La noche que mi mujer cumplió su fantasía prohibida
Llevábamos diez años casados y creía conocerla bien. Una noche en un motel, me confesó lo que siempre había querido, y yo decidí dárselo.
Llevábamos diez años casados y creía conocerla bien. Una noche en un motel, me confesó lo que siempre había querido, y yo decidí dárselo.
Perdí el último metro y empecé a caminar. No vi el coche negro hasta que ya era demasiado tarde y su voz en mi oído decía: quieta, no te muevas.
Me puse minifalda y tacones ese jueves que tenía la casa para mí sola. Solo iba a coquetear un rato. Eso me dije mientras él cerraba la puerta del cuarto de cámaras detrás de nosotros.
Llevábamos dos noches mirando sin tocar. La tercera, mientras dos parejas se mezclaban a un metro de nosotros, mi novia me apretó el brazo y me susurró algo.
Subí al bus con falda corta y sin brasier. Cuando me senté detrás del chofer, noté que el retrovisor no apuntaba al pasillo: me apuntaba a mí. Entonces decidí ponerlo a prueba.
Aquella tarde en la arena lo perdí de vista cuando me levanté a por agua. Y entonces me hablaron en la cola del chiringuito y descubrí que era él.
En cuanto se vio en el espejo con el vestido puesto, supo que esa tarde no iba a poder caminar tranquila ni cinco metros sin que la siguieran.
Subí con una desconocida y al cerrar la puerta supe que mi vecina ya estaba apostada detrás de la cortina, lista para ver cada detalle de lo que pasaría.
En la escalera mecánica me pilló mirándole las piernas. En vez de molestarse, me dedicó una sonrisa burlona que iba a cambiar todo lo que pasó después.
Entré al salón completamente desnuda mientras ellos todavía sostenían las cartas. Lo habíamos hablado con mi marido, pero el final lo improvisé yo.
Cuando bajé al parque del Olivar aquel sábado, no imaginé que pasaría la tarde siendo el juguete de dos hombres en un baño donde cualquiera podía entrar a maquillarse.
Ella nunca llegó al punto de encuentro. Veinte minutos más tarde, un desconocido se me acercó con una propuesta que no estaba en mis planes.
Damián juraba que sabíamos divertirnos. No imaginé que su invitación nos llevaría a un pasillo de cortinas rojas donde mi esposa decidiría por los dos.
Sabía que él ya estaba sentado junto al ventanal, esperándonos. Lo único que mi marido y yo queríamos era convertirme en su obsesión por una sola noche.
Llevaba meses durmiendo abrazado a un consolador y al recuerdo de mi ex. Esa tarde, en una cabina de internet, encontré un anuncio que no debí haber abierto.
Cuando levanté la vista del vibrador, lo vi en la ventana de enfrente: cabeza rapada, torso desnudo y la mano moviéndose al mismo ritmo que la mía.
Iba dormido contra su hombro cuando me despertó tocándome por encima del pantalón. Lo que no sabíamos es que la chica del asiento de delante miraba el reflejo en la ventanilla.
Esa noche, en una esquina oscura de la ciudad, mi mujer se bajó del auto sin ropa interior y empezó a hacerse pasar por lo que nunca había sido. Yo escuchaba todo desde el teléfono.
Bajé del coche, levanté el capó y, sin cobertura, solo me quedaba esperar. Cuando vi acercarse el camión, supe que esa tarde no terminaría como debía.
Aparqué en la planta más vacía del subsuelo y le pregunté si seguía segura. Asintió. Le tendí el sobre con los billetes y le pedí que solo mirara, nada más.