Mi joven amante volvió con una petición prohibida
Recibí su mensaje a las diez de la mañana y supe que esa tarde, con la casa vacía, le concedería justo aquello que su novia jamás le permitiría.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Recibí su mensaje a las diez de la mañana y supe que esa tarde, con la casa vacía, le concedería justo aquello que su novia jamás le permitiría.
Subió esos cinco pisos a discutir con la madre de su novia. No imaginaba que el marido estaba en casa, ni la propuesta que saldría de su boca esa tarde.
Bajó de las gradas vacías con un vestido rojo que no dejaba nada a la imaginación. El entrenador todavía no sabía que esa tarde lo cambiaría todo.
Lo encontré medio desnudo en la penumbra de la cocina y su mirada recorrió mi camisón. En ese instante supe que ya no habría vuelta atrás.
Subí los catorce escalones con el frío pegado a la ropa y el secreto pegado a la piel: nadie en el edificio imaginaba lo que pasaba un piso más abajo.
Mientras él guarda las fichas de dominó y se marcha al club, ella ya tiene el cuerpo encendido pensando en lo que la espera en ese piso de estudiantes.
Llevaba veinticuatro horas con el deseo atascado en el cuerpo. Cuando el chico del uniforme azul entró a dejar el paquete, Renata supo que esa mañana no iba a quedarse con las ganas.
Ella diseccionaba mentes ajenas para vivir; él también. Bastó compartir una mesa para que los dos dejaran de fingir que solo buscaban conversación.
Cuando lo vi salir desnudo del agua helada de febrero, supe que aquella mañana no iba a terminar frente al caballete.
Llevaba años engañando a mi marido sin culpa, pero nunca imaginé que un viaje de trabajo a una granja perdida terminaría conmigo de rodillas frente a un desconocido.
Esa noche, escondido en la sombra del pasillo, mi marido entendió que ofrecerme a otro hombre tenía un precio: ver cómo otro me daba lo que él ya no sabía darme.
El trayecto al gimnasio no justificaba ochenta kilómetros de más cada jueves. Esa cifra fue el primer hilo de una verdad que terminaría excitándome más que destruirme.
Marina creía que solo era un muchacho indefenso. Esa tarde, descubrió que detrás de la timidez había alguien dispuesto a tomar el control de todo.
Aquella mañana abrí el sobre esperando un número de teléfono. Encontré diez mil euros y una nota de tres palabras que me rompió por completo.
Abrí la puerta esperando olor a humedad y abandono. La casa olía a café recién hecho y a hombre. Y él estaba ahí, sirviéndose una taza como si fuera el dueño.
Cuando me dijo que hacía años que no disfrutaba del sexo, lo normal habría sido despedirme. En cambio acerqué la mano a su pierna y ella no la apartó.
El frío casi la mata en la montaña. Cuando despertó, estaba envuelta en una manta frente al fuego, y el hombre que la había salvado la miraba como si fuera lo único vivo en kilómetros.
Llevaba años amasando pan con la vista clavada en el piso, hasta que una tarde de verano se quedó a solas con el hombre que la miraba distinto.
Mateo acababa de echar a su mujer del restaurante cuando llamaron a la puerta del despacho. Era la camarera de los tatuajes, y no venía a hablar de las cuentas del día.
Por la curva no apareció una grúa moderna, sino un camión oxidado y un hombre enorme que olía a campo. Y supe, antes de que abriera la boca, cómo nos iba a cobrar.