El jinete maduro que bajó a la cocina esa noche
Me arreglé para el jaripeo no por la fiesta, sino por aquel jinete moreno de mirada penetrante que olía a tabaco y a campo y me había dicho que su montada me la dedicaba a mí.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Me arreglé para el jaripeo no por la fiesta, sino por aquel jinete moreno de mirada penetrante que olía a tabaco y a campo y me había dicho que su montada me la dedicaba a mí.
Subí al autobús pensando que solo tomaría una cerveza. Cuando quise bajarme, ya era demasiado tarde para pretender que no quería quedarme.
Entré a su casa solo para ayudarlo con una aplicación. Jamás imaginé que su galería ocultaba un secreto que iba a sacudirme por completo.
Solo había pasado a saludar antes de salir de compras. No esperaba que el hijo de mi amante apareciera en el baño con el celular en la mano.
Me dijeron que era la jefa más amargada de la empresa, una viuda que detestaba a los hombres. Lo que no sabían es que yo no acepto un no cuando huele a desafío.
Llevaba veinte minutos con el periódico cuando la vi cruzar la puerta. Botas altas, vestido camuflaje, una sonrisa que no era casual. Tenía el tiempo justo de una llamada para abordarla.
Cuando me agarró de la muñeca y me arrastró al baño del bar, supe que esa señora de la oficina ya no volvería a ser solo mi jefa el lunes por la mañana.
Llegué a la terminal a buscar a un amante. Salí dos horas después con el cuerpo encendido por otro hombre que ni siquiera sabía mi nombre.
Faltaban tres horas para llegar y el señor del asiento de al lado ya había sacado una manta del bolso. Me dijo que tenía frío. Yo no tenía nada de frío.
Aquel sábado se acercó a corregirme la postura sin que se lo pidiera. Para el lunes, ya teníamos un trato silencioso y yo había elegido la tanga adecuada.
Cuando doña Hilda abrió la puerta y nos miró de arriba abajo, supe que esa noche junto al fuego nos costaría mucho más que un techo seco.
Tres goles esa tarde. Por la noche, su mensaje cambió todo. Subir a su suite o arrepentirme toda la vida de haberme portado bien.
Cerró la puerta de la consulta, bajó la persiana y le miró con una sonrisa que no era profesional. Mateo no había venido al hospital por eso.
Martín llegó con una escalera y una caja de herramientas. Doña Carmen lo vio desde la ventana sacarse la remera bajo el sol y supo que el trabajo iba a ser largo.
Llegó a ayudarme con el televisor nuevo, con sus brazos marcados y esa mirada que evitaba la mía. Tenía veinte años y yo ya sabía lo que iba a pasar.
Tenía 48 años, un matrimonio estable y una mentira perfecta. Cada semana cruzaba esa puerta y me convertía en otra mujer. Una que no sabía que existía.
Don Ernesto tenía veintisiete años más que yo, manos ásperas de trabajador y una mirada hambrienta que yo fingía no ver. Esa noche cerré las cortinas yo misma.
Treinta candidatas, un rector con demasiado poder y yo con treinta y ocho años y toda la experiencia del mundo. Pensé que podía manejarlo. Me equivoqué a medias.
Cuando crucé el umbral del despacho, supe que la corona costaba más que sonrisas y respuestas correctas. El rector me esperaba con un formulario y un plan.
Llevaba un short minúsculo y un top sin sostén cuando sonó el timbre. El viejo del lado solo venía a pedir azúcar. O eso pensé cuando le abrí.