Mi primera noche como travesti en la carretera
Nunca había salido así a la calle. El corazón me golpeaba el pecho cuando aquel coche frenó a mi lado y bajó la ventanilla: tenía edad para ser mi padre.
Nunca había salido así a la calle. El corazón me golpeaba el pecho cuando aquel coche frenó a mi lado y bajó la ventanilla: tenía edad para ser mi padre.
Se fueron las tres solas, con las maletas llenas de bikinis diminutos y una sola intención. Mi mujer me dijo que mejor me lo contaba a la vuelta. Y vaya si me lo contó.
Subí por las escaleras eléctricas sabiendo que medio centro comercial me veía por debajo de la falda. Y esa noche todavía no había hecho lo más atrevido.
Me subí al banco sin hacer ruido, pegué el ojo a la rejilla de plástico y entonces la reconocí: era ella, la que llevaba toda la tarde mirando de reojo.
Subieron a mi auto creyendo que solo iban a darse un baño y comer caliente. Yo ya había decidido que esa tarde no terminaría con ellos vestidos.
Cada vez que ella empujaba la puerta del bar, seis hombres se levantaban a la vez, como si hubieran ensayado esa escena cientos de noches.
Nunca había hecho algo así. Pero esa tarde, mientras buscaba quién arreglara el techo, me di cuenta de que en realidad estaba cazando otra cosa.
Sabía que aquel hombre nos miraba desde la penumbra, y en lugar de cubrirme dejé que mi amigo levantara despacio el borde de mi vestido.
Levantó una toalla entre las puertas del coche para esconderse de todos. No contaba con el viento, ni con la cantidad de ojos que ya la observábamos.
Llegué al motel diciendo que ya no quería, convencida de que iba a frenar todo. Lo que no sabía era cuánto me iba a gustar perder esa discusión conmigo misma.
Quedamos en algo sencillo: una llamada perdida cuando empezaran, y yo apareciendo en mi balcón como si fuera casualidad. Esa noche cambió todo.
Aprendí que el placer no estaba en el mar ni en el paisaje, sino en el instante exacto en que un desconocido se daba cuenta de que yo no llevaba nada debajo.
Era martes, casi medianoche, y solo quedaba un sitio con las luces encendidas. No imaginé que la mujer que nos atendió decidiría cómo terminaba la noche.
Llevaba años cobrando por mi tiempo, pero esa madrugada, con él dentro de mí y su boca pegada a mi oído, hice algo que no había hecho jamás: olvidarme del dinero.
Solo iba a probar una clase dirigida. No esperaba que su coche se detuviera delante de mí ni lo que vendría después, en una esquina del polígono.
Una ola traviesa, una toalla mojada y, de pronto, mi bikini pegado a la tela mientras yo seguía de pie. Lo que vino después me cambió para siempre.
Llevaba un mes de sequía y me había arreglado como una diosa para él. Lo que no imaginé es que el hombre que cruzó esa puerta jamás iba a tocarme.
Hacía una eternidad que un hombre no la tocaba. Bastaron dos extraños y un vagón abarrotado para que su cuerpo la traicionara sin permiso.
Solo quería tomar algo y conocerlo. Cuando llegué a la habitación 308, entendí demasiado tarde que él tenía otros planes para esa tarde.
Le dije a Mateo que me broncearía de frente. No le confesé que el verdadero placer estaba en saber que cada hombre que pasaba se detenía a mirarme.