La noche que descubrí mi cuerpo yo sola
Nunca me había tocado. Pero esa noche, con la pantalla del teléfono iluminándome la cara, mis dedos bajaron solos y ya no quise que pararan.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Nunca me había tocado. Pero esa noche, con la pantalla del teléfono iluminándome la cara, mis dedos bajaron solos y ya no quise que pararan.
Sabía que estaba sola en el piso. Por eso, cuando bajó la caja negra que sus amigas le regalaron, ya no pensaba en los apuntes que la esperaban sobre el escritorio.
Esa mañana ella creía estar sola. Cerré la oficina, pedí que no me pasaran llamadas y abrí la aplicación justo cuando ella entró al dormitorio.
Abrió las piernas en el suelo del salón y me lanzó un reto que no supe rechazar: enséñamela, y tócate para mí. Su amiga seguía dormida en el sofá.
Llego a casa, me quedo desnuda en el sillón y pierdo la cuenta. Es mi rutina, mi secreto, lo único que de verdad necesito al final del día.
Bajé las persianas, apagué el teléfono y por una vez no me detuve a pensar en lo que estaba bien. Solo seguí lo que mi cuerpo me pedía desde hacía semanas.
Estaba solo, el calor era insoportable y el agua corría tibia sobre mi piel. Entonces se me ocurrió algo que llevaba meses imaginando y que jamás había tenido el valor de hacer.
Llegué cuarenta minutos antes de tiempo, apagué el motor en el parqueo subterráneo y entonces el olor de esa madrugada volvió a mí como una corriente.
Encendí el vibrador, abrí el juego de bingo y me prometí una norma por cada bolita. Lo que pasó después tardé semanas en contárselo a alguien.
Nunca pensé que mirar a una desconocida tocarse al amanecer encendería en mí un deseo tan fuerte que esa misma noche terminaría en un parque, perdiendo toda la vergüenza.
Tengo veinticuatro años y todavía estoy aprendiendo qué me enciende. Esa tarde, con la mano en mi cuello, descubrí algo que no sabía que necesitaba.
Tres mañanas por semana ella limpiaba el corredor justo al otro lado de mi escritorio. Y tres mañanas por semana yo aprendí a no apartar la vista del cristal.
Tardó dos días en llegar y en esos dos días no pensé en otra cosa. Cuando por fin abrí la caja, supe que esa noche iba a conocerme de una forma nueva.
Cerré la puerta con pestillo, respiré hondo y me dije que esa tarde por fin iba a averiguar de qué era capaz mi cuerpo cuando nadie me miraba.
Empezó como un juego solitario a medianoche. Para cuando terminé, había descubierto algo sobre mi propio placer que no podría volver a fingir que no sabía.
Esperaba a que la casa quedara en silencio para apagar la luz, abrir el cajón y averiguar hasta dónde era capaz de llegar yo sola.
Le pedí a mi marido una foto suya y me llegó la de otro hombre: un desconocido perfecto. Esa noche no imaginé hasta dónde me llevaría esa imagen mientras dormía.
Llevaba un año sin escribirle. Esa tarde abrí el correo, escribí su nombre y, antes de pensarlo, ya le contaba exactamente lo que quería que me hiciera.
Faltaba más de una hora para llegar, el asiento de al lado estaba vacío y aquel cosquilleo entre las piernas no me dejaba pensar en otra cosa.
Me prometí no extrañarlo nunca más. Entonces, ¿por qué esta noche tengo la mano entre las piernas y su nombre atascado en la garganta?