La sirvienta que el viejo rey reclamaba de noche
Todos en palacio conocían las verdaderas funciones de su puesto, pero esa noche el viejo rey tenía un capricho distinto reservado para ella.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Todos en palacio conocían las verdaderas funciones de su puesto, pero esa noche el viejo rey tenía un capricho distinto reservado para ella.
Entré a comprar un refresco y salí siendo otra mujer. Marcos me esperaba detrás del mostrador, y esa noche aprendí lo que era no tener pudor.
Llevaba años escribiendo orgasmos para desconocidos sin rostro. Aquella madrugada, por primera vez, alguien al otro lado de la pantalla quiso saber cómo se llamaba de verdad.
Llegó sin avisar, con esa sonrisa de quien siempre consigue lo que quiere, y en una sola semana puso patas arriba la vida de mi madre, la mía y la del barrio entero.
La puerta estaba apenas junta y dentro alguien repetía que sí, que sí. No debí mirar, pero me quedé clavado en el pasillo, conteniendo la respiración.
Tenía veintidós años y un trabajo final que valía el curso entero. Lo que no figuraba en ningún plan era la oferta que aquel señor me haría camino a casa.
Llevaba años con ganas de ir a una playa nudista, pero ninguna de mis parejas quiso acompañarme. Aquella mañana decidí ir solo, sin imaginar cómo terminaría.
A los treinta y nueve, pensé que ya nada me sorprendía. Entonces abrí esa página, apareció él al otro lado de la pantalla y descubrí cuánto me gustaba que me miraran.
Bajé a tomar un café con la del quinto y volví con la boca abierta: me contó, con pelos y señales, lo que hizo con el hombre casado del octavo piso.
Se desabrochó el top del bikini con la naturalidad de quien ya ha decidido todo. «Tú me invitaste a sentirme libre», dijo. Y yo apenas podía respirar.
Cuando cerré la puerta con llave, él se dio vuelta y me reprochó el beso que le había dado a otro hombre. No supe si era rabia o deseo lo que le ardía en los ojos.
Llevaba años apagada hasta que una tarde, sola en casa, entendí que mi cuerpo seguía vivo, hambriento, y que ya nadie iba a despertarlo por mí.
—Aquí mando yo —dijo ella. Y el gran arquitecto, que se pasaba el día dando órdenes, descubrió que obedecer a la mujer de la limpieza lo excitaba más que ninguna conquista.
Esa mañana ella me robó la máquina de un salto y se rió de mi cara. Por la noche, con un trozo de roscón de por medio, descubrí que no pensaba dejarme tranquilo.
Volví corriendo por el encargo de mi abuelo y, a mitad de la escalera, una ventana entreabierta me mostró lo que jamás imaginé ver de mi madre.
Todos la odiaban antes de que volviera al barrio. Yo solo dibujaba sus tatuajes desde mi lado del muro, hasta que ella decidió cobrarme por ser su musa.
Llevaba semanas viéndola en el semáforo, con ese short de mezclilla y esa sonrisa cansada. Esa tarde me atreví a hablarle, sin imaginar hasta dónde llegaríamos los dos.
Desde su ventana llevaba semanas observándola; la noche que saltó la valla entendió que sería ella quien decidiera cada cosa que pasaría entre ellos.
Me dijo que estaba casada y que su marido trabajaba lejos. Esa noche aprendí que una mujer experimentada sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo.
Salí de casa con un vestido normal, pero debajo llevaba algo que solo él vería. Sabía lo que iba a pedirme, y yo ya había decidido decir que sí.