Se rompió una cañería y ella quiso mirarme
Treinta años de amistad y nunca había pasado nada. Hasta que un grifo reventó, la camiseta se le pegó al cuerpo y me dijo: «Quítate la ropa».
Treinta años de amistad y nunca había pasado nada. Hasta que un grifo reventó, la camiseta se le pegó al cuerpo y me dijo: «Quítate la ropa».
Él me había salvado el curso sin pedir nada a cambio. Esa tarde decidí que las gracias se las daría de una forma que ninguno de los dos olvidaría jamás.
Le pedí que manejara despacio, que no tenía prisa por llegar. Él todavía no sabía lo que yo había decidido hacerle apenas dejáramos atrás las luces de la fiesta.
Le dije que me hiciera lo que quisiera y lo dije en serio. Lo que vino después en aquel sofá todavía me enciende cada vez que lo recuerdo.
Apagué la luz de la terraza y me quedé inmóvil, fumando, mientras al otro lado del cristal ellos empezaban sin disimulo. Y supe que querían que mirara.
Escondí mis prendas por todo el terreno y me juré recuperarlas antes del quinto orgasmo. El claxon de aquel auto detenido frente a la reja lo cambió todo.
Todos en palacio conocían las verdaderas funciones de su puesto, pero esa noche el viejo rey tenía un capricho distinto reservado para ella.
Entré a comprar un refresco y salí siendo otra mujer. Marcos me esperaba detrás del mostrador, y esa noche aprendí lo que era no tener pudor.
Llevaba meses convirtiéndome en otra persona frente al espejo. Esa noche, en la cama de un desconocido, descubrí hasta dónde podía llegar mi nueva piel.
«Hoy quiero que nos masturbemos mientras nos miramos», me dijo dentro del coche. No esperaba eso, pero la idea de mirarla sin tocarla me encendió de golpe.
Nunca había dejado que nadie lo mirara así, con la falda de cuero ciñéndole los muslos y el corazón a punto de salírsele del pecho.
El traqueteo del autobús medio vacío me encendió, y cuando bajé la mano bajo la falda no imaginé que alguien al otro lado del pasillo no me quitaría los ojos de encima.
Llevaba años escribiendo orgasmos para desconocidos sin rostro. Aquella madrugada, por primera vez, alguien al otro lado de la pantalla quiso saber cómo se llamaba de verdad.
Frente al espejo de aquella sala se abrió una caja con prendas que no eran suyas, y cada una que se ponía borraba un poco más al hombre que había entrado.
Nos desnudamos antes de llegar al dormitorio y nos besamos como si las bocas estuvieran en guerra. Esa noche el sofá fue suficiente, y aún quedaba el segundo asalto.
Tenía veintidós años y un trabajo final que valía el curso entero. Lo que no figuraba en ningún plan era la oferta que aquel señor me haría camino a casa.
Llevaba años con ganas de ir a una playa nudista, pero ninguna de mis parejas quiso acompañarme. Aquella mañana decidí ir solo, sin imaginar cómo terminaría.
Se desabrochó el top del bikini con la naturalidad de quien ya ha decidido todo. «Tú me invitaste a sentirme libre», dijo. Y yo apenas podía respirar.
La conocí en el avión de regreso y, dos días después, ya dormía en mi cama jurando que no era lesbiana mientras su mano buscaba la mía bajo las sábanas.
Hay algo que nunca le dije a nadie: mi lugar favorito del mundo no es ningún viaje ni ninguna cama de hotel. Es exactamente entre sus piernas, sin prisa.