El viejo del quiosco que se volvió su vicio
Todos apuraban el paso frente a su quiosco para no oír sus groserías. Una tarde de verano, Dalia se detuvo a comprar un helado y ya no supo cómo volver a casa.
Todos apuraban el paso frente a su quiosco para no oír sus groserías. Una tarde de verano, Dalia se detuvo a comprar un helado y ya no supo cómo volver a casa.
Tenía el turno de noche y una sola regla: no mezclarme con los huéspedes. La rompí la primera madrugada, y luego cada noche de aquella semana imposible.
Entre correo y correo, con la puerta cerrada y el cronómetro en marcha, llevo años perfeccionando una rutina que jamás le he contado a nadie. Hasta hoy.
Cuando el espejo me devolvió una cara que no era la mía, entendí que en esta casa yo ya no mandaba nada. Solo obedecía y deseaba complacerla.
Empezó como envidia: ellas tenían lo que a mí me faltaba hacía años. Lo que no calculé fue hasta dónde estaba dispuesta a llegar para sentirlo en mi propia piel.
Pensaba que aquellas fotos eran solo mías, hasta que ella contó hasta cinco frente a los barcos y se levantó el vestido sin avisar.
Cuando salió del agua y vi que la tela se le pegaba al cuerpo sin esconder nada, entendí que ese día íbamos a ser el centro de todas las miradas.
Empacó ropa recatada y un cuerpo cansado de esperar. Lo que encontró en casa de su amiga la cambió para siempre, aunque jamás se atrevió a contarlo.
Bajé la cerveza, me quedé quieto en la tumbona y comprendí que ella no sabía que la cortina blanca dejaba ver absolutamente todo desde mi balcón.
Cuando me pidió ayuda con el lavarropas no imaginé que terminaría mirándola sin disimulo. Una mujer así no debería quedarse sola tan seguido.
Cuando me abrió con esa lencería negra y esa sonrisa fría, entendí que esa noche no habría charla: solo órdenes, y yo estaba dispuesto a obedecer cada una.
Eran las 18:53 cuando sonó el telefonillo. Tres semanas esperando y de pronto ahí estaba ella, seria y elegante, dispuesta a cumplir cada una de sus condiciones.
Tenía veinticuatro años y creía conocer mi deseo, hasta que sus manos guiaron las mías sobre su piel aceitada y entendí que esa tarde nada volvería a ser igual.
Me sacaba treinta años y todos se reían de sus piropos. Pero cuando me subió al coche y su mano buscó mi muslo, dejé de reírme yo también.
Dejé la cortina del probador entreabierta a propósito. Lo que no esperaba era que la mujer de enfrente hiciera exactamente lo mismo y se sentara a mirarme.
Esperaba mi turno en la cafetería cuando ella me miró sin prisa, como quien ya ha tomado una decisión y solo espera a que el otro se dé cuenta.
Cruzamos el parque a oscuras y, antes de darme cuenta, ella estaba de rodillas frente a mí con una sonrisa que todavía no consigo borrar de la cabeza.
Bajo el abrigo largo no llevaba absolutamente nada, y en cuanto las puertas se cerraron mandé el ascensor al piso más alto del edificio para tenerla solo para mí.
Tengo 34 años, una melena rubia hasta la cintura y un deseo que ya no disimulo: vivo para obedecer. Esta es mi presentación, sin pudor y sin filtros.
Acababa de borrar las pruebas de la noche anterior cuando lo vi en el hall, listo para marcharse. Solo tenía que decirle que no. No lo dije.