El chico malo de la facultad terminó en mi cama
Damián entró sin tocar, se dejó caer sobre mi cama y apoyó la cabeza en mi vientre. Hacía semanas que aparecía así, como si mi cuarto fuera el único lugar donde podía bajar la guardia.
Damián entró sin tocar, se dejó caer sobre mi cama y apoyó la cabeza en mi vientre. Hacía semanas que aparecía así, como si mi cuarto fuera el único lugar donde podía bajar la guardia.
Salí en camisón a ayudarlo sin pensar en cómo iba vestida. Cuando lo metimos en la ducha y nos quedamos solos en el salón, entendí que esa noche no íbamos a dormir.
Le pedí prestada la bicicleta solo para tener una excusa. La verdad es que llevaba días pensando en cómo sería el primer hombre al que se la quitaría.
Todos la llamaban la chica fácil de la facultad. Yo solo quería que me explicara, sin vueltas ni vergüenza, cómo dar ese paso con mi novio sin terminar lastimada.
Tomás salió de la ducha desnudo y dijo que para qué iba a vestirse si pensábamos desnudarlo igual. Esa noche en la cabaña, ninguno de los cuatro pensó en dormir.
Cris abrió la cortina del probador a medio cambiarse y yo, en lugar de retirarme, me arrodillé. Lo que pasó después marcó todo lo que vino después con Hugo.
Adrián conocía cada vestido del armario de su melliza. Esa mañana, con la casa sola y cuatro hombres cavando en el jardín, decidió que por fin sería ella.
Tenía quince años cuando escuché aquella frase. Nunca imaginé que, una noche cualquiera, mi propio padre me haría entender lo que significaba de verdad.
Acepté ayudarlas con el concurso de la facultad. No imaginé que frente a ese espejo, maquillado y con ese vestido ceñido, dejaría de reconocerme.
Salí desnuda de la ducha y ella seguía con el uniforme puesto, apoyada contra las taquillas, mirándome con una sonrisa que jamás había visto en los entrenamientos.
Verla dormir en mi cama es como mirar un milagro. Solo sé su nombre, no a dónde irá al despertar, ni si volverá a tocar mi puerta alguna otra noche.
Estaba a punto de meterme bajo el agua cuando apareció en el umbral con el uniforme manchado y los ojos sin saber dónde mirar.
Marina llevaba meses insistiendo. Yo la frenaba, riéndome, hasta que esa tarde de probadores se cerró la cortina y la risa se me secó en la boca.
Lo vi quitarse la camiseta sudada mientras subíamos los muebles al tercer piso. No imaginé que esa misma madrugada su mano buscaría la mía bajo las sábanas.
Esa noche oí un ruido bajo el pasillo y me pegué a una cortina mal corrida. Lo que no sabía era que alguien, descalza en el jardín, llevaba seis minutos mirándome a mí.
Llevaba meses fingiendo que su uniforme no me afectaba. Esa tarde, con su muslo vendado y mis manos temblando sobre su piel, supe que ya no aguantaba más.
Salió del baño con un cinturón de doble punta colgando de un dedo y una sonrisa que no admitía discusión. Naia nunca había visto algo así de cerca.
Me levanté del colchón con el culo dolorido mientras él seguía dormido. Llevaba un año esquivándolo, y esa madrugada terminé cediendo en su cama.
Mi padre me dejó solo con su amigo en la consulta. Pensé que era un masaje más. Lo que aquellas manos hicieron conmigo no lo había sentido con ninguna chica.
Lo veía con mi madre desde el asiento de atrás del bus y supe que el viaje terminaría mal o terminaría como yo necesitaba.