Mi rival de vóley terminó en mi cama esa noche
Salí del partido con el tobillo torcido y un par de copas de más. Ella se ofreció a llevarme a casa, y cuando me cargó hasta el sofá supe que la noche no acababa ahí.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Salí del partido con el tobillo torcido y un par de copas de más. Ella se ofreció a llevarme a casa, y cuando me cargó hasta el sofá supe que la noche no acababa ahí.
Vino enojada esa tarde de otoño, pero entre los ejercicios y mi calza corta su pie empezó a subir por mi silla y todo cambió.
La forma en que me miraba en la oficina debió advertírmelo. Aquel fin de semana en la cabaña descubrí que su premio no tenía nada que ver con el trabajo.
La primera vez que la escuché jadear al otro lado del muro me quedé inmóvil, fingiendo que dormía mientras mi cuerpo decidía algo muy distinto.
El vestido azul se le había subido al saludarme. Cuando preguntó si alguna vez había besado a una mujer, supe que esa tarde iba a cambiar.
La primera dómina me había dejado con hambre. Cuando vi su publicación —«busco una baby»—, no lo dudé: respondí esa misma madrugada.
Las luces del neón parpadeaban en rojo sobre las sábanas cuando todo cambió: el dinero, las pistolas, la fuga y, horas después, la mujer que la esperaba en la celda catorce.
Cuando descorchó la champaña y dijo que esa noche no había jerarquías, no entendí lo que de verdad me proponía hasta que sentí la primera mano sobre mi piel.
Cuando la sostuve febril contra mi pecho, recordé las noches en que su boca conocía la mía como si llevara años aprendiéndome.
Cuando dejé caer el brazo a destiempo durante el último ejercicio, supe que algo iba a pasar. Lo que no imaginé fue cómo terminaríamos en el banco de madera.
Pensé que dormía. Cuando abrí los ojos, Helena estaba de pie junto al jacuzzi, mirándome con una intensidad que no supe si era furia o algo mucho peor.
La regla era simple: no ducharse hasta que ella lo permitiera. Y Lucía obedecía de rodillas, esperando el siguiente castigo como quien espera un regalo.
La persiana estaba a medio bajar y la llave giró dos veces tras de mí. Vine sin el anillo y con doce años de silencio sobre la lengua.
El cartel pedía ayudante sin experiencia y horario corto. No pregunté qué clase de servicios ofrecían en la trastienda; debí haberlo hecho antes de firmar.
Reservé un turno para soltar la tensión de la semana. No imaginé que las manos de aquella chica iban a despertar algo que nunca me había animado a buscar.
Veinte años casados y cada uno escondía su propio secreto: él en baños ajenos, yo sin saber aún lo que esa mujer del yoga estaba a punto de despertar en mí.
Faltaban diez horas para la cita y ya sentía el cosquilleo en el vientre. No sabía que esa tarde, sobre una camilla, dejaría de ser la mujer apagada que había sido durante cinco años.
Cuando me la crucé en el rellano supe que algo se había apagado en ella hacía años. No imaginé que sería yo quien volviera a encenderlo esa misma mañana.
Cuando se inclinó para corregirme la postura, el corpiño deportivo dejó de cumplir su función y supe que el entrenamiento se iba a desviar muy rápido.
Cuando dejé caer la cabeza sobre su almohada, no imaginé que sus dedos rozarían mi piel ni que sus labios encontrarían los míos en la oscuridad.