Le vendía fotos hasta que una llamada lo cambió todo
Pensé que vender unas fotos sería inofensivo. Pero esa noche, con el teléfono en una mano, descubrí cuánto deseaba a alguien que solo era mi amigo.
Pensé que vender unas fotos sería inofensivo. Pero esa noche, con el teléfono en una mano, descubrí cuánto deseaba a alguien que solo era mi amigo.
Tenía cuarenta minutos de clase por delante, la cámara encendida y el dildo entero dentro de mí. Solo debía mantener la cara quieta. Eso era todo.
Encendí la cámara una madrugada cualquiera y, sin saberlo, le abrí la puerta a la única mujer que aprendió a hacerme temblar a seiscientos kilómetros de distancia.
Compré unas medias negras con el corazón en la garganta, sabiendo que en cuanto cerrara la puerta de casa me convertiría en la mujer que llevaba todo el día imaginando.
Pensé que tenía la casa entera para mí. Cuando escuché esa voz grave a mis espaldas, supe que mi secreto acababa de quedar al descubierto.
Siempre me había dado morbo, pero nunca me había atrevido. Esa tarde, en el cuarto piso de un edificio cualquiera, dejé de imaginarlo y empecé a vivirlo.
Llevábamos dos años compartiendo piso y nunca me había mirado así. Esa tarde de verano descubrí lo que de verdad escondía en el móvil cuando entré sin avisar.
No había nadie en casa, solo yo, el espejo y dos juguetes esperando en la mesita de noche. Esa noche decidí no detenerme hasta quedar sin aliento.
Nunca había entrado a una tienda así. Esa tarde crucé la puerta sin imaginar cuánto placer iba a aprender a darme yo misma, sin pedirle permiso a nadie.
No sé quién eres ni dónde estás, pero mientras escribo esto te imagino leyéndome, y esa idea es justo lo que me está mojando el tanga.
Cerré la puerta, dejé caer la mochila y la ropa, y me imaginé unos ojos siguiéndome por toda la sala. Esa idea fue suficiente para encenderme entera.
Eran las once y veintidós cuando el primer gemido atravesó la pared. No venía de mi cama, pero terminó dentro de ella.
Me pusieron la cinta azul al cuello, la única distinta del resto, y bajé esas escaleras sabiendo que aquellos seis hombres iban a descubrir lo que escondía.
Gérard me retó a cruzar media ciudad en metro vestida de mujer, de su mano y sin esconderme. No imaginé quién me estaría esperando al final de la noche.
El viernes salí del trabajo, me afeité, me perfumé y me puse el liguero bajo el chándal. Conduje hasta el quinto pino para que un extraño me tratara como lo que soy.
Cada noche soñaba con tacones, encaje y un nombre que no era el mío. Hasta que Valeria abrió la caja de terciopelo y todo dejó de ser un sueño.
Llevaba semanas imaginándome con ropa de mujer. Esa noche me puse la lencería de tiras rojas, me saqué una foto y esperé a que alguien me escribiera algo prohibido.
Me visto solo cuando tengo una cita, siempre en un cuarto de hotel, y esa noche el desconocido que me esperaba no tenía idea de lo que iba a encontrar bajo mi vestido.
Pasada la medianoche me puse los tacones rojos, abrí el portón con el control y salí a caminar. Solo quería sentirme vista. No esperaba que alguien se detuviera.
Apenas oí sus llaves peleando con la cerradura supe que iba a tener que disimular. Lo que no sabía era que ella había venido decidida a no dejarme.