Mi hermana sentada encima durante todo el viaje
La camioneta saltaba en cada bache y yo solo rezaba para que nadie notara lo que estaba pasando debajo del vestido de mi hermana.
Relatos tabu de historias prohibidas
La camioneta saltaba en cada bache y yo solo rezaba para que nadie notara lo que estaba pasando debajo del vestido de mi hermana.
Abrí los ojos para apartarme el pelo de la cara y ahí estaba él, parado en el umbral, desnudo, mirándome con una sonrisa que no tenía nada de inocente.
Creí que ese viernes íbamos a inventar una excusa para salvarnos. No imaginé que sería ella quien marcaría las reglas del juego.
«Sabía que algún día tendría esta conversación contigo», dijo mi madre cerrando la puerta. Lo que me contó esa tarde cambió para siempre lo que yo creía de nosotros.
Llevábamos meses esquivándonos en el mismo piso, fingiendo que no pasaba nada. Esa madrugada, en la cocina, ya no quedaba nadie a quien engañar.
Nunca había mirado a mi prima Marta de esa manera. Hasta que la nevada nos dejó a solas en el caserón y un par de mantas eléctricas dejaron de ser suficientes para tanto frío.
Apenas oí sus llaves peleando con la cerradura supe que iba a tener que disimular. Lo que no sabía era que ella había venido decidida a no dejarme.
Aquel beso en la mejilla giró hacia mi boca y, aunque no abrí los labios, sentí su lengua. Ahí supe que frenar a mi propio hijo iba a costarme más de lo que admitía.
Lo trataban como un mueble, segurísimas de que nada de lo que hacían lo tocaba. Tardaron semanas en descubrir lo equivocadas que estaban.
Estaba frente a la puerta de su dormitorio, conteniendo la respiración. Solo faltaba un paso para que la razón terminara de arder entre nosotros.
Entró envuelta en un abrigo negro, con pizza caliente y una amiga que él veía por primera vez. Solo venían a ayudar con las cajas… o eso dijeron.
Le ofrecí un masaje para sus pies cansados y, sin darme cuenta, crucé la única línea que jamás debí cruzar con ella esa noche.
Cuando descorchó la champaña y dijo que esa noche no había jerarquías, no entendí lo que de verdad me proponía hasta que sentí la primera mano sobre mi piel.
La niña con la que jugaba a las escondidas bajó convertida en mujer, y bastó una mirada para saber que ese verano íbamos a pecar.
Bastó una frase inocente de Lucía en la terraza para que todas las miradas cayeran sobre nosotros, y la mano de Marina encontró la mía bajo la mesa.
Bajé a la cocina por un vaso de agua a las tres de la mañana. Lo que encontré ahí, con la casa en silencio, no debía haber pasado nunca.
Nunca me había desnudado delante de nadie, y mucho menos delante de él. Pero esa tarde, con la piel al sol y su mirada encima, descubrí que lo prohibido quema distinto.
Llevaba el body de encaje que jamás había estrenado. Mis tres hermanos la miraban sin atreverse a moverse, y entonces ella dejó caer la bata.
Adrián despertó con la casa en silencio y la cama de su primo vacía. Siguió los jadeos hasta el baño y lo que vio por la rendija lo dejó clavado al suelo.
Aceptó compartir su cama solo para no perderme. No imaginaba hasta dónde estaba dispuesto a llegar yo para no perderla a ella.