Lo que pasó con el jardinero cuando acepté el reto
Mi novio creía que no me animaría. Apostó que solo lo calentaría desde la ventana, pero esa tarde el jardinero terminó arrodillado frente a mí.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Mi novio creía que no me animaría. Apostó que solo lo calentaría desde la ventana, pero esa tarde el jardinero terminó arrodillado frente a mí.
Se arregló como hacía años que no lo hacía, se perfumó y condujo hasta la dirección anotada en un papel amarillo. Todo, se repetía, era por el bien de su hijo.
Levanté la mirada hacia la profesora que todos temían y se me heló la sangre: era ella, la mujer con la que me había masturbado por cámara durante dos años.
Se sentaron una a cada lado, seguras de que iban a desarmarme con sus juegos. Tardé toda la cena en dejárselo creer, y solo cinco minutos en darles la vuelta.
Ella ponía las reglas: nada de forros, nada de sentimientos y nada de preguntas. Yo apenas tenía veintiuno y ella me dejó claro que tenía mucho que enseñarme.
Creí que iba solo a borrar esas fotos y volver a mi vida. En cuanto don Marcial abrió la puerta supe que había ido por algo muy distinto, y que él lo sabía mejor que yo.
La conocía como la jefa de hierro a la que todos temían. Esa Nochevieja, en una isla lejos de la oficina, descubrí el colgante que escondía su mayor secreto.
Se sentó a mi lado sin pedir permiso, habló de mi libro como si me conociera de siempre, y supe que esa tarde no terminaría en aquel banco.
Bastó un comentario fuera de lugar en una foto de la playa para que Nora descubriera quién se escondía detrás de aquel perfil sin rostro.
Subí solo al apartamento para ducharme antes que los demás. Lo que no esperaba era que alguien, al otro lado del patio, estuviera esperando justo ese momento.
Aburrida frente al televisor, sola en una cama demasiado grande, cerró los ojos y dejó que su mano hiciera lo que llevaba dos años sin permitirse.
Llegué a su casa con una falda demasiado corta y la excusa de aprobar. Él no dejó de mirarme ni un segundo, y yo no iba precisamente a estudiar.
Llevaba semanas mirándola de reojo cuando recogía las papeleras. Esa noche, los dos solos en la oficina, fue ella quien me pidió que la ayudara.
Su marido nos abrió la puerta de su casa con una sola intención: ver cómo dos desconocidos hacían gozar a su mujer. Ella fingía dudar, pero su mirada ya había decidido.
A los casi cuarenta, libre y dueña de su deseo, descubrió que aún le quedaba un territorio por explorar. Y decidió hacerlo sola, sin prisa, antes de compartirlo con nadie.
Yo era la chica seria de la coleta y los apuntes bajo el brazo. Él tenía el doble de mi edad y una calma que me desarmaba cada vez que me miraba.
La reconocí entre las góndolas del supermercado: más llena, más segura, con esa mirada de quien todavía recuerda lo que pasó entre nosotros en aquella aula vacía.
Llevaba semanas saludándola al pasar con la moto. La tarde que me pidió que frenara, jamás imaginé el secreto que esa mujer guardaba bajo el camisón.
Evitó mirarlo a los ojos cuando abrió la puerta, porque temía que él descubriera lo que llevaba meses callando: que deseaba al hombre que dominaba a su propia hija.
Cuando su jefe se ofreció a llevarme a comprar las bebidas, mi marido se quedó con cara de tonto. Yo ya sabía que esa salida no iba a ser inocente.