Cómo el amigo de mi hijo me arruinó la Nochebuena
Tenía veintiún años y llevaba meses mirándome de una forma que yo fingía no notar. Esa noche mi hijo se fue a la cama y nos quedamos solos.
Tenía veintiún años y llevaba meses mirándome de una forma que yo fingía no notar. Esa noche mi hijo se fue a la cama y nos quedamos solos.
Me puse las medias sobre la piel todavía tibia y salí del hotel tomada de su mano, sabiendo que entre mis dedos guardaba algo que solo nosotros dos sabíamos.
El maletero abierto, el valle en llamas al fondo y él preguntando si me ponía follar ahí. Esa tarde fue exactamente lo que ninguno de los dos esperaba.
Cuando cerré la puerta y los vi a los dos mirándome en silencio, supe que esa noche iba a cruzar una línea que llevaba semanas deseando.
El lunes solo descubrió que no podía quitarme los ojos de encima. El viernes me dio la llave de la biblioteca y me citó a las seis.
Cuando subí a su coche esa mañana no sabía que iba a terminar el día con dos hombres distintos dentro de mí y un secreto imposible de contarle a mi novio.
Rodrigo le presentó a sus tres amigos. Cada uno traía un sobre y un regalo. Valentina los miró y dijo que ya podían empezar.
Caminé descalza por el pasillo y apoyé la frente en la puerta del cuarto. Sabía que él vendría detrás. Y sabía exactamente qué iba a hacerme allí.
Cuando Valentina entró a la cocina esa mañana, él estaba apoyado en la isla con el café en la mano y una mirada que no tenía nada de fraternal.
Lo vi por primera vez en los vestidores y supe que lo quería para mí. Semanas después estaba de rodillas ante él en su propio departamento.
Bajo su chaqueta, algo se movía. Debería haberme ido. En cambio, deslicé la mano y lo que siguió después cambió ese verano para siempre.
Mis amigos no entienden por qué regreso cada año a ese pueblo de nada. Si vieran lo que hay en mi galería, no necesitarían preguntarlo.
Bajé sola a la pista, cerré los ojos y dejé que el bajo me poseyera. No supe que aquel desconocido alto me esperaba detrás, observándome desde la oscuridad.
El crujido de la puerta me despertó. Reconocí la respiración de mi hermana antes de que mi marido dijera nada. Y decidí no abrir los ojos.
Cuando Natalia empezó a quitarse la blusa, entendí que aquella despedida no iba a ser como las demás. Tenía 18 años y no había tocado a ninguna mujer.
Marcos me dijo que tenía dos opciones: la demanda o su puerta a medianoche. Fui un idiota y elegí la segunda. O quizás no era tan idiota.
Caminé hacia la escuela sintiendo el semen de Ramiro entre las piernas. El día apenas empezaba.
Cuando Aurelia se quitó el vestido frente a mi cámara, supe que aquella sesión de fotos no iba a terminar como las demás.
Hacía tres meses que no estaba con nadie, y cuando lo vi entrar al lobby supe que esa noche iba a ser diferente. No me equivoqué.
Dejé la cortina entreabierta a propósito. Ella lo sabía y no dejó de mirar. Así empezó todo: observándonos desde lejos antes de que la distancia dejara de importar.