Encontré a mi padre con otro hombre en su cuarto
La puerta del dormitorio estaba entreabierta. Me asomé por la rendija sin pensar y lo que vi me clavó al suelo: mi padre no era quien yo creía.
La puerta del dormitorio estaba entreabierta. Me asomé por la rendija sin pensar y lo que vi me clavó al suelo: mi padre no era quien yo creía.
Llevaba semanas deseando que volviera a buscarme. Esa noche entendí que, si quería sentir de nuevo aquello, tendría que ir yo a buscarlo a otra parte.
Iba borracho en el metro cuando abrí la app por aburrimiento. No imaginaba que ese mensaje de un desconocido terminaría conmigo de rodillas en un trastero a oscuras.
Acepté el juego: la puerta sin cerrar, las luces apagadas y un hombre al que nunca le vería la cara. Lo que no imaginé fue encontrármelo el lunes en la oficina.
No había dormido en dos días, pero unos pasos en el pasillo a oscuras lo despertaron: alguien entraba al baño donde ya esperaba otro chico, y nadie más lo sabía.
El anuncio decía «sesión erótica gratuita para chicos jóvenes». Lo que no decía, y yo entendí perfectamente, era cómo pensaba cobrármela aquella noche.
Matías abrió descalzo, con esa media sonrisa que no escondía nada. Detrás de Andrés, Esteban ya respiraba en su nuca. Los tres sabían para qué habían venido.
Subí a entregar unos papeles y bajé con un desconocido que olía a colonia cara. Entonces el ascensor se detuvo, las luces murieron y todo cambió entre nosotros.
Llevaba meses mandándole toques sin respuesta. Aquella mañana contestó con dos palabras que me pusieron de rodillas antes incluso de abrirle la puerta.
Cuando me abrió la puerta en calzoncillos y me dijo «de rodillas, en silencio», supe que esa noche valdría la cruzada en Uber hasta la otra punta de la ciudad.
Tenía veinte años, la casa para mí solo y un chat abierto. Nunca imaginé que aquel desconocido aparecería en mi puerta veinte minutos después, ni lo que dejaría grabado en mí para siempre.
Me había jurado que solo íbamos a mirar. Pero cuando aquel desconocido posó la mano en el hombro de Eduardo, supe que yo tampoco iba a poder quedarme quieto.
Pensé que eran imaginaciones mías, hasta que encontré un número escrito en el envoltorio de la toallita que me había entregado al bajar del avión.
El vagón iba vacío a esa hora de la madrugada. Cuando aquel hombre se sentó casi frente a mí y empezó a mirarme sin disimulo, supe que el viaje no sería como los demás.
Sentí su cuerpo grande apretándose contra mi espalda en cada frenada, y cuando susurró «bajamos en la próxima» supe que no iba a poder decirle que no.
Llegué a esa fiesta en bañador creyendo que sería un día más con mi novio. No imaginaba que acabaría de rodillas, mostrándole a otro lo que se estaba perdiendo.
Llevaba tres semanas en la empresa cuando él se inclinó sobre la mesa y me dijo que tenía algo que llamaba la atención. Esa misma tarde lo seguí.
Las quejas de los vecinos no la asustaban; la encendían. En aquel ascensor olía a cerveza y a hombre sucio, y ella ya estaba de rodillas antes de llegar al último piso.
Le di la espalda a la cámara, moví las caderas despacio y esperé. Solo quería que un extraño me ordenara qué hacer con mi propio cuerpo.
Los fines de semana no voy al cine por la película. Voy a sentarme atrás, a esperar que unos pies desconocidos se apoyen en mí y decidan cuánto puedo aguantar.