Mis dos vecinos maduros y un cumpleaños sin marido
Cuando bajé del ascensor con la tanguita ya empapada y el vestido pegado al sudor, supe que aquel tequila no iba a quedarse solo en tequila.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Cuando bajé del ascensor con la tanguita ya empapada y el vestido pegado al sudor, supe que aquel tequila no iba a quedarse solo en tequila.
Subió a mi moto con ese conjunto de cuero ajustado y me pidió que fuera despacio. Pero ninguno de los dos quería ir despacio esa noche.
Cuando bajé al garaje, Valeria me esperaba con pantalones de cuero y una sonrisa que no tenía nada de maternal.
Éramos cuatro personas de cuarenta años que nunca habían roto un plato. Raquel dijo que había que hacer algo que no pudiéramos contarle a nadie.
Cuando Rodrigo cruzó la puerta, Valentina lo miró con esa calma de quien sabe exactamente lo que tiene entre manos, y esa noche él tampoco era inocente.
Esa tarde me visitaron cuatro hombres. Ninguno sabía de los otros. Yo era la única con el cuadro completo y no sentía culpa ninguna.
Éramos siete mujeres en ese departamento, el vino ya había hecho lo suyo, y Camila empezó a hablar. Lo que nos contó esa noche ninguna se lo esperaba.
La villa era perfecta para una aventura: cuatro dormitorios, maridos pescando mar adentro y dos hombres que llegaban a las siete. Hasta que a las seis sonó el portón.
Tenía cuarenta y cinco días para pagar el embargo o perder el apartamento donde dormía mi hijo. Esa noche, frente al espejo, decidí que el orgullo no era un lujo que pudiera permitirme.
Tres días de viaje, un marido infiel y el amigo de mi hijo dormido desnudo en mi cama. A veces la vida te pone las cosas demasiado fáciles.
Cuando levanté la vista hacia la puerta del cuarto y vi esa rendija de luz, supe que su hija había estado mirando desde el principio.
Cuando los vecinos se marcharon, ella seguía allí, inmóvil entre la hierba alta, con un ramo de violetas apretado contra el pecho y los ojos fijos en Marisol.
Cada vez que me siento a escribir sé que ella me leerá por encima del hombro, y eso me moja antes de teclear la primera palabra.
Entré a esa habitación creyéndome la dueña de la situación. Salí de ahí sabiendo exactamente a quién le debía el silencio.
Cuando le dije que pensaba quitarme el bikini para tomar el sol, no imaginé que ella diría que sí y que la tarde terminaría como terminó.
Llevábamos treinta y cinco años casados y la pasión era un recuerdo lejano, hasta aquella tarde de junio en la cala desierta en la que ya nadie pudo apartar la mirada.
Don Salvador llevaba un mes en el edificio cuando lo descubrí escondiendo el teléfono. No vi lo que miraba, pero por su forma de tartamudear, lo imaginé enseguida.
Aquella tarde en la playa solo quería desconectar. Cuando la mujer rubia del bikini se acercó a pedirme fuego, supe que mis planes de soledad acababan de cambiar.
Aquel domingo de octubre bajamos de misa empapadas por la lluvia. Entramos en su cocina a secarnos. Y allí, contra la pared, la besé como llevaba toda la vida queriendo besarla.
Cuando me dijo que su madre fue una tonta por dejarme, yo todavía pensaba que era un cumplido inofensivo. Cinco minutos después la estaba besando.