Fui el regalo de cumpleaños de un matrimonio voyeur
Era julio y los dos sudábamos. Llevaba poco tiempo en esto y aún tenía mucho que aprender, pero esa noche la mujer me observaba desde la silla como si yo fuera el plato principal.
Era julio y los dos sudábamos. Llevaba poco tiempo en esto y aún tenía mucho que aprender, pero esa noche la mujer me observaba desde la silla como si yo fuera el plato principal.
Ella estaba tan nerviosa que apenas me sostenía la mirada. Él quería probar conmigo por primera vez. Yo solo tenía que cuidarlos hasta que dejaran de tener miedo.
Esa noche junto a la piscina creí que solo me esperaba un baile. No imaginé que Marina llevaba diez años guardando una promesa que iba a arrastrarnos a los dos.
Siempre dormíamos en la misma cama y nos contábamos todo. Esa noche, con la copa de más, Renata me tomó la cara y me besó como nunca antes.
Bajé la mirada y vi su mano apoyada en mi muslo. Llevábamos cinco años de amigas, pero esa noche, después del segundo vaso de vodka, todo cambió de un golpe.
Me subí al carro esperando una tarde con él, pero en el asiento de atrás había alguien más, y entendí enseguida por dónde venía la cosa.
Llevaba ocho meses limpiando esa casa enorme. Nunca imaginé lo que ese matrimonio escondía detrás de la fila de zapatos, ni hasta dónde llegaría yo por la matrícula.
Cuando me susurró «ve, pégate a él», supe que esa noche no volveríamos solos a casa. Y una parte de mí llevaba semanas deseándolo.
Subí las escaleras todavía con el olor del hospital en la piel. La puerta entreabierta, la luz cálida, su camisón de seda. No hicieron falta palabras: ya sabía cómo terminaría la noche.
Compartía piso con dos universitarias que iban medio desnudas por casa sin ningún pudor delante de mí. Tardé semanas en entender por qué.
La había visto pasar de niño tímido a mujer despampanante. Aquella tarde de calor, con la pizza enfriándose en la mesa, fue ella quien se inclinó a besarme primero.
Carla me confesó su fantasía más oscura en un susurro, y semanas después la vi de rodillas frente al hombre que los dos habíamos elegido sin decirlo en voz alta.
Apenas cerramos la puerta nos buscamos con urgencia. Entonces él me preguntó al oído si me imaginaba a las dos juntas, y todo cambió esa noche.
Cuando le pedí depilación completa, ella arqueó una ceja y su sonrisa dejó de ser profesional. La cera y sus dedos pronto se confundieron.
Cuando su número apareció en la pantalla del celular, supe que la noche terminaría con los tres enredados en el sillón. Y mi esposa también lo sabía.
Subí a su piso convencido de que me esperaba la mujer más imponente que había visto. No imaginaba que la noche apenas empezaba ni quién más dormía al final del pasillo.
Cada vez que me levantaba por el encendedor lo sorprendía mirándome, y mi novio sonreía como si ya supiera cómo iba a terminar esa noche.
Gané la mano y, por primera vez, los tuve a los dos a mi merced. Mi marido y nuestro invitado, esperando mi orden. Y yo ya sabía qué iba a pedirles.
Ramiro me avisó por mensaje que decidiría en el momento si quería el final feliz. Ninguno de los dos imaginaba hasta dónde íbamos a llegar esa tarde de jueves.
A las cuatro de la madrugada, mientras me hacía el amor, mi marido susurró el nombre de mi compañero de trabajo. Y yo, en la oscuridad, sonreí.