El hombre casado que me busca cuando ella duerme
Me pongo la lencería que ella jamás usaría y espero a que golpee la puerta del motel. Sé que volverá: en su casa hay un hombre que se muere de hambre.
Me pongo la lencería que ella jamás usaría y espero a que golpee la puerta del motel. Sé que volverá: en su casa hay un hombre que se muere de hambre.
Me pidió que cerrara los ojos frente al escaparate. Cuando los abrí, supe que Hugo quería verme convertido en algo que siempre deseé ser sin atreverme a decirlo.
Cuando cruzaron el portal con la falda rosa y las orejas de conejito, sintieron todas las miradas clavarse en ellos. Y el juguete seguía latiendo dentro de los dos.
Cuando mi madre encontró las manchas en mi ropa creyó lo peor. No sabía que Marco no me lastimaba: me ayudaba a dejar de tener miedo de ser quien soy.
Llevaba el traje impecable y, debajo, el encaje que solo él podía ver. Cuando el pestillo del despacho hacía clic, Noa dejaba de ser el asistente perfecto.
Diez minutos de pausa, un videojuego de fútbol y una apuesta absurda bastaron para que todo lo que Bruno creía saber de su amigo se viniera abajo en una tarde.
Bastó que ella me encontrara de rodillas junto a su cama para que la amistad se rompiera y empezara otra cosa: obedecer cada uno de sus caprichos sin rechistar.
La primera vez que me ordenó pintarme las uñas de los pies, mis manos temblaban. No por miedo: por las ganas de obedecerle.
Bastó que ella mirara mis pies desnudos sobre las baldosas frías para entender, antes que yo, en qué clase de hombre podía convertirme si me lo ordenaba.
Cuando se miró al espejo ya no se reconoció: peluca rubia, corsé rojo, tacones. Y ella, fumando en el sofá, lo esperaba con una sonrisa que jamás le había visto.
Cuando me dio la espalda para sacar las fotocopias, su mano subió por mis medias como si tuviera derecho a hacerlo. Y yo no dije que no.
El mar me escupió en la cubierta de un yate sin un solo hombre a bordo. Cuando desperté por segunda vez, ya llevaba puesto su vestido y no entendía por qué me dejaba hacer.
Me las dejó dobladas sobre el lavabo, todavía con su olor, y una nota: «Hoy las llevas tú». Supe que la tarde iba a ser larga.
Me lanzaste tus bragas todavía tibias y una sonrisa. «Póntelas y espérame», dijiste. Dos horas después seguía de rodillas, contando los minutos hasta tu llegada.
Once de la noche, sola en casa, con la jaula puesta y la llave a cientos de kilómetros. Solo me dejó un juguete enorme, y supe enseguida que lo había comprado para esto.
Cuando bajé la mano para tocarme, lo que encontré entre mis piernas no era lo que me había acostado a dormir. Y lo peor fue que no quise apartarla.
Le dieron cuerda a un reloj antiguo y, al amanecer, su cuerpo ya no era el suyo. Una semana de placer robado con un precio que solo se cobra en la última noche.
Lo humillaban cada día en el instituto, hasta que un frasco sin etiqueta le prometió fuerza. Lo que tomó esa noche lo transformó en alguien irreconocible.
Llevo el tanga debajo del culotte y nadie lo sabe. Es mi secreto sobre la bici, el comienzo de la fantasía que ensayo en la cabeza una y otra vez.
Pulsé play creyendo que era una despedida cariñosa. A los dos minutos entendí que ella sabía todo lo que yo escondía, y que esa noche su voz mandaba sobre mí.