Me acosté con el sobrino del hombre que me mantenía
Yo era el trofeo de un hombre de sesenta y cinco años. Esa noche, su sobrino me miró como si supiera exactamente lo que yo era, y no se equivocaba.
Yo era el trofeo de un hombre de sesenta y cinco años. Esa noche, su sobrino me miró como si supiera exactamente lo que yo era, y no se equivocaba.
Nunca había dejado que tantos ojos me recorrieran a la vez. Y lo peor —o lo mejor— es que mi marido disfrutaba cada segundo desde la barra.
Cuando el señor del desayuno entró en la oficina y me sonrió, entendí que mi amigo no lo había dejado pasar por casualidad.
Esa madrugada me puse la tanga roja, las medias de red y la peluca frente al espejo del hotel, y por primera vez no reconocí al chico de siempre.
Mi padre me enseñó que los monstruos se quedan en el armario si no abres la puerta. Lo que nunca le confesé es cuánto deseo que el mío se atreva a salir.
Bajo el hábito austero llevaba un secreto de encaje negro. Y cada vez que él llegaba con las provisiones, ese secreto la quemaba un poco más.
Cerré la puerta, bajé las persianas y por primera vez decidí no apurarme. Esa tarde el silencio de mi casa se convirtió en mi cómplice.
Nadie lo sabe. Ni siquiera la persona con la que duermo cada noche. Pero cuando cierro los ojos me veo frente al espejo, transformado en otra, lista para él.
Abrí los ojos y supe que se había ido. Quedaban las marcas en las sábanas, su olor en el aire y una necesidad que solo mis propias manos podían calmar.
Pedí el paquete con el corazón en la boca, rezando para que llegara antes de que ellos volvieran. Cuando lo abrí, ya no había vuelta atrás.
Subí cuatro pisos con las manos sudadas y el corazón disparado. Cuando ella abrió la puerta en lencería, supe que esa tarde no habría vuelta atrás.
Volví del hospital con el brazo enyesado y una idea que no me dejaba dormir. Esa madrugada entré al baño, y mi madre apareció en la puerta justo cuando creía estar solo.
Le escribí en broma que durmiera conmigo esa noche. No imaginé que, pasadas las doce, la puerta de mi habitación se abriría de verdad.
Le dije que solo quería practicar unas fotos. Era mentira. Lo que buscaba era que me mirara de una vez como yo llevaba semanas mirándolo a él.
Habían pasado meses sin saber de ella. Bastó cruzármela una tarde en la cafetería del parque para que todo el deseo que creía dormido volviera de golpe.
Creía conocer todos los juegos de mi marido. Hasta que abrí ese historial y leí, con su propia letra, lo que de verdad pasó aquella noche en el motel.
Cuando abrí la carpeta de archivos recientes, aparecieron en miniatura. Quise cerrarla rápido, pero ella ya estaba mirando la pantalla conmigo, en silencio.
Pedí mi primer juguete por internet para no morir de vergüenza en la tienda. Lo que no imaginé fue la cara del repartidor al entregarme aquella caja.
Eran más de las diez, la casa en silencio y yo decidida a no rendirme otra vez. Esta noche quería llegar hasta el final, costara lo que costara.
Cada mensaje que abro en pantalla es una caricia que nadie ve. Finjo trabajar mientras por dentro ardo, esperando el momento de llegar a casa y dejarme caer.