La intérprete de Saigón me hizo descubrir quién era
Bajé del vapor con la blusa empapada y la cabeza llena de cuerpos ajenos. Ninguna de las mujeres del puerto preparó lo que pasó esa noche en el hotel.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Bajé del vapor con la blusa empapada y la cabeza llena de cuerpos ajenos. Ninguna de las mujeres del puerto preparó lo que pasó esa noche en el hotel.
Le ofrecí un abrazo en mi auto porque la veía rota. Lo que no le ofrecí en voz alta, ella lo entendió cuando se inclinó y apoyó los labios en los míos.
Aquella tarde, sin pudor, se quitó el bikini delante de mí y mi cuerpo respondió como si llevara una vida entera esperando ese momento.
Releyó el mensaje cuatro veces y el corazón le latía como a los veinte. Tenía cincuenta y nueve años y una desconocida acababa de despertarle algo que creía perdido para siempre.
Mariana amamantaba al bebé junto al fuego, sin saber que Catalina la observaba desde el otro extremo de la cabaña con un calor nuevo subiéndole por la piel.
Estaba sola en la camioneta, llorando por su madre, cuando alguien golpeó el vidrio. Era Camila. No preguntó nada. Solo le pidió que se pasara al asiento del copiloto.
Ella cerró la puerta con llave, llenó la bolsa del enema y me miró fijamente. «No me obligues a ponerme dura contigo», dijo. Y supe que esa noche todo iba a cambiar.
«Quiero ver algo nuevo», dijo desde el sillón. Y yo ya sabía exactamente con qué iba a sorprenderlo, aunque significara arrastrar a Vera conmigo.
Cuando el kimono cayó al suelo, vi el dragón verde trepar por su costado hasta el pecho. La chica tímida que mis amigos creían conocer no existía.
Nunca me había sentido tan a merced de nadie: desnuda, obediente y esperando a que ella decidiera qué hacer conmigo y cuándo podía aliviarme.
Llevábamos meses con las mismas bromas en los vestidores, hasta que ella me esperó en la cocina con una sonrisa y la blusa entreabierta.
Cuando la viuda desató el corpiño para amamantar a su hijo, Aurora dejó de respirar. Lo que ardió en su cuerpo esa noche no tenía nombre, pero ya no la dejaría dormir.
Cuando salió de la piscina, sintió la mirada del vecino clavada en la nuca. Y supo que esa tarde iba a darles algo que recordar siempre.
Cuando abrí el regalo de reyes y vi un vale para un masaje con Pilar, me reí. No sabía que mi mujer llevaba meses planeando exactamente lo que iba a ocurrir.
Empezó con bromas a solas y terminó con capturas de pantalla que ninguno de los dos debería haberle enseñado al otro. A ella le gustaban las chicas; a mí, su descaro.
Aquella noche volvimos al cuarto sin haber besado a nadie en el bar, y Camila me miró distinto cuando abrió la segunda botella de vino tinto.
Encendí la cámara una madrugada cualquiera y, sin saberlo, le abrí la puerta a la única mujer que aprendió a hacerme temblar a seiscientos kilómetros de distancia.
Aquella tarde de enero, cuando ella me dijo que tenía dos turnos cancelados y la camilla libre, no imaginé que iba a salir de allí siendo otra mujer.
Bajé descalza por un vaso de agua y la encontré allí, con un vestido rojo que ninguna hija imaginaría en su madre. No volví a la habitación siendo la misma.
Crucé la piscina dos veces sin poder olvidar dónde se había detenido su mano. Cuando volví al borde, ella me esperaba con otra clase en mente.