La noche que mi hija me empujó hacia su amiga
Nos había pillado a las dos juntas hacía apenas unos días. Cuando volví a tocar el timbre de su casa, no imaginaba que su hija ya lo tenía todo planeado para esa noche.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Nos había pillado a las dos juntas hacía apenas unos días. Cuando volví a tocar el timbre de su casa, no imaginaba que su hija ya lo tenía todo planeado para esa noche.
Mi marido seguía de viaje cuando le levanté el castigo a mi hijastra. No imaginaba que esa decisión me llevaría a mi dormitorio con dos chicas y una sed nueva.
Llevaba años flirteando con mi mujer en cada reunión del gimnasio. Aquella noche, con el ambiente caldeado, dejó de ser un juego mientras yo lo veía todo desde el sillón.
Cuando la vi entrar al consultorio supe que esa sesión no iba a ser como las demás. Y cuando le ofrecí cambiarse al baño, ya sabía qué traje le iba a dar.
Marpesa había gobernado Helíada con una lanza y un grito, pero esa noche, frente a la mujer de ojos plateados, supo que el deseo también podía ser una guerra.
Eran las dos de la mañana, estaba aburrida y caliente, y bajé al lobby del juego sin esperar nada. Entonces vi su avatar inclinarse hacia el mío.
Cuando se acercó para mirar mi vestido azul, sentí su aliento en el cuello y, por un segundo eterno, no supe si lo que quería era apartarme o dejar que sus labios encontraran los míos.
Llevaba meses deseando a mi compañera de piso, hasta que un día encontré una actriz con su misma voz. Esa tarde, creí que tendría toda la casa para mí.
Detrás de la duna pensaba que nadie nos veía. Tenía dos dedos dentro de Sofía cuando la morena de los brackets giró la cabeza, me sonrió y empezó a caminar hacia nosotras.
Las dos sabíamos que la otra era bisexual, pero nunca habíamos hecho nada al respecto. Esa tarde, una cerveza y un juego viejo lo cambiaron todo.
Soy casada. Soy hetero. Eso era yo cuando entré al baño del centro comercial. Lo que era quince minutos después, ya no estoy tan segura.
Pensé que el disfraz me daba anonimato esa noche, hasta que ella entró al baño y supe, por su sonrisa, que no me había servido de nada.
El gemido que me despertó no era mío. Asomé el ojo por la rendija del cubículo y la vi frente al espejo, con la falda subida hasta la cintura.
Esa mañana de septiembre vi entrar a la chica más tímida del aula. Tardé dos semanas en entender que la tímida del aula no era ella, era yo.
Vera se acercó antes del combate, le rozó la mejilla y le habló de Dafne. En esa pista Renata no solo se jugaba el pase olímpico: se jugaba el derecho a volver a sentir.
Nunca pensé que un avatar en un videojuego me iba a devolver las ganas de desear a otra mujer, ni que ese deseo se quedaría conmigo mucho después de apagar la consola.
Cuando me hizo un gesto desde el pasillo central, supe que la lista de libros prestados a mi nombre era solo la primera de las trampas que iba a abrirme esa noche.
Le escribí «¿Jugamos?» desde mi probador. Cinco segundos después me colé en el suyo, dispuesta a hacerla acabar en silencio antes de que la dependienta se diera cuenta.
Llevaba años con esa parte de mí guardada en un cajón. Aquella tarde de calor, cuando Mariana sirvió la segunda copa y me sostuvo la mirada, supe que iba a sacarla.
Cuando crucé las piernas, ya sabía que las tres habían planeado algo. Lo que no esperaba era cuánto iba a costarme quedarme callada toda la noche.