Mi mejor amiga me sedujo con mis padres en la habitación
Compartíamos cama porque éramos las únicas que cabíamos, hasta que a las dos de la mañana me besó sin avisar y supe que mis padres dormidos no iban a parar nada.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Compartíamos cama porque éramos las únicas que cabíamos, hasta que a las dos de la mañana me besó sin avisar y supe que mis padres dormidos no iban a parar nada.
Subí al tren resignada a la soledad de mi cumpleaños. Cuando ella se sentó frente a mí y encendió un cigarrillo, no imaginé lo que vendría después.
Ocho años buscándola y, cuando al fin la tuve frente a mí, no fui capaz de levantar la espada. Lo que me hizo esa noche no se lo conté nunca a nadie.
Solo quería probar cinco minutos de masaje antes de volver al hotel. No imaginé que esa tarde la mano de una desconocida me cambiaría las vacaciones.
Salí del baño con la toalla en la mano, no en el cuerpo, y la encontré agachada frente al minibar. Ninguna de las dos supo a dónde mirar.
Su mano subió por mi antebrazo mientras yo intentaba servirle más vino, y supe que aquella copa no era la única razón por la que me había invitado a su casa.
Marlene venía los miércoles a hacerme la limpieza. Yo aprovechaba para pasearme con cada vez menos ropa. Esa mañana decidí dejarme un mono transparente.
Sentí su pie descalzo deslizarse entre mis muslos mientras terminaba el postre. Lucía siempre jugaba así en sitios públicos, pero esa mañana no iba a parar.
Cuando volvimos de la compra, encontré a mi tía con los ojos brillantes y el pelo revuelto. Algo había pasado en esa casa mientras estábamos fuera, y no fue precisamente limpiar.
Cuando entró al gimnasio supe que la conocía, pero no de dónde. Una hora después la tenía desnuda en la ducha y mi vida estaba por partirse en dos.
Su pierna se apoyó contra la mía y ninguna la corrió. El mate seguía circulando, pero las dos sabíamos que esa tarde íbamos a cruzar una línea que llevábamos años evitando.
La habitación tenía una sola cama, enorme, y mi amiga de toda la vida me propuso ducharnos juntas para ganar tiempo. Lo que vino después no lo esperaba.
Subí a su suite con la cena que me había pedido. Ella abrió la puerta con un kimono entreabierto y supe que la noche no iba a terminar como yo había planeado.
Entré al vestuario sin pensarlo y salí con las piernas temblando, mirando a esas mujeres desnudas como nunca había mirado a nadie en mi vida.
Abrí los ojos con resaca y supe que no había sido un sueño: estábamos desnudas, su pierna sobre la mía, y ella ya me miraba con esa sonrisa.
Cuando empujé la puerta del baño unisex, ella ya estaba adentro esperándome. No dijimos nada: sus labios encontraron los míos antes de que entendiera lo que pasaba.
Mi marido me regaló un masaje en un spa por nuestros siete años juntos. Lo que no imaginó es que sería otra mujer la que me enseñaría cuánto me faltaba descubrir.
Nunca había mirado a otra mujer así, hasta que se pegó a mi espalda durante las sentadillas y dejé de contar las repeticiones.
Esa tarde no quería hablar del clima. Quería contarme algo que había pasado hacía ocho años, en la casona vieja de su amiga Camila.
Lucía y Mariana solo querían entretenerse un rato delante del móvil, pero los comentarios y las donaciones de extraños las llevaron a tocarse donde nunca habían imaginado.