La noche que crucé el límite con mi mejor amiga
Camila me había prometido una noche distinta. Cuando vi a la bailarina contornear las caderas sobre el tubo, supe que mi amiga llevaba meses esperando este momento.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Camila me había prometido una noche distinta. Cuando vi a la bailarina contornear las caderas sobre el tubo, supe que mi amiga llevaba meses esperando este momento.
El jinete no hablaba, no encendía fuego, no prometía nada. Cuando por fin abrió la boca fue para darle una orden, y Mariela supo que su vida entera dependía de cómo obedeciera.
Acepté la invitación pensando en una velada elegante entre copas y cumplidos. Nunca imaginé lo que la condesa había planeado para mí cuando se apagaran las luces.
Subió a mi lancha creyéndose el dueño del río. Para cuando tocamos tierra, ya era nuestro: ella reía a mi lado y él ni imaginaba lo que le esperaba.
La sentí girarse hacia mí en la oscuridad, su muslo rozó el mío bajo la sábana, y supe que mi prima del pueblo no había venido a este cuarto solo a esconderse de su novio.
Despertó en una cama que no era suya, con los dedos de Renata sobre la muñeca y el sudor pegándole el pelo a la frente. No le preguntó nada: solo le besó la sien.
Empezó como un correo de admiración por mis relatos. Terminó conmigo mirando sus fotos a escondidas, deseando cruzar un océano para tocarla una sola vez.
Habíamos planeado un encuentro entre todas, pero ella me llevó antes a su apartamento. Cerró con llave, me empujó contra la pared y dejó claro que no pensaba compartirme todavía.
Se conocían desde la adolescencia y se deseaban en silencio. Cuando ambas se casaron con hombres que las dejaban libres, dejaron de esconderse.
Compartían el mismo cuarto desde niñas y ella la espiaba dormir cada noche. Esa mañana, cuando su tía dejó caer la toalla frente al espejo, supo que ya no podría seguir fingiendo.
Se sentaba siempre al fondo, intocable, hasta que un beso en la mejilla agrietó su coraza. Jamás imaginé que la más reservada del aula terminaría temblando entre mis brazos.
Llevábamos años veraneando juntas, viéndonos en topless sin pensar nada. Hasta que aquel primer día de playa su mano se coló dentro de mi bikini y todo cambió.
Cuando ella corrió el seguro de la puerta y dejó caer la cazadora sobre la silla, supe que aquellas horas en el camastro angosto no las íbamos a pasar durmiendo.
Andrés se había ido del país y ellas dos quedaron solas en el apartamento. Esa noche, la ropa interior transparente de Camila cambió todo entre suegra y nuera.
Acepté la cena pensando en una charla amable. Su hermana me miró desde el otro lado de la mesa como si ya supiera cómo iba a terminar todo.
Bajé descalza por un vaso de agua a las tres de la mañana y ella seguía ahí, impecable, con esa sonrisa que no tenía nada de maternal.
Cuando la puerta se abrió y ella entró con ese abrigo de cuero, supe que esa noche entre mujeres iba a cambiar algo dentro de mí que ya no podría volver a ignorar.
Llevaba una semana espiándola por la ventana cuando salía a correr. El día que tocó mi puerta para presentarse, supe que no me bastaría con mirarla.
Veterana, dominante y adicta al deseo, la capitana tenía un solo plan para esa noche: que la recluta más hermosa del cuartel terminara en su cama.
Borracha y dolida tras perder mi trabajo, dije que sí a sus coqueteos. «Solo cinco minutos en el baño», me prometió. No imaginé hasta dónde pensaba llegar.