El regalo que mi novia me pidió para su madre
«Quiero que le des lo que mi madre nunca tuvo», me dijo con una sonrisa. Y yo, que ya había visto a esa mujer madura, supe que no iba a decir que no.
«Quiero que le des lo que mi madre nunca tuvo», me dijo con una sonrisa. Y yo, que ya había visto a esa mujer madura, supe que no iba a decir que no.
Estaba desnudo en su cama, dolorido, y él se ofreció a examinarme. Yo no sabía hasta dónde estaba dispuesto a llegar para que se me pasara.
Cuando abrí la puerta esperaba una bolsa de papel y un «buenos días». No esperaba que se quedara mirando hacia adentro y me preguntara, en voz baja, si vivía solo.
Llevaba casi dos años sin tocar a nadie cuando la vi bajar del minibús con esa sonrisa. Me prometí que, antes de volar de regreso, esa boca iba a ser mía.
Todos en la facultad sabían cómo era yo, y al vigilante de la entrada le bastó una sonrisa para entender que esa tarde, después del aseo, no me iría tan rápido.
Frené la bicicleta frente a la casa de Andrés sin saber que su madre me esperaba en el umbral, y que aquella tarde sin nadie cambiaría todo entre nosotros.
Llevaba quince años viuda y dormida para el sexo. Entonces aquel hombre, casi veinte años menor, me miró los labios y supe que la mañana no terminaría en los apuntes.
—Marina, no te lo vas a creer: entré a hacer la habitación y había una pareja en la cama. Y yo me quedé mirando desde la puerta, sin poder moverme.
No nos conocías de nada, pero pasaste toda la tarde con la mano dentro del bañador, mirándonos jugar. Y nosotras lo sabíamos desde el principio.
Bajé del auto creyendo que iba a defenderlo y terminé viéndolo con una desconocida sentada en sus piernas. Lo que hice después no lo planeé: simplemente dejé de tener miedo.
Estaba casado, era hetero y estaba seguro de quién era. Esa madrugada, dentro de un coche aparcado junto a la playa, dejé de estarlo.
Cuando el aguacero inundó la ciudad, todos terminaron en mi casa. No imaginé que esa noche volvería a sentir a Damián dentro de mí, ni que no estaríamos solos.
Esa mañana no me arreglé ni me sequé las lágrimas. Solo marqué su número y le pedí que viniera sin avisarle nada a mi esposo.
Me puse el delantal blanco y la cofia, me maquillé como una golfa y lo llamé para avisarle que la habitación ya estaba lista. El resto lo teníamos ensayado de memoria.
Acababa de salir de la ducha cuando vi su mensaje en la pantalla. No era lo que buscaba, pero su foto me hizo cambiar de planes esa misma tarde.
Llevo años cobrando por acostarme con desconocidos. Nunca pensé que sería yo el que terminaría rogando por volver a verla a ella.
Cuando puso mi mano sobre su entrepierna mientras conducía, supe que ya no había vuelta atrás. Esa noche dejé de fingir y me entregué por completo.
Olía a café recién hecho y supe que la noche anterior no había sido un sueño. Yamila seguía ahí, en mi cocina, con la piel todavía caliente del deseo.
El entrenador me miró desde el otro lado de la mesa y sonrió. Mi padre me apretó la nuca y susurró: «Hijo, vamos a hacer lo que haga falta para que entres al equipo».
Cuando salió del baño con la bata atada al descuido y los pezones marcando la tela, supe que ya no podría mirarla como a la prima de los veranos en la playa.