La noche que vi a mi mujer con el gerente del bar
Llevábamos meses fantaseando con la idea. Esa noche, mientras ella subía la escalera detrás de la camarera, supe que yo iba a mirar todo desde el cuarto de al lado.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Llevábamos meses fantaseando con la idea. Esa noche, mientras ella subía la escalera detrás de la camarera, supe que yo iba a mirar todo desde el cuarto de al lado.
Llevaba años pegando la oreja a las paredes de moteles baratos. Una noche encontró un foro que prometía algo más: cabinas con vista al placer ajeno.
Nunca había salido a la calle vestida así. Esa mañana, con la casa para mí sola, decidí que era el día de cumplir la fantasía que me quitaba el sueño.
Él tenía una junta y me dejó sola toda la tarde. Aburrida, abrí una carpeta de su computadora que no debía abrir… y ya no pude dejar de mirar.
Llevaba mi vestido fucsia en la mochila y una sola idea en la cabeza: esa noche iba a ser de todos los que pagaran por mí.
La voz al otro lado del auricular me dio una orden simple: no podía terminar hasta que ella lo decidiera. Y entonces se desconectó sin avisar cuándo volvería.
Antes soñaba con hombres. Ahora solo con ella: la desconocida que me toca debajo de la mesa y se mete en mi cama cada noche, aunque mi pareja duerma al lado.
Salió del vestuario de espaldas con un bikini que nunca me había mostrado. Sentí celos. Y, sin saber por qué, también empecé a sentir otra cosa.
Frente al espejo, con la luz tenue y la música baja, descubrí que la mejor compañía esa noche era la mía: mis manos, mi vibrador y unas ganas que no paraban de crecer.
La caja llevaba años en el fondo del armario. Puse el primer disco sin imaginar que lo que vería esa tarde iba a quedarse conmigo para siempre.
La caja llevaba meses cerrada en el fondo del armario. La abrí por curiosidad y, una hora después, tenía el móvil grabando todo lo que mi cuerpo era capaz de sentir.
Me prometí no rendirme hasta lograrlo. Lo que no sabía era cuánto iba a tardar mi cuerpo en darme lo que tanto le pedía esa noche.
Me acosté desnuda creyendo que solo quería dormir. Tres horas después seguía descubriendo cuánto placer era capaz de darme yo misma.
Eran las dos de la mañana cuando un video me metió la idea en la cabeza. Días después caminaba por el súper con un secreto vibrando entre mis piernas.
Cerré la puerta del baño, abrí el grifo y me prometí que sería rápido. Mentira. Esa noche descubrí hasta dónde estaba dispuesta a llegar conmigo misma.
Habíamos crecido durmiendo en cuartos contiguos, hasta que una noche un sonido al otro lado de la pared me hizo entender que ya no la miraba como a una hermana.
Nunca me gustaron los peluches como regalo. Hasta el fin de semana en que me quedé sola en casa y entendí para qué servía de verdad el que me dejó mi ex.
Cerré el pestillo y encendí el portátil para dejar que la imaginación terminara lo que un desconocido había empezado entre la multitud del andén.
Solo quería descansar un rato en la camilla. No imaginé que terminaría con la mano dentro de la ropa, mordiéndome el labio para que nadie en el pasillo me oyera.
Cerré la laptop, me metí bajo el agua sin pensar en nada y, cuando la esponja rozó mis pechos, supe que esa ducha no iba a ser como las demás.