Lo que pasó con la capitana en el vestuario
Salí desnuda de la ducha y ella seguía con el uniforme puesto, apoyada contra las taquillas, mirándome con una sonrisa que jamás había visto en los entrenamientos.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Salí desnuda de la ducha y ella seguía con el uniforme puesto, apoyada contra las taquillas, mirándome con una sonrisa que jamás había visto en los entrenamientos.
Verla dormir en mi cama es como mirar un milagro. Solo sé su nombre, no a dónde irá al despertar, ni si volverá a tocar mi puerta alguna otra noche.
Su mensaje vibró en mi delantal mientras servía mesas. Tres palabras, una pregunta y la certeza de que aquella tarde nada volvería a ser igual.
En la madrugada de Año Nuevo, Camila le pidió un beso. Lo que parecía un juego de borrachas terminó con un vibrador y una confesión guardada veinte años.
Estaba a punto de meterme bajo el agua cuando apareció en el umbral con el uniforme manchado y los ojos sin saber dónde mirar.
Marina llevaba meses insistiendo. Yo la frenaba, riéndome, hasta que esa tarde de probadores se cerró la cortina y la risa se me secó en la boca.
La puerta apenas se cerró cuando ella me empujó contra la madera. Dos años de miradas en los vestuarios se desbordaron en un beso sin explicaciones.
Salió del baño con un cinturón de doble punta colgando de un dedo y una sonrisa que no admitía discusión. Naia nunca había visto algo así de cerca.
Hacía semanas sin pisar su departamento, pero esa noche, con dos cervezas mediadas y su mano subiendo por mi muslo, supe que las vacaciones iban a empezar muy bien.
La puerta del fondo decía «acceso a cabinas» y yo no podía dejar de mirarla. La dependienta sonrió al verme leer el cartel, como si supiera lo que pensaba.
Cuando Sofía me invitó a pasar agosto en la casa frente al mar, no imaginé que el regalo de cumpleaños vendría envuelto en seda negra y oliendo al perfume de su madre.
Le entregué una blusa de una talla menos sin decirle por qué. Cuando escuché su grito ahogado desde el probador, supe que iba a entrar y que no iba a salir igual.
Subí al Uber con el corazón a mil y bajé con el sabor de otra mujer en mi boca. No sabía que esa madrugada empezaba una historia que dura todavía.
Lo que iba a ser una prueba de costura terminó con dos mujeres maduras enredadas en la cama, y yo en el pasillo sin poder apartar la mirada del espejo.
Cuando la tumbé en la cama y le bajé las bragas con un solo movimiento, vi en su cara que aquella noche cambiaría todo entre nosotras. Yo no iba a ser su iniciada dulce.
La llave de su jaula cuelga del cuello de otra mujer, y cada día que pasa sin liberación su poder crece. Esa noche, el barrio entero iba a sentirlo.
Cuando vi a mi hermana cruzar el restaurante con ese balanceo nuevo, supe que el juego que había inventado para excitar a mi amante había dejado de ser un juego para mí.
Cuando entró al baño a dejarme una toalla limpia, supe que algo iba a pasar. Lo que no esperaba era ser yo la que diera el primer paso esa noche.
Cuando abrí la puerta sin tocar, mi prima estaba en la cama con las piernas abiertas y un juguete entre las manos. Pensé que moriría de vergüenza. Al día siguiente volví.
La conocí en una app de lectura. Pelinegra, alta, intimidante. Acepté ser su sumisa porque jamás creí que una mujer así me miraría dos veces.