El acuerdo que mi esposa selló en la alcoba
Él esperaba una señora voluptuosa y experimentada; recibió a una esposa menuda y callada. Esa noche, ella decidió demostrarle cuánto la había juzgado mal.
Él esperaba una señora voluptuosa y experimentada; recibió a una esposa menuda y callada. Esa noche, ella decidió demostrarle cuánto la había juzgado mal.
Hacía cinco años que no lo veía. Bastó que gritara mi nombre entre los aparadores para que el cosquilleo de aquella tarde regresara intacto.
Subida a una piedra, en tanga y medias de red, vi acercarse los faros del primer camión. Ramiro me lo había advertido: avisa siempre que eres una chica con algo más.
Sabía a lo que íbamos antes de subir al coche, pero me dejé llevar igual. Aquel chalet apartado, la piscina vacía y dos hombres que no me quitaban los ojos de encima.
Me inventé un trabajo de la universidad para tener a un futbolista a solas, en pantalón corto, y comprobar si sus piernas eran tan increíbles de cerca como en la tele.
Salí de casa sin ropa interior, con la cámara de mi marido apuntándome. Él no buscaba el paseo: buscaba que alguien me viera y se quedara con las ganas.
Nunca fue el chico que más me gustó. Lo que me gustaba era ponerlo nervioso, verlo perder el control delante de mí mientras pensaba en ella.
Era virgen, estaba deprimido y solo quería que alguien le creyera. Acepté verlo en la última fila de un cine a oscuras, y lo que pasó allí todavía me da morbo.
Mi jefa me había encendido durante todo el vuelo. Cuando me levanté al baño, no esperaba que alguien más entrara detrás de mí.
Cuando mi familia salió y la casa quedó en silencio, me puse el vestido rosa, preparé una bandeja con el desayuno y subí a la habitación del invitado con una idea muy clara en la cabeza.
Llevábamos semanas sin tocarnos y, cuando por fin la tuve contra la puerta de mi despacho, descubrí que el problema no era el deseo, sino tener que hacerlo sin un solo gemido.
Sabía exactamente lo que iba a hacer cuando apagué la luz grande y dejé solo la lamparita: desnudarme despacio mientras ella fingía hablar de cualquier cosa.
Llevaba meses imaginando esa consulta. Ese martes entré dispuesta a que el chequeo de rutina se convirtiera en algo que ninguno de los dos íbamos a olvidar.
No le dije mi nombre, él no me lo preguntó, y aun así esa tarde me conoció más que cualquier hombre que haya pasado por mi cama.
Llevaba treinta años repitiendo la misma vida, hasta que encontró aquellos pañuelos sobre la mesilla y algo dormido en su interior empezó a despertar.
Cada tarde corría la caja que hacía de puerta y se sentaba a mi lado, como si ese rincón estrecho fuera el único lugar del mundo donde podíamos ser otros.
Cuando supe cuál era la prenda me quedé muda. No por incapaz, sino porque me exponía con un hombre que conocía a media ciudad. Y aun así llegué puntual el primer día.
Me escribió una sola línea: «¿Relato o fantasía?». No imaginé que esa pregunta terminaría con ella desnuda sobre mi camilla, esperando que se lo demostrara.
Sesenta y dos años, casada, abuela y con un cuerpo que detenía el tráfico. Me midió con la mirada y supe que ese fin de semana su piso del noveno sería solo nuestro.
Cada jueves por la noche llamaba a la puerta del párroco con la cabeza baja. Nadie en el pueblo imaginaba lo que ocurría cuando el cerrojo del portón quedaba echado.