La noche en que mi amiga me convirtió en su esclava
El taxi avanzaba a oscuras cuando Lena sacó el pañuelo y le cubrió los ojos. Bruna confió en su mejor amiga sin imaginar adónde la llevaba esa noche.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
El taxi avanzaba a oscuras cuando Lena sacó el pañuelo y le cubrió los ojos. Bruna confió en su mejor amiga sin imaginar adónde la llevaba esa noche.
La toalla se deslizó durante el masaje y, sin querer, me quedé mirando. Él lo notó. Y desde ese segundo dejé de ser yo para convertirme en algo suyo.
Entré en casa sin hacer ruido para buscar un papel y me encontré a mi mujer con la zapatilla en la mano y a su amiga sobre el regazo, esperando el castigo.
Bajé del autobús con mi vestido de flores y la cabeza gacha; ninguna de esas mujeres tatuadas imaginaba en qué me convertirían antes de acabar el primer mes.
Cuando bajó la vista hacia esas zapatillas blancas y sudadas, supo que iba a obedecer cualquier cosa que esa chica le pidiera. Y solo era el principio.
A los ochenta y siete años creía haberlo oído todo. Entonces ella se arrodilló al otro lado de la rejilla y empezó a contarme lo que hacía cuando su marido viajaba.
Mi hermano me contaba todo: sus amantes, sus fetiches, lo que hacía con Romina. Lo que nunca imaginó es que una madrugada yo terminaría en mi cama con ella, sin él.
Cuando metió la mano bajo mi mesa, supe que esa mañana no iba a resolver ni una sola incidencia. Solo podía pensar en ella y en lo que acababa de dejarme.
Volví a casa a las seis de la mañana con su perfume pegado al cuerpo y las nalgas todavía rojas. Mi esposa me esperaba despierta, sonriendo, sin sospechar nada.
Me había mentido en todo: su nombre, su trabajo, la razón por la que se acercó a mí. Lo único cierto fue cómo temblaba cuando volví a tocarla.
Acepté el reto sin pensarlo: besar cinco segundos a quien tuviera a mi derecha. Y a mi derecha estaba ella, la mujer que llevaba un año fingiendo no desearme.
«Quiero que le des lo que mi madre nunca tuvo», me dijo con una sonrisa. Y yo, que ya había visto a esa mujer madura, supe que no iba a decir que no.
Llevaba casi dos años sin tocar a nadie cuando la vi bajar del minibús con esa sonrisa. Me prometí que, antes de volar de regreso, esa boca iba a ser mía.
Nunca había sentido tanto con un simple roce de caderas. Cuando ella se acomodó detrás de mí en el camión lleno, supe que ese viaje no terminaría como los demás.
Subieron al segundo piso con una bandeja de pasteles. Ninguna imaginó que esa tarde aprenderían cuánto deseo llevaba durmiendo entre las tres.
El hospital olía a cloro, pero ella sólo respiraba el recuerdo de sus manos callosas en su espalda y la sospecha de que esa noche tampoco iba a abrirle la puerta.
Pensé que el fin de semana familiar sería como cualquier otro. Hasta que ella cruzó el portón y entendí que el pasado nunca había estado del todo enterrado.
Mi tutora se acababa de quedar dormida cuando descubrí el cajón entreabierto de su mesa de luz. Adentro brillaba algo que iba a cambiarlo todo entre las dos.
Llegué con vestido negro y horquillas. Ella me esperaba en seda roja, con un colgante de brillantes y una pregunta: ¿qué esperas que te ofrezca yo?
Cuando abrí los ojos, su brazo descansaba sobre mi pecho y la cama improvisada todavía olía a la noche anterior. Iba a irme pronto, se lo había prometido a mi marido.