La fantasía que no me atrevo a contarle a nadie
Nunca se lo conté a mi pareja. Pero cuando cierro los ojos no soy yo quien decide: alguien entra, me sujeta y mi cuerpo deja de obedecerme.
Nunca se lo conté a mi pareja. Pero cuando cierro los ojos no soy yo quien decide: alguien entra, me sujeta y mi cuerpo deja de obedecerme.
Nadie sabía por qué estacionaba siempre en el mismo tramo desierto. Esa tarde, un corredor giró la cabeza hacia mi ventanilla y se dio cuenta de todo.
Sabía lo que hacía cuando me puse la bata mal cerrada. Lo que no sabía era hasta dónde dejaría que aquel desconocido me explorara esa tarde.
Estaba embarazada, sola y caliente como nunca; cuando aquellos dos hombres se ofrecieron a acompañarme a casa, ya sabía lo que iba a dejar que ocurriera entre los tres.
Sentado en el sillón, con la llave colgando entre sus pechos, supe que esa noche por fin la vería entregarse a otro hombre mientras yo permanecía encerrado.
No sé tu nombre, pero sé lo que te espera. Yo también creí que era amor antes de aprender a obedecer cada una de sus órdenes.
Me quedé mirándola desde la barra hasta que nuestras miradas se cruzaron. No sabía aún que esa noche ella me llamaría «señor» y haría todo lo que yo le ordenara.
Cuando se puso de cuclillas frente a mí bajo la lluvia y me pidió que le enseñara los dientes, supe que aquel hombre de traje negro no buscaba darme una moneda.
Llevaba toda la vida siendo la fuerte, la que cuidaba de todos. Esa tarde, un desconocido me ordenó subir a su coche y, por primera vez, dejé de decidir.
Empezó con un tanga rojo y un «póntelo, amor». Terminó con ella sonriendo desde la encimera, decidiendo por los dos cómo iba a ser el resto de mi vida.
Llevaba dos años imaginando este día. No sabía que un cincuentón trajeado, con la mirada clavada en la mía, decidiría por mí cómo iba a ser mi primera vez.
Me ordenó ponerme a cuatro patas en la trastienda y, mientras sus dedos me exploraban, entendí que acababa de descubrir algo que yo llevaba años escondiendo.
Llevaba semanas observándola tras el mostrador de la clínica. La noche en que su vida se derrumbó, la invité a subir a mi apartamento y le ofrecí lo único que no podía rechazar.
La cama de enfrente crujía cada madrugada al ritmo de un desconocido, y ella fingía dormir mientras calculaba cuánto estaba dispuesta a perder.
Tenía hambre, frío y ninguna razón para confiar en él. Pero cuando él la miró a los ojos y le ofreció un techo, supo que decir que sí lo cambiaría todo.
Llegué temblando a la habitación, cerré las cortinas y me desnudé siguiendo sus instrucciones. Solo quería ser una boca usable. No imaginaba lo que saldría de allí.
Conectamos durante semanas a través de una pantalla, pero ¿y si en persona no quedaba nada de aquella chispa? Entonces lo vi cruzar el bar y mi cuerpo respondió antes que mi cabeza.
Volvía de surfear, el pelo húmedo y el bikini aún mojado, cuando me hicieron parar. No imaginaba que esa noche descubriría hasta dónde llegaba mi deseo.
Me senté en esa silla a fingir una emergencia, pero bajo el top sin sujetador mi cuerpo solo obedecía a una voz que no estaba en la sala: la de mi amo.
Conduje hasta la fábrica abandonada con el pulso desbocado. Me desnudé entre los cristales rotos y crucé la puerta sin saber qué me esperaba en los pisos de arriba.