El sillón que armé al revés nos cambió la tarde
Apreté el último tornillo, le di la vuelta y supe que algo había salido mal. Lo que no imaginé fue cómo terminaría aquella siesta frustrada.
Apreté el último tornillo, le di la vuelta y supe que algo había salido mal. Lo que no imaginé fue cómo terminaría aquella siesta frustrada.
Tenía casi el doble de mi edad y una sonrisa que prometía problemas. Me dijo que iba a comprobar si tenía hambre de verdad o solo estaba aburrido, y ya estaba perdido.
Tenía sesenta y tantos años y un perfume que perduraba en el ascensor; jamás pensé que ayudarla con unos muebles me llevaría a su cama esa misma noche.
Lo invité a un café sabiendo que no era un café lo que quería. A los cincuenta, Raquel descubrió que la culpa nunca había podido con sus ganas.
No recuerdo sus nombres, pero llevo años sin poder olvidar sus caras. Ni sus cuerpos. Y sobre todo no me perdono haber disfrutado tanto de aquella noche.
Lo veía entrenar cada mañana y fingía no mirarlo. Hasta que un día me acerqué, y esa decisión me llevó a la noche más intensa de toda mi vida.
El asiento del copiloto era incómodo para él, así que le ofrecí compartir la cama. No imaginé lo que pasaría cuando creyó que ya me había dormido.
Lo tenía sentado en bata frente a mi mesa, todavía sudado, y yo solo pensaba en lo que habíamos hecho esa tarde mientras mi hijo comía a mi lado.
Mientras ellas se iban de compras, nosotros nos quedamos solos con una cerveza, un móvil lleno de fotos y demasiada curiosidad por lo que el otro escondía.
Toqué el timbre convencida de que estaríamos los dos solos. Me abrió una desconocida de pelo negro y sonrisa torcida que ya sabía mi nombre.
Una semana después de aquella primera noche, mis pies me llevaron solos de vuelta al cabaret. Verónica me esperaba con una caja de terciopelo y una sentencia.
Apagué el televisor, esperé a que mi tía roncara y subí la pierna sobre su cadera. Sentí lo duro que estaba y supe que ya no había marcha atrás.
Siempre éramos los últimos en apagar las luces. Esa noche entré sin avisar y lo que vi me cambió cada turno que vino después.
Me escondí en el descanso de la escalera solo para oír su voz grave hablar de mi cuerpo. Sabía que estaba mal. También sabía que ya no podía dejar de buscarlo.
Esa noche, después de publicar, abrí el correo y encontré un mensaje suyo. No sabía que un desconocido podía moverme tanto solo con palabras.
Se quedó quieta entre los árboles, roja de vergüenza, con las manos cruzadas a la espalda. —Solo déjame mirar —susurró—. Nunca he visto a un hombre hacerlo.
No sabría decir si me gustaba todo de aquella criatura o nada; solo sé que esa tarde de calor, frente al espejo, dejó de penetrarme un desconocido y empezó a nacer otro yo.
Llevaba todo el día sin ganas de nada. Hasta que al encender la caldera vi a la mujer del edificio de enfrente caminar casi desnuda por su cocina, ajena a mi mirada.
Lo vi observándome en el gimnasio del hotel y supe que aquel hombre, mayor y casado, no pararía hasta tenerme. Lo que no esperaba era cuánto deseaba yo que lo lograra.
Podía aguantar perfectamente, pero no quería. Bajé del coche, dejé la puerta entornada y esperé a que los faros de la carretera me encontraran en cuclillas.