un yate sin un solo hombre a bordo. Cuando desperté por segunda vez, ya llevaba puesto su vestido y no entendía por qué me dejaba hacer.
Llevaba toda la tarde sin clientes cuando entró ella. Me arrodillé para calzarle un tacón y, con su pie desnudo entre mis manos, supe que no iba a poder parar.
Entró al mercado medio derruido buscando pruebas para una denuncia y encontró a cuatro hombres dispuestos a usarla como nunca nadie la había usado.