Lo que le hicieron al esclavo en la suite 412
Bruno seguía en el suelo, agotado, cuando la puerta se abrió otra vez y entraron dos desconocidos. Nadie lo miró. Su tormento, sin embargo, apenas empezaba.
Bruno seguía en el suelo, agotado, cuando la puerta se abrió otra vez y entraron dos desconocidos. Nadie lo miró. Su tormento, sin embargo, apenas empezaba.
Llevaba toda la noche viéndola bailar con extraños que no sabían lo que yo sí: que a las tres de la mañana iba a ser ella quien me buscara la mano.
Acepté la invitación pensando en una velada elegante entre copas y cumplidos. Nunca imaginé lo que la condesa había planeado para mí cuando se apagaran las luces.
Subí al catamarán para perderme un rato del mundo. Nunca imaginé que terminaría desnuda, rodeada, y que sería yo quien no quería que parara.
Volví al reencuentro por un beso pendiente de la secundaria. No imaginé que esa noche, con la botella girando, terminaríamos siendo tres en la misma cama.
Crucé el salón con el corazón desbocado, me arrodillé junto a ella y supe que después de esa noche mi madre dejaría de mirarme como a la pequeña de la casa.
Mariana aceptó ser mi socia con una sola condición: que su novio entrara a la empresa. Lo que no previó fue cuánto iba a disfrutar él de ser el centro del juego.
Quería contarle mis penas y tomar algo. No esperaba encontrarlo con dos amigos, ni que el despecho me empujara a hacer todo lo que esa noche terminé haciendo.
Llevaba toda la semana cuerda y prudente. Bastó una botella de cava en aquella terraza para que dejara de serlo, justo cuando sonó el timbre por segunda vez.
Cuando entré a la cabaña solo había treinta hombres de traje y una copa esperándome. Tardé poco en entender para qué me habían pagado tanto.
Bruno llegó al almacén con ganas de aprenderlo todo. Lo que ninguno imaginaba era que, dos meses después, su pareja y la mía acabarían en la misma cama redonda.
Solo había una cosa que tenían prohibido hacerme, y era justo la única que yo deseaba mientras me usaban durante un mes entero.
Me dijo que esa tarde solo estarían cinco hombres de la oficina y que necesitaban una dama que les hiciera compañía. Acepté antes de pensarlo dos veces.
Bajamos de la fiesta a las cuatro de la mañana creyendo que la noche había terminado. En realidad, en esa casa enorme apenas estaba por empezar.
Cuando subí a la mesa a bailar para ellos, supe que no iba a bajar igual. Eran diez, después fueron doce, y ninguno se quedó con las ganas.
Carmen quería que aquel viaje fuera inolvidable. No imaginaba que tres desconocidos y un vecino curioso convertirían el ático en el escenario de su fantasía más salvaje.
Esa noche transmitía en vivo desde el bar, pero lo que pasó después del show no quedó grabado en ninguna cámara. Solo en mi memoria.
Cuando la puerta se abrió y ella entró con ese abrigo de cuero, supe que esa noche entre mujeres iba a cambiar algo dentro de mí que ya no podría volver a ignorar.
Borracha y dolida tras perder mi trabajo, dije que sí a sus coqueteos. «Solo cinco minutos en el baño», me prometió. No imaginé hasta dónde pensaba llegar.
Cuando Mía repartió las cartas, ninguna imaginó que las confesiones terminarían con una lengua entre las piernas de la novia y la madre más rígida temblando.