La ex de mi novia llegó con una sorpresa entre las piernas
Abrí la puerta sin sostén, con la camiseta marcándome los pezones, y me encontré con la única persona que mi novia me había jurado que jamás volvería.
Abrí la puerta sin sostén, con la camiseta marcándome los pezones, y me encontré con la única persona que mi novia me había jurado que jamás volvería.
Llevaba años apagada hasta que una tarde, sola en casa, entendí que mi cuerpo seguía vivo, hambriento, y que ya nadie iba a despertarlo por mí.
Esa mañana ella me robó la máquina de un salto y se rió de mi cara. Por la noche, con un trozo de roscón de por medio, descubrí que no pensaba dejarme tranquilo.
Cada noche inventaba una excusa nueva por teléfono mientras él la esperaba en el cuarto de arriba. Sabía que tarde o temprano todo iba a estallar.
Tenía curiosidad y algo de miedo, pero cuando me arrodillé frente a él entendí que no iba a echarme atrás. Esa tarde aprendí algo nuevo sobre mí.
Llevaba semanas viéndola en el semáforo, con ese short de mezclilla y esa sonrisa cansada. Esa tarde me atreví a hablarle, sin imaginar hasta dónde llegaríamos los dos.
La mayor parte del tiempo soy el hombre que nací. Pero algunas noches me pongo la peluca, me miro al espejo y dejo que Sabrina salga a buscar lo que de verdad quiere.
Salí de casa con un vestido normal, pero debajo llevaba algo que solo él vería. Sabía lo que iba a pedirme, y yo ya había decidido decir que sí.
Llevaba veinte años durmiendo entre las estrellas. La primera mujer que me sonrió en tierra firme me arrastró a un baño sin que yo pudiera decir que no.
La sala estaba casi vacía cuando su mano se posó en el reposabrazos. Yo tenía cuarenta y dos años y creía saberlo todo sobre el deseo. Esa noche aprendí que no.
Cuando me descubrió con la respiración agitada y la mirada perdida en sus piernas, Marisa no se escandalizó: sonrió, se acercó a mi oído y me dijo que aquello no iba a quedar así.
Cada mañana observaba a la gente desde su mesa del café, sin imaginar que un hombre de traje la estudiaba a ella, ni el trato silencioso que iba a proponerle.
Le dije que no se me ocurría nada para escribir. Se levantó de mi regazo, dejó caer la ropa al suelo y me ordenó con una sonrisa: «Descríbeme».
El corsé se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel y el satén apretaba sus muñecas. Frente al espejo, Adrián dejaba de fingir y por fin era quien deseaba ser.
Cuando bajó del furgón con esa sonrisa, supe que el calentador averiado sería la mejor excusa que el destino me había regalado en años.
Bajo la antorcha repaso mis bocetos y siento el cuerpo arder por ella. El contrato termina y ya sé una cosa: no me voy de esta selva sin Yuma a mi lado.
Esa mañana desperté con una idea fija en la cabeza, y por primera vez no la aparté. Lo que hice a solas todavía me cuesta confesarlo en voz alta.
Antes de meterme a la ducha, me acosté en la cama con mi vibrador morado y decidí que esa tarde nadie iba a decirme cuándo parar.
Le dije que ninguna mujer se abría de piernas para él tan fácil. Él solo sonrió y respondió: «Ya lo veremos». No sabía lo que escondía detrás de esa puerta.
Volví de la segunda cita con el corazón acelerado, y lo que menos imaginaba era que mi propio esposo, esa noche, me pediría que se lo contara todo.