El técnico del aire me dejó la casa fresca y yo ardiendo
Abrí la puerta apenas envuelta en una bata. Cuando lo vi en el rellano supe que aquel sábado de febrero iba a recordarlo por algo muy distinto al calor.
Abrí la puerta apenas envuelta en una bata. Cuando lo vi en el rellano supe que aquel sábado de febrero iba a recordarlo por algo muy distinto al calor.
La idea era simple y enferma a la vez: elegir a un extraño, dejar que mirara, y disfrutar de cada segundo sabiendo que del otro lado había unos ojos pendientes de mí.
Lo vi por el retrovisor: deportivo, con un bulto marcado bajo la licra, esperando una señal mía. Subí las ventanillas y todavía dudo por qué.
No eran ni las siete y el calor ya apretaba. Solo él sabía cómo reconocerme: yo era la única con mallas azules corriendo por el sendero.
Siempre supe que mi sitio estaba de rodillas, pero jamás imaginé que tres mujeres me harían suplicar para decidir si merecía servirlas.
Solo buscábamos un atajo hacia el restaurante. En ese callejón sin salida aprendí lo cobarde que era, mientras tres desconocidos decidían por nosotros.
Solo quería sol y silencio. No buscaba a nadie, y menos a un hombre que me esperó en la orilla únicamente para decirme que no pensaba dejarme ir.
Frente al hospital, un desconocido dejó caer una tarjeta y una frase que Catalina jamás olvidó: su criatura llegaría al mundo para convertirse en otra persona.
Habíamos hablado durante semanas detrás de una pantalla. Esa tarde, por primera vez, no había cámara entre nosotros: solo ella, mi cuarto y la puerta cerrada.
Salió del baño, me vio a medio vestir con el uniforme puesto y soltó: «tienes unas piernas fuertes». Ahí supe que esa tarde no iba a terminar como las otras.
Lo que más me ponía era ver cómo otros la miraban. Aquella tarde, en la arena, dejé de mirar y le hice un gesto al desconocido para que se acercara.
Mi prometido viajó sin mí días antes de la boda, así que cuando el chofer empezó a mirarme por el retrovisor, decidí darle una prueba de lo que era capaz.
Le avisé que no llevaba nada debajo del vestido. Lo que no sabía era que, mientras él me tocaba, alguien más nos observaba en vivo desde la pantalla.
Le pedí que abriera las piernas en la gasolinera y al empleado casi se le salen los ojos. Esa mañana entendimos que el morbo de que la miraran nos podía con todo.
Salí del trabajo sin ropa interior y con la blusa entreabierta. Solo quería sentir el aire entre las piernas. No imaginaba a quién encontraría en el vagón.
Cuando el señor del desayuno entró en la oficina y me sonrió, entendí que mi amigo no lo había dejado pasar por casualidad.
Me maquilló, me eligió el vestido más corto del armario y me soltó en la pista. No imaginé que terminaría rodeada de manos extrañas hasta el amanecer.
Pensé que iba a matar el tiempo en una playa cualquiera mientras mi mujer trabajaba. No imaginaba que Damián e Iván me esperaban con una invitación que no supe rechazar.
Esa madrugada me puse la tanga roja, las medias de red y la peluca frente al espejo del hotel, y por primera vez no reconocí al chico de siempre.
Entré por aburrimiento, como tantas otras noches. Pero esa pelirroja de rizos no era una cam más: leía sus propios relatos mientras decenas de desconocidos la calentaban en directo.