La tía de mi madrastra bajó a tomar café conmigo
Vivía dos pisos más arriba y cada vez que la cruzaba en el ascensor pensaba lo mismo: vas a ser mía. Esa tarde, con una rosa en la mano, le pedí que bajara a tomar un café conmigo.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Vivía dos pisos más arriba y cada vez que la cruzaba en el ascensor pensaba lo mismo: vas a ser mía. Esa tarde, con una rosa en la mano, le pedí que bajara a tomar un café conmigo.
Llevábamos un mes solos en casa cuando ella se ofreció a revisarme tras el golpe. Yo nunca imaginé que mi madre se arrodillaría entre mis piernas.
Diecinueve años, una tarde de treinta y ocho grados y mi tía política trapeando mi cuarto en jeans ajustados. Aquella tarde no aguanté más.
Cuando dejó caer el pulóver al suelo y se descalzó frente a mí, entendí que aquella tarde no iba a salir de la casa de mi suegro siendo el mismo hombre.
Mi madre se inclinó delante de mí para sacar una cinta vieja de la caja y, cuando se ajustó la bata muy despacio, supe que había visto lo que yo no quería que viera.
Cuando aquel chico se quitó la camiseta en nuestro salón, reconocí cada centímetro de su torso: era el cuerpo que Beatriz miraba en su pantalla a las tres de la mañana.
Bajé a trotar por la playa para escapar del hotel. Dos kilómetros después, un bote de pesca atracó frente a mí y un hombre joven me invitó a seguirlo entre las palmeras.
Cuando volví del baño con su prenda guardada en el bolsillo, no imaginaba que ella me esperaría esa misma tarde con un trato que cambiaría todo.
Cada mañana, a las once en punto, entraba en aquella cafetería como quien entra en un confesionario. Tardé semanas en darme cuenta de que ellas dos también me esperaban.
Cuando lo vi bajar del tren ya no era el niño que yo recordaba. En ese instante pensé que mi marido tendría que aprender a compartir, aunque nunca lo supiera.
Toqué el timbre con la excusa de pedirle un consejo íntimo. Cuando me abrió la puerta sola, supe que aquella tarde nadie iba a interrumpirnos.
Llevaba años fantaseando con un trío. Aquella noche en el chalet familiar entendí que la lujuria a veces vive más cerca de lo que uno imagina.
Llegué a la escena del crimen y ella me esperaba fumando, los ojos secos. Tres meses después la viuda me abría en camisón negro y un frasco de gel sobre la mesilla.
La bata se le subió cuando se agachó por la espátula. No fue un accidente; fue una invitación que tardé toda la mañana en aceptar.
Le di un abrazo para consolarlo y entonces sentí su erección contra mi cadera. En ese instante supe que ninguno de los dos iba a volver a ser el mismo.
Iba a recoger unas bolsas que mi mujer había olvidado, pero la puerta del jardín estaba entreabierta y la escena del otro lado me cambió la cabeza para siempre.
Solo quedaba una habitación libre en aquel motel y mi tía dormía a mi lado. Esa noche, escuchando a través de la pared, dejé de mirarla como antes.
Escuché sus gemidos la primera noche desde el otro lado de la pared. No podía saber que esa pareja mayor terminaría en mi cocina pidiendo mucho más.
Nunca había visto a mi madre lanzar un golpe. Cuando entré a la cochera, la encontré en topless dándose puñetazos con mi tía y un muro que no debía caerse cayó.
A los treinta y nueve años había aprendido a medir el tiempo en canciones. La noche del becario sumó una nueva, y aún me devuelve a sus manos al primer acorde.