Esperé años para mi última primera vez
Vistió encaje rojo y me miró como si hubiera estado guardando ese instante durante años. Yo también lo había esperado, sin saber que esa noche no terminaría hasta el amanecer.
Vistió encaje rojo y me miró como si hubiera estado guardando ese instante durante años. Yo también lo había esperado, sin saber que esa noche no terminaría hasta el amanecer.
Siempre digo que soy tímida, pero la verdad es que nada me calienta más que la posibilidad de que alguien abra la puerta en el peor momento.
Le dije que sí porque me excitaba más que a ella. Lo que no calculé fue quedarme dormido justo cuando empezaba lo bueno.
Solo quería que me diera un poco de su helado. Lo que pasó después, sobre el sofá y luego en el suelo, todavía me hace sonreír cada vez que abro el congelador.
Una bombilla del pasillo cedió y se apagó. En la penumbra, sus manos rodearon mi cintura y supe que llevaba años esperando ese instante sin atreverme a nombrarlo.
Esa madrugada seguí a una colega por el pasillo restringido. Lo que vi por la rendija de la puerta me dejó temblando, con la mano debajo de la falda.
Dije que mi cuerpo aguantaba cualquier cosa. Era mentira, pero ya no había forma de echarme atrás delante de los tres.
Bajé la cámara, respiré hondo, volví a enfocar. La pose ya no era pose: ella se la meneaba bajo la tela y yo seguía detrás del visor, sin saber si parar.
Bianca llevaba siete años acostumbrada a no sentirse deseada. Esa noche, en una cama ajena, descubrió que su cuerpo podía ser el centro de todo.
Bastó una mirada de Renata para que entendiera: lo había visto todo la tarde anterior y ahora quería su parte, sin posibilidad de negarse.
Tomás salió de la ducha desnudo y dijo que para qué iba a vestirse si pensábamos desnudarlo igual. Esa noche en la cabaña, ninguno de los cuatro pensó en dormir.
Cris abrió la cortina del probador a medio cambiarse y yo, en lugar de retirarme, me arrodillé. Lo que pasó después marcó todo lo que vino después con Hugo.
El grito atravesó el patio interior y los vecinos con niños subieron el volumen del televisor. Sabían perfectamente lo que ocurría en el tercero izquierda.
Adrián conocía cada vestido del armario de su melliza. Esa mañana, con la casa sola y cuatro hombres cavando en el jardín, decidió que por fin sería ella.
«Bajá a las nueve. Bien duchado, depilado y sin ropa interior. Hoy te vamos a usar entre los dos.» Apagué el teléfono con las manos temblando y empecé a contar las horas.
Nunca me había atrevido a tanto. Esa noche dejé el pantalón en la mochila, me ajusté la minifalda sobre las nalgas y caminé entre los pasillos sintiéndome, por fin, una mujer.
Salí desnuda de la ducha y ella seguía con el uniforme puesto, apoyada contra las taquillas, mirándome con una sonrisa que jamás había visto en los entrenamientos.
Verla dormir en mi cama es como mirar un milagro. Solo sé su nombre, no a dónde irá al despertar, ni si volverá a tocar mi puerta alguna otra noche.
Cuando vi que la camioneta se alejaba por el camino, mi cuerpo empezó a latir distinto. Sabía exactamente lo que iba a pasar apenas él y yo nos quedáramos solos en esa casa.
Detrás de cada uno de los tres agujeros podía haber cualquiera. Yo no veía nada. Solo sentía manos, bocas y una mirada conocida observándome desde el otro lado.