Mi nueva vecina necesitaba algo más que un favor
Cuando me pidió ayuda con el lavarropas no imaginé que terminaría mirándola sin disimulo. Una mujer así no debería quedarse sola tan seguido.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Cuando me pidió ayuda con el lavarropas no imaginé que terminaría mirándola sin disimulo. Una mujer así no debería quedarse sola tan seguido.
Acepté ayudarlo a ordenar su casa nueva por pena. No imaginé que cada apuesta me dejaría con menos ropa y más ganas de perder la siguiente.
Me sacaba treinta años y todos se reían de sus piropos. Pero cuando me subió al coche y su mano buscó mi muslo, dejé de reírme yo también.
Mi marido viajaba otra vez y mi espalda no aguantaba más. El mensaje del vecino del quinto decía «el primer masaje es gratis». No imaginé hasta dónde llegaría.
Esperaba mi turno en la cafetería cuando ella me miró sin prisa, como quien ya ha tomado una decisión y solo espera a que el otro se dé cuenta.
Había llegado solo a la primera función de la mañana. Entonces escuché unos tacones acercándose por el pasillo y todo cambió cuando ella se sentó a mi lado.
Cada golpe sobre su piel la encendía más, y Renata no supo si lo peor era entregarse o descubrir que alguien la observaba desde lo alto de la escalera.
El árbol que crecía entre nuestros patios fue solo la excusa. Lo que de verdad quería estaba del otro lado de esa pared, y aprendí a saltarla cada vez que él se iba.
Coincidí con ella en las duchas comunes y, sin pensarlo demasiado, decidí provocar la situación. Lo que vino después convirtió un viaje aburrido en algo que aún no me saco de la cabeza.
Era nuevo, tímido y educado. No imaginó que esa tarde, cuando todos se fueron de la oficina, una sola orden mía bastaría para ponerlo de rodillas.
Esa noche dejé de ser la señora correcta de siempre. Escribí lo que de verdad quería, pulsé enviar y esperé a que tres desconocidos vinieran a buscarme.
Paró la camioneta junto al pinar, la miró por el retrovisor y supo, con la calma de quien lleva una vida cazando, que esa mañana no volvería con las manos vacías.
Lo último que recordaba era brindar con una mujer preciosa. Lo siguiente, despertar en el suelo de un sótano, sin fuerzas, sin ropa y sin escapatoria posible.
De día imponía respeto con la placa; de noche se arrodillaba en su propio dormitorio y dejaba que un anciano la reclamara como suya.
Volví a casa con el cuerpo todavía encendido por la noche anterior, sin imaginar que una charla en la cocina iba a desarmarme más que cualquier caricia.
A los cincuenta y cinco años creía que el deseo era cosa del pasado, hasta que el marido de mi hija me miró de un modo que el mío había olvidado.
Abrí las cortinas medio dormida y no me di cuenta de que él estaba al otro lado del cristal, mirándome. Y algo en esa mirada me hizo querer dejarlo seguir.
Llevaba años sin verlo, pero cuando abrí la puerta a medianoche y sentí sus manos firmes en mi cintura entendí que mi padrino ya no me miraba como antes.
Subió a mi coche con un vestido suelto y la calma de quien ya no tiene prisa. No imaginé que dos días después me pediría que me desviara hasta su puerta.
Lo decidí la noche anterior, mientras él dormía: a la mañana siguiente empezaría, sola, una rutina que llevaba años imaginando y que nunca me había atrevido a sostener.