La asistente que cerraba cada negocio del jefe
Cuando el inversor pidió una hora a solas con ella, su jefe ni parpadeó. Sonrió, levantó la copa y respondió: «Hecho. Pero yo participo».
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Cuando el inversor pidió una hora a solas con ella, su jefe ni parpadeó. Sonrió, levantó la copa y respondió: «Hecho. Pero yo participo».
Cuando bajé a la cocina a las tres de la mañana, ella ya estaba allí esperándome, con un camisón tan fino que no dejaba nada a la imaginación.
Lo vi acercarse a aquel hombre en la barra y entendí que era gay. Lo que no imaginé fue que, semanas después, sería yo quien lo arrastrara a mi cama.
Lo vi bajar del auto con ese traje claro y supe que esa noche no iba a dormir sola en el departamento prestado.
Escuché cada palabra sucia que dijeron sobre mi cuerpo, convencidos de que no les entendía. Cuando me levanté y les hablé en su idioma, las caras se les pusieron rojas.
Me abrazó por detrás mientras yo buscaba el hielo en la cocina, y cuando su lengua rozó mi cuello supe que aquel niño se había convertido en un hombre.
Llevaba noventa noches despertándome con su nombre en los labios. Cuando lo vi cruzar la pista de aquella discoteca, supe que esta vez no me iría sin él.
Hacía más de cuatro años que no la veía. Reservé una localidad para su obra sin sospechar lo que pasaría después, ya de madrugada, en mi casa.
Llevábamos media vida midiéndonos en silencio. Hasta que la mujer que él perseguía tocó mi puerta una madrugada de agosto y eligió quedarse.
Tres noches durmiendo a su lado en esa cabina diminuta, hasta que una madrugada su mano enorme empezó a recorrerme como si yo ya le perteneciera.
Fui a recoger a mi hija al aeropuerto fingiendo que esos diez días con su marido no habían significado nada. Pero mi cuerpo ya había aprendido otra cosa.
Tenían veintipocos años, eran descarados y guapos, y eran amigos de mi hijo. Yo acababa de cumplir los cincuenta. Esa noche, junto a la piscina, dejé de fingir que no los deseaba.
A los sesenta y cuatro años, Amparo sacó del armario la minifalda de cuero que nunca se atrevió a usar. Esta vez sí pensaba ponérsela: él llegaba el lunes.
Llevábamos cinco días encerrados en la misma cabina, y esa madrugada, con el motor apagado y el calor pegándose a la piel, dejé de fingir que no lo deseaba.
Quería una rosa en el glúteo derecho. Lo que no imaginé fue lo que sentiría cuando las manos de aquel desconocido empezaron a recorrer mi piel desnuda.
Volví al campo después de años en la ciudad y, buscando a mi padre entre el maíz, encontré a mi madre de rodillas frente a uno de sus peones.
Me gritó en el ascensor y diez minutos después me arrastraba a su piso. Yo era virgen, torpe y estaba aterrado; ella sabía muy bien lo que quería de mí.
Subí la persiana solo un poco, como siempre. Pero esa noche Marina estaba frente al espejo, y por primera vez no apartó la mirada de mi ventana.
Llevaba un mes en recepción cuando la fiesta de viernes lo cambió todo: una mano bajo la mesa, una decisión que no pensé, y un lunes que ya no fue trabajo.
Tenía la edad de mi hija mayor y se empinaba para mirarme el escote mientras yo firmaba. No dije nada. Al día siguiente elegí el vestido pensando en él.