Mi madrastra me dio la lección que jamás olvidaré
Cuando mi madrastra echó la llave a la puerta del dormitorio y empezó a desabrocharse la blusa, supe que aquel castigo no iba a parecerse a ningún sermón anterior.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Cuando mi madrastra echó la llave a la puerta del dormitorio y empezó a desabrocharse la blusa, supe que aquel castigo no iba a parecerse a ningún sermón anterior.
Aquella tarde de agosto se me olvidó cerrar el pestillo del baño. Cuando levanté la vista, mi tía Carmela estaba en el umbral, mirándome sin moverse.
Me apretó la mano en plena fiesta y me susurró que la última voluntad del condenado podía esperar. No esperó tanto como yo creía.
Era jueves, el día de mamá, pero mi hermanastra me arrastró a la ducha antes del desayuno. Las reglas del harem que ellas inventaron empezaban a romperse otra vez.
Pensé que era el vino, esos roces tímidos en la pista de baile. Pero al dejarla en la puerta del hotel, ella sostuvo la tarjeta sin meterla y susurró: «Quédate un rato».
La encontré llorando en el sofá con la bata azul mal cerrada. Cuando le dije que era hermosa, ya sabía que esa noche no iba a volver a ser solo su hijo.
Cuando abrió los ojos, ella aún dormía a su lado, desnuda. Bruno supo en ese instante que la noche no había terminado, no del todo, y que solo les quedaban unas pocas horas.
Esa mañana pensé que estaba solo en casa. Crucé el pasillo desnudo y, al doblar la esquina, ahí estaba ella, con una mirada que no era de madre.
Eran las seis de la tarde, mis padres no volverían hasta el domingo y ella entró a mi cuarto sin tocar, completamente desnuda, con esa sonrisa que conocía desde hacía dos años.
Cuando vi cómo se entretuvo mirando el bulto del short bajo la luz del pasillo, supe que aquella mañana en casa de mis tíos no terminaría como cualquier otra.
Sus pechos rozaban mi hombro mientras me servía el segundo vodka. Era mi cuñada, pero esa noche dejó de comportarse como tal y yo dejé de fingir que no quería más.
Cuando vi su bata entreabierta y la forma en que se mordía el labio, supe que esa tarde no iba a ser como las demás. Mi tío estaba a miles de kilómetros.
Tenía cincuenta y cuatro años, una pierna rota y dependía de la mujer de mi hijo menor. Una tarde resbalé desnudo en la ducha y ella corrió a auxiliarme.
Cuando Carolina salió del baño, su madre todavía tenía mi mano debajo de la falda. No retiró la suya. Solo cerró los ojos y me miró desde algún sitio mucho más oscuro.
Mamá se probó tres conjuntos delante de mí y, antes de elegir, dejó caer la pregunta del tanga negro como si fuera lo más natural del mundo.
Pegué la oreja a la puerta y después corrí al estudio del abuelo. Mi madre no estaba sola en el penthouse de Esteban, y yo no podía dejar de mirar.
Tenía diecinueve años, mi padre se ausentaba semanas enteras y yo creía conocer a mi madre. Hasta que el cesto de la ropa sucia me obligó a mirarla distinto.
Mateo entró a matar el tiempo entre clases. Salió con el sabor del pintalabios de ella y el corazón latiéndole contra las costillas.
Llevaba meses publicando fantasías anónimas en un foro. Cuando él me escribió pidiendo conocerme, supe que iba a obedecer mucho antes de aceptar la cita.
La primera fue mi profesora de física. La segunda, la de francés. Las dos me citaron a solas en sus últimos días en Valencia y entendí que las despedidas pueden ser muy distintas.