Lo que el joven heredero buscaba en una mujer mayor
Cuando los cortesanos se retiraban, él cerraba la puerta de sus aposentos y esperaba a la única persona capaz de aliviar el peso de su título.
Cuando los cortesanos se retiraban, él cerraba la puerta de sus aposentos y esperaba a la única persona capaz de aliviar el peso de su título.
Crucé la mirada con una mujer al otro lado de la barra. Me sonaba muchísimo, pero no sabía de qué. Hasta que se acercó y dijo dos palabras que lo cambiaron todo.
Era martes, casi medianoche, y solo quedaba un sitio con las luces encendidas. No imaginé que la mujer que nos atendió decidiría cómo terminaba la noche.
Estoy desnuda bajo su camisa, acariciándome despacio, cuando lo descubro espiándome desde el otro lado del patio. Me hace una seña con la mano. Y yo, claro, voy.
La puerta del baño estaba entreabierta y el agua caía. Me asomé sin pensar, y la señora rubia me sonrió en vez de gritar.
Llevaba años cobrando por mi tiempo, pero esa madrugada, con él dentro de mí y su boca pegada a mi oído, hice algo que no había hecho jamás: olvidarme del dinero.
Solo iba a probar una clase dirigida. No esperaba que su coche se detuviera delante de mí ni lo que vendría después, en una esquina del polígono.
El día que perdí el último autobús bajo la lluvia entendí que la libertad tenía un precio, y que ese hombre de manos pacientes sabía exactamente cuánto estaba dispuesta a pagar.
Nunca pensé que una función de las cuatro y media terminaría conmigo conteniendo la respiración, rezando para que nadie mirara hacia nuestra fila.
Pasé junto a su banco, le dejé una nota sin que nadie lo viera y salí al patio a fumar. Para cuando él golpeó la puerta, yo ya había dejado de pensar en lo correcto.
Llevaba un mes de sequía y me había arreglado como una diosa para él. Lo que no imaginé es que el hombre que cruzó esa puerta jamás iba a tocarme.
Me levanté antes del segundo despertador. Sabía que, si jugaba bien mis cartas, los dos llegaríamos al trabajo con una sonrisa difícil de disimular.
Abrí la puerta sin avisar y ahí estaba ella, con la mirada clavada en la pantalla y un secreto que llevaba meses guardándose. Esa tarde por fin me lo contó.
Acepté subir solo a buscar el bolso de una amiga. Cuando se giró con el torso desnudo y aquella toalla en la mano, supe que no iba a volver a bajar igual.
Siempre que me la imaginaba arrodillada frente a otro hombre algo se encendía en mí. Esa noche, en el motel, dejé de imaginarlo: ella estaba dispuesta a dármelo.
Pensábamos que solo íbamos a tomar el sol sin ropa, pero la parcela de al lado tenía un espectáculo que ninguna de las dos pudo dejar de mirar.
Entré como un estudiante asustado y salí siendo ella. Detrás de la cortina negra, sin nombres ni rostros, descubrí cuánto deseaba que un desconocido me usara.
Carmen me explicó las reglas: bañarme dos veces al día, obedecer cada campanada y no preguntar nada. Esa noche entendí qué clase de sobrina quería mi tío.
Mi amiga me prometió que esa noche cumpliría una fantasía que solo me había atrevido a confesarle a ella. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaríamos las dos.
Llevaba meses preparándome el mismo almuerzo sin que yo entendiera el mensaje. Esa tarde llegué a casa decidido a contestarle como ella esperaba.