La novia del hijo del pastor y el aceite de unción
Ella dirigía el retiro con la devoción de quien nunca rompe una regla. Yo solo quería un masaje a solas, lejos de los rezos y de las miradas ajenas.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Ella dirigía el retiro con la devoción de quien nunca rompe una regla. Yo solo quería un masaje a solas, lejos de los rezos y de las miradas ajenas.
Llevábamos años odiándonos en la oficina, pero esa noche, con la cuarta margarita en la mano, su pulgar rozó mi muslo desnudo y todo cambió.
Cuando le ofrecí el trabajo, sonrió y me dijo que ahora le tocaba a ella preguntar. La primera fue si la llevaría a la cama después de cenar.
Yo solo servía las bebidas. Ella me miraba desde el otro lado de la barra como si ya supiera, antes que yo, cómo iba a terminar esa noche.
Cuando llegué al bar, mi esposa ya no estaba sola: una desconocida le acariciaba la cintura, y lo único que yo no quería era que se detuviera.
Bruno me había roto el corazón otra vez, pero quien me esperaba en aquella casa de las afueras no era él, sino su madre, con un vestido que no dejaba nada a la imaginación.
Seis años fingiendo que no pasaba nada cada vez que se rozaban. Esa noche, con la ciudad dormida, ninguna de las dos quiso seguir fingiendo.
Llevaba tres meses sin sus manos, sin su boca, sin sus tetas sobre las mías. Esa noche me serví una copa de vino, me desnudé y decidí que el placer no tenía por qué esperar a su regreso.
Sentí su mano subir por mi muslo entre el gentío del metro y, aunque no podía moverme ni un centímetro, no quise que parara.
Cuando se quitó la blusa frente a la ventana abierta, supe que no iba a parar aunque medio barrio estuviera mirando. Y yo tampoco quería que parara.
Tenía veintidós años y nunca había visto a otra mujer desnuda, hasta esa tarde en la ducha, cuando ella se quitó la ropa interior como si yo no estuviera mirando.
Fui a buscar consejo a la única mujer en la que confiaba, sin imaginar que esa tarde, en la casa de campo, descubriría todo lo que mi cuerpo todavía no sabía sentir.
Creí que actuar por mi cuenta la haría sentirse orgullosa. Me equivoqué. En cuanto Renata cruzó la puerta y vio lo que había hecho, supe que esa tarde aprendería a obedecer.
Tacones, melena rebelde y un vestido negro que valía más que todo mi armario. Yo llegué en jeans rotos y botas militares. Ninguna de las dos había venido a charlar.
Renata me untaba la loción bronceadora sobre los pechos cuando me preguntó si alguna vez había tenido una amante. Me sonrojé como una cría. Le dije que no.
Creí que iba a guiarla en su primera experiencia, pero fue ella quien tomó el control y me enseñó hasta dónde podía llegar mi cuerpo.
Me empujó contra la pared con un beso lento, bajó la voz hasta el susurro y me dijo que sería una buena niña. No supe su nombre, pero la obedecí.
Saira trazó el círculo, encendió las velas y pronunció el nombre prohibido. Lo que apareció entre el humo no era un esclavo dócil: era una mujer que sonreía.
Cada vez que pasaba junto a mi mesa perdía el hilo de lo que hacía. No imaginaba que un solo descuido iba a delatar todo lo que sentía por ella.
Nunca había pensado en Nora de esa manera, hasta que se rozó contra mí en el bar y entendí, por su sonrisa, que ella llevaba mucho tiempo pensándolo.