Lo que hice con él mientras mi familia comía abajo
Sabía que estaba mal, pero cada vez que nos llamaban a bajar yo solo pensaba en cuándo podríamos volver a escaparnos.
Sabía que estaba mal, pero cada vez que nos llamaban a bajar yo solo pensaba en cuándo podríamos volver a escaparnos.
Llevaba años tocándome con la misma fantasía, y aquella tarde de festival, perdida y empapada de sudor, supe que tenía delante la única ocasión de cumplirla.
Le prometí que sería su mujer sin importar el precio. No sabía que cada dosis me iría borrando, hasta que mi propio cuerpo dejó de pertenecerme a mí.
Pensé que confesarle mi fantasía la espantaría. En cambio, volvió de visitar a su hermana decidida a cumplirla, y a convertirme en el espectador de mi propia humillación.
Son las dos de la madrugada y no puedo dormir. Abro el chat, escribo tu nombre y empiezo a contarte exactamente lo que quiero que me hagas cuando cruces esa puerta.
Me anuncié como sumiso sin saber que aquel extraño me llevaría a obedecer órdenes que nunca había imaginado en voz alta, frente a la cámara y con mis padres al otro lado de la pared.
No me llamó por mi nombre la primera vez. Me miró entera, sin morbo y sin lástima, como si mi cuerpo no fuera un problema que ella tuviera que resolver.
Acordé verlo por la app en veinte minutos. No imaginé que esa misma noche un desconocido iba a decidir por mí qué hacía mi cuerpo y a quién se lo entregaba.
Apago la luz, abro el relato y dejo que mi mano baje. En mi cabeza siempre hay alguien en la esquina del cuarto, mirándome, esperando el momento de entrar.
Bastaba con balancearme en la silla para que la tela me apretara justo ahí. Y todavía me esperaba, sin leer, el capítulo que llevaba toda la semana imaginando.
La forma en que me miraba en la oficina debió advertírmelo. Aquel fin de semana en la cabaña descubrí que su premio no tenía nada que ver con el trabajo.
Su hijo la sentó a la mesa sin imaginar lo que pasaba por debajo. Lo que vino después, en el ascensor y en su propio piso, ella jamás lo confesaría.
«Date la vuelta y no te voltees», me ordenó nada más entrar. No tenía idea de lo que esa transexual estaba a punto de hacerle a mi cuerpo esa noche.
Cada noche soñaba con tacones, encaje y un nombre que no era el mío. Hasta que Valeria abrió la caja de terciopelo y todo dejó de ser un sueño.
Ocho años en el extranjero me transformaron en la mujer que siempre fui. Pero al cruzar la puerta de casa, lo primero que encontré fue la mirada hambrienta de Mauricio.
Llevaba semanas imaginándome con ropa de mujer. Esa noche me puse la lencería de tiras rojas, me saqué una foto y esperé a que alguien me escribiera algo prohibido.
La primera dómina me había dejado con hambre. Cuando vi su publicación —«busco una baby»—, no lo dudé: respondí esa misma madrugada.
Las luces del neón parpadeaban en rojo sobre las sábanas cuando todo cambió: el dinero, las pistolas, la fuga y, horas después, la mujer que la esperaba en la celda catorce.
Volví después de veinte años a una ciudad del sur. Esa noche, en un hotel de la zona roja, dos desconocidas decidieron que no iba a dormir solo.
Lo trataban como un mueble, segurísimas de que nada de lo que hacían lo tocaba. Tardaron semanas en descubrir lo equivocadas que estaban.