Mi vecino me descubrió desnuda en el jardín
Llevaba semanas tendida en mi hamaca, untándome aceite y cerrando los ojos, hasta que una tarde sentí que alguien me miraba a través de las arizónicas.
Llevaba semanas tendida en mi hamaca, untándome aceite y cerrando los ojos, hasta que una tarde sentí que alguien me miraba a través de las arizónicas.
—Hoy solo vamos a cuidarte —susurró, y entendí que después de ser su puta toda la noche, ahora me tocaba volver a ser su chica.
Hacía diez años que nadie me tocaba con esas intenciones. Aquella tarde, boca abajo en la camilla, descubrí que mi cuerpo todavía sabía exactamente lo que quería.
La bañera estaba a punto, yo cerré los ojos, y cuando los abrí ella ya estaba desnuda en el umbral, ofreciéndome un masaje que no terminó en los hombros.
Llevaba toda la vida viéndola con tacones y medias, pero hasta esa noche en el sofá jamás había imaginado lo que sus pies podían hacerme sentir.
Llevo media vida subiendo a la sierra solo, pero aquella mañana de octubre bajé con algo más que la cesta llena. Esto pasó de verdad y aún me cuesta creerlo.
Cuando le pedí depilación completa, ella arqueó una ceja y su sonrisa dejó de ser profesional. La cera y sus dedos pronto se confundieron.
Ramiro me avisó por mensaje que decidiría en el momento si quería el final feliz. Ninguno de los dos imaginaba hasta dónde íbamos a llegar esa tarde de jueves.
Pensé que era una limpieza de rutina. Pero cuando me citó en su casa esa noche, descubrí que me esperaba con una sorpresa sentada en el sillón.
Mi marido me pidió que tuviera una aventura por mi cumpleaños. Lo que no esperaba era empezar mirando a otros desde el agua, mordiéndome el labio para no gemir.
Llevaba meses fingiendo que su uniforme no me afectaba. Esa tarde, con su muslo vendado y mis manos temblando sobre su piel, supe que ya no aguantaba más.
Mi padre me dejó solo con su amigo en la consulta. Pensé que era un masaje más. Lo que aquellas manos hicieron conmigo no lo había sentido con ninguna chica.
Desperté pasadas las seis, con el cuerpo entero latiéndome y el olor a lavanda en la piel. Daniela me esperaba desnuda, dispuesta a curar cada huella que la noche había dejado en mí.
Llevaba semanas con una sola idea fija en la cabeza, y aquel domingo en las gradas del campo de rugby encontré por fin la manera de cumplirla.
Estaba tumbada y desnuda cuando una sombra me tapó el sol. «Si no te pones crema te vas a quemar», dijo él. Yo no llegaba a la espalda… y él tenía las manos perfectas.
Ella sacó de la bolsa un tanga que no tapaba nada y me lo tendió sin una palabra. En esa playa llena de gente, las órdenes ya no las daba yo.
La dueña sonrió antes de cerrar la puerta con llave y susurró que del otro lado del espejo podía haber otra mujer mirándolo todo.
Llevaba una semana espiándola por la ventana cuando salía a correr. El día que tocó mi puerta para presentarse, supe que no me bastaría con mirarla.
Cuando Mariela me apoyó las manos en las caderas en la cocina, supe que esa misma semana iba a terminar reservando una sesión en su cabina.
El dolor de espalda era real. La excusa para mi marido, también. Lo que no esperaba era lo que pasaría cuando ese desconocido me pidió quitarme la última prenda.