Crucé el pasillo desnuda hasta el cuarto de mi padre
Cuando crucé el pasillo, escuché crujir bajo mis pies cada uno de mis tabúes. Llegué a su puerta sin ropa, solo con el cabello sobre los hombros.
Relatos tabu de historias prohibidas
Cuando crucé el pasillo, escuché crujir bajo mis pies cada uno de mis tabúes. Llegué a su puerta sin ropa, solo con el cabello sobre los hombros.
Cuando vi que la película que poníamos era porno, su mano subió por mi muslo y yo dejé de querer bajarme del sofá. Era mi hermano. Y esa noche lo hicimos todo.
Empujé la puerta entornada del baño esperando ver vapor y, en cambio, la vi a ella con la cabeza echada atrás y dos dedos donde no debía mirar.
Tenía veinte años cuando descubrí que las miradas pícaras de mi tía bajo la mesa eran solo el principio. Lo que vino después, en el baño de los abuelos, no lo conté nunca.
Cuando entró en la ducha, no dijo nada. Solo apoyó sus pezones contra mi espalda y susurró que me dejara llevar. Mi mujer estaba a miles de kilómetros, con otro.
Cuando volví a dejarme caer en su cama, supe que esa mañana iba a ser distinta. Mi primo me miraba como si llevara meses esperando justo ese momento, y yo dejé de fingir.
Pensé que solo lo espiaría un segundo, pero sus jadeos me clavaron al pasillo. Esa noche, cuando volvió borracho del bar, supe que iba a pasar algo irreversible.
Cuando salí del despacho, las dos hermanas me esperaban con una sonrisa cómplice que no era inocente. Supe que esa tarde no iba a comer pasta.
Cuando bajé las escaleras desnuda, mi cuñada todavía no sabía qué clase de sorpresa le había preparado mi suegro para esa noche.
La recibí en el aeropuerto y supe enseguida que algo le había sucedido. Esa misma noche tracé un plan que nadie con un mínimo de decencia se permitiría.
Lo masajeé después de la playa, sin pensar. Sentí su erección bajo el bañador y supe que aquel verano no iba a terminar como los otros.
Aquella tarde, mientras mi cuñada me contaba con lujo de detalles lo que mi hermano le hacía en la cama, sentí un calor entre las piernas que no podía justificar.
Su mano helada se coló por debajo de mi camiseta mientras esperábamos a sus padres. Y entonces me di cuenta de que esa noche no íbamos a dormir.
Mi esposa me susurró al oído que ella también deseaba ese cuerpo joven. Esa noche, en el sofá del salón, todo lo que era prohibido dejó de serlo.
Cuando su madre bajó las escaleras con ese vestido ajustado, Marcos supo que ese viaje al cine no iba a terminar como esperaba.
Los hermanos me rodearon en el establo y me contaron lo que nadie del pueblo sabía. Su hermana era de todos. El padre daba la orden. Y yo tenía dieciocho años y ojos muy abiertos.
Silvia cabalgaba sobre mí cuando vi la figura en el umbral. Mi padre. Desnudo. Mirándola fijamente, con una mano en movimiento que no dejaba lugar a dudas.
Veinte años, cero experiencia y una prima que lo miraba como si supiera exactamente qué tenía en la cabeza. El verano iba a ser largo.
Mientras ella bailaba pegada a un desconocido que le metía mano sin disimulo, yo pedí otra copa y me pregunté si estaba listo para verlo todo.
Sofía tenía una fama que ninguno de los dos se había atrevido a comprobar. Ese martes en la playa fue diferente: llegaron a la casa al atardecer y entendieron todo.