El plug que me ordenó llevar puesto al hotel
El recepcionista me entregó un paquete sin remitente. Adentro, un plug de metal y una nota con su letra: «Para nuestra cita, quiero que lo lleves puesto».
El recepcionista me entregó un paquete sin remitente. Adentro, un plug de metal y una nota con su letra: «Para nuestra cita, quiero que lo lleves puesto».
Olió la flor que no debería existir y su cuerpo dejó de obedecerle. Entre los árboles, alguien la observaba y esperaba el instante exacto para acercarse a ella.
Llevábamos dos semanas sin tocarnos. Esa tarde, con la casa por fin vacía, descubrí que el olor de su cuerpo dormido podía convertirme en otra mujer.
Encontré sus bragas dobladas sobre el último escalón, todavía tibias, y supe que no era un olvido: era una orden que yo debía obedecer de rodillas.
Cuando me dio la espalda para sacar las fotocopias, su mano subió por mis medias como si tuviera derecho a hacerlo. Y yo no dije que no.
El mar me escupió en la cubierta de un yate sin un solo hombre a bordo. Cuando desperté por segunda vez, ya llevaba puesto su vestido y no entendía por qué me dejaba hacer.
Llegó al picadero como una semiprofesional de modales perfectos. Tres clases después, era ella quien me ponía la fusta en la mano y me pedía que no fuera flojo.
Me las dejó dobladas sobre el lavabo, todavía con su olor, y una nota: «Hoy las llevas tú». Supe que la tarde iba a ser larga.
Nuria llegó a la consulta para que la curaran de su lujuria; salió habiéndole enseñado a la joven doctora que algunas calenturas no se curan, se obedecen.
Leí el nombre en la etiqueta del cadáver y el corazón me dio un vuelco: era ella, la misma que me había humillado durante seis años. Y ahora estaba quieta, a mi merced.
Cuando vi el vídeo en su móvil supe que ya no había vuelta atrás: mi vecina sabía exactamente lo que quería de mí, y yo había caído en su trampa.
Entró al mercado medio derruido buscando pruebas para una denuncia y encontró a cuatro hombres dispuestos a usarla como nunca nadie la había usado.
En cuanto él se puso al volante, Carmen supo quién mandaba: ningún beso ni caricia llegaría cuando ella lo pidiera, sino cuando él lo decidiera.
Había una sola condición que le pedí esa tarde, y cuando entró por la puerta supe, solo por cómo me miró, que esta vez había decidido obedecerme del todo.
Me dejó sola en su sala, todavía temblando, y salí de su casa sin despedirme. Esa misma semana entendí que algo dentro de mí se había encendido y ya no podría apagarlo.
Me lanzaste tus bragas todavía tibias y una sonrisa. «Póntelas y espérame», dijiste. Dos horas después seguía de rodillas, contando los minutos hasta tu llegada.
Subí a ofrecerle ayuda como un buen vecino. Bajé convertido en algo muy distinto, arrodillado en su baño y obedeciendo cada palabra que salía de su boca.
Acerqué la nariz a su pelo sin pensar, una vez, dos, tres. Cuando giró la cabeza y me preguntó si me gustaba, supe que ya no había vuelta atrás.
Bajé a su casa creyendo que era un favor cualquiera entre vecinos. Me recibió con una sonrisa que no admitía preguntas y una orden que no supe negarme a cumplir.
La primera vez que me puso el collar supe que no había marcha atrás: bajaría cada vez que ella llamara, dispuesto a obedecer cualquier orden que saliera de su boca.