Me toco imaginando que tú me lees ahora mismo
No sé quién eres ni dónde estás, pero mientras escribo esto te imagino leyéndome, y esa idea es justo lo que me está mojando el tanga.
No sé quién eres ni dónde estás, pero mientras escribo esto te imagino leyéndome, y esa idea es justo lo que me está mojando el tanga.
Bastaba con balancearme en la silla para que la tela me apretara justo ahí. Y todavía me esperaba, sin leer, el capítulo que llevaba toda la semana imaginando.
Entraba a la ducha con una idea fija en la cabeza, cerraba la cortina azul y, detrás de ella, imaginaba un público que la esperaba.
No había puertas, ni ventanas, ni un mañana. Solo ella y yo en esa habitación blanca, y un calor entre los dos que ya no tenía sentido seguir negando.
Carolina chupaba el chorizo recién frito con los ojos cerrados, y Marcos supo en ese instante que esa noche la cena se convertiría en algo muy distinto.
Lo había guardado tanto tiempo que ya formaba parte de mí: ese deseo que solo aparecía cuando estaba demasiado excitada para tenerle vergüenza a nada.
Las palabras salieron de mi boca antes de pensarlas, y en cuanto las dije supe que ya no había vuelta atrás. Él me miró distinto.
Duermo desnuda y tú lo sabes. Por eso mi fantasía siempre empieza igual: una mañana cualquiera, sin un solo mensaje, apareces y me tomas dormida.
La idea era simple y enferma a la vez: elegir a un extraño, dejar que mirara, y disfrutar de cada segundo sabiendo que del otro lado había unos ojos pendientes de mí.
Cierras los ojos en la oscuridad tibia del cuarto y, sin que nadie te toque, sientes que algo empieza a recorrerte la piel. ¿Hasta dónde dejarás que llegue?
Cerró la puerta con llave, apagó las luces y sacó la caja del fondo del cajón. Esta vez no iba a contenerse: quería saber hasta dónde llegaba su deseo.
Pedí el paquete con el corazón en la boca, rezando para que llegara antes de que ellos volvieran. Cuando lo abrí, ya no había vuelta atrás.
Creía que serían un juego más para matar el aburrimiento, pero a los diez minutos ya sentía un cosquilleo entre las piernas que no me dejaba pensar en otra cosa.
Empecé a contarle cómo perdí la virginidad y, sin previo aviso, me oí hablándole en un susurro mientras notaba que me empapaba entera.
Son las cinco de la mañana, ya pospuse dos alarmas y mi cuerpo despierta antes que mi cabeza. La ducha se ha convertido en el único lugar donde me permito todo.
Creí que estaba solo entre los árboles, hasta que un crujido lo cambió todo y entendí cuánto deseaba que alguien me encontrara así, desnudo y entregado.
Llevaba meses imaginándolo a oscuras, sin atreverse. Esta vez cerró la puerta con llave, apagó el teléfono y se prometió que no se detendría a mitad de camino.
No fui directa al grano como siempre. Esa mañana me di permiso de mirar, de imaginar y de esperar, hasta que el cuerpo entero me empezó a temblar de pura anticipación.
Llevaba meses viéndolo escribir en la misma mesa, mirándome de reojo. Hasta que olvidó una hoja y descubrí, palabra por palabra, lo que imaginaba conmigo.
Le habían hablado de un negocio con un catálogo enorme, donde podías elegir a la persona exacta que querías poseer. Adriano cruzó la puerta sin un solo nervio.