Mi profesora del taller me esperó en el aula vacía
Creí que estaba sola corrigiendo mis textos, hasta que su mano se posó sobre mi pierna y entendí que el receso iba a durar mucho más de lo previsto.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Creí que estaba sola corrigiendo mis textos, hasta que su mano se posó sobre mi pierna y entendí que el receso iba a durar mucho más de lo previsto.
Mara le cubrió los ojos y le pidió silencio. Lo que su mejor amiga hizo después con la lengua cruzó para siempre la frontera de lo que eran.
Cinco años entrenando y nunca había competido. Esa última tarde, cuando su entrenadora se sentó a horcajadas sobre ella, supo que no eran los nervios lo que la hacía temblar.
La luz apenas entraba por la persiana, ella seguía dormida y yo solo pensaba en una cosa: perderme entre sus piernas antes de que abriera los ojos.
Escribo esto sabiendo que vas a leerlo, aunque finjas que no. Y sabiendo también la forma exacta en que tu cuerpo respondía cuando creías que nadie miraba.
No quité los ojos de ella cuando se acercó a la cama. Sabía que lo que iba a pasar no debía pasar, y aun así dejé que se sentara sobre mis piernas.
Estábamos despeinadas y sin maquillaje cuando Daniela me recordó aquella vez. No imaginé que, antes del anochecer, ellos nos estarían mirando desde la puerta entreabierta.
Éramos dos novias que viajaban a desconectar y terminamos en la cama de dos desconocidos. Ninguna de las cuatro manos sabía ya de quién era cada cuerpo.
Estábamos solas en la arena, desnudas y excitadas, cuando descubrí que dos jóvenes nos espiaban desde las rocas. Romina solo me preguntó si quería seguir.
Aquella mañana abrí el sobre esperando un número de teléfono. Encontré diez mil euros y una nota de tres palabras que me rompió por completo.
Salí de la ducha pensando que nadie nos había visto. Esa misma noche descubrí en su teléfono que alguien había grabado cada gemido desde la cabina de al lado.
Me ordenó quitarme la ropa y dejé que sus manos ajustaran cada cable contra mi piel. Cuando empecé a mojarme, supe que ya no había vuelta atrás.
Llevaba toda la tarde sin clientes cuando entró ella. Me arrodillé para calzarle un tacón y, con su pie desnudo entre mis manos, supe que no iba a poder parar.
Siempre creí que no había nada más sucio que unos pies. Esa noche, descalza y nerviosa en la cama de mi amiga, descubrí lo equivocada que estaba.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, ya nadie fingía. Marina buscó mi mano y la guió bajo su falda mientras tú me besabas sin apartar los ojos de ellas.
Nunca le había contado a nadie que mi cuerpo no respondía. Se lo confesé a ella, la amiga de mi madre, sin imaginar que terminaría enseñándome todo lo que me faltaba.
Soy tímida con casi todo el mundo, menos con mi marido. Por eso me sorprendió tanto desear a esa desconocida que se sentó frente a mí, como si llevara meses esperándola.
Crucé el umbral sin ropa interior, tal como ella había ordenado. Lo que no sabía era que, al otro lado de la puerta, me esperaba un rostro que conocía demasiado bien.
En el baño me esperaba un neceser con una nota: «ponte todo y enciéndelo». A partir de ese instante dejé de decidir sobre mi propio cuerpo.
Me ordenó esperarla en el compartimento, desnuda y con la regla sobre el regazo. Sabía que vendría; lo que no sabía era cuánto tardaría en hacerme sufrir.