Mi novia, la cala nudista y el cirujano millonario
Sabía que en aquella cala nadie llevaba ropa. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaría ella mientras yo, tumbado al sol, fingía no enterarme de nada.
Sabía que en aquella cala nadie llevaba ropa. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaría ella mientras yo, tumbado al sol, fingía no enterarme de nada.
Llevábamos casi veinte años juntos y conocía cada rincón de su cuerpo. Cuando la enfermedad se la llevó, creí que ese deseo moriría con ella. Me equivoqué.
Decidí ir sin ropa interior bajo la falda, solo para ver tu reacción cuando rozaras mi pierna en el banco del piano. No imaginé hasta dónde llegaríamos.
Cuatro horas de quirófano, el pasillo desierto y un enfermero que llevaba meses mirándola. Esa noche, Valeria decidió que no quería pensar.
Dijo que le dolía la espalda para no ir a las actividades. Yo me ofrecí a cuidarlo. Los dos sabíamos que el dolor era la excusa más vieja del mundo.
Le había confesado a mi madre y a mis amigos que Luca era mi novio. Lo que no esperaba era acabar la noche dentro de un dragón de parque, mientras la tormenta tapaba nuestros gemidos.
Llamé a mi marido en plena madrugada, con restos de semen en el cuerpo y otro hombre al lado, para preguntarle si podía aceptar algo que jamás habíamos hecho.
Nunca había besado a nadie. Lo confesé junto a la piscina, con los dedos hundidos en sus rizos, sin saber que esa frase iba a cambiarlo todo entre nosotros aquella noche.
Vino a mi casa con dos cervezas y una historia que necesitaba sacarse de adentro: la noche en que entendió que disfrutaba perder el control por completo.
No soy tonta: estudio arquitectura y me va bien. Pero esa noche salí dispuesta a que un grupo de extraños creyera que era una muñeca sin cerebro.
Cuando volvió a aparecer en pantalla no estaba solo, y yo, del otro lado, ya no podía dejar de mirar lo que sucedía sobre el escritorio que él olvidó fuera de cuadro.
Me arrodillé en el confesionario, pegué los labios a la rejilla y le susurré que venía a confesar un deseo con nombre, sotana y una cruz en el pecho.
Llevaba tres días sola en casa y la calentura no me dejaba dormir. Eran las cinco de la mañana cuando me puse la falda más corta sobre las medias de red y salí a la calle vacía.
Su mujer me llamó «la amante» durante años. Pero yo nunca lo fui. Fui su trabajadora sexual, y esta es la verdad que ella nunca quiso escuchar.
Carla nunca quiso compartirme con nadie. Hasta que su hermana se metió en la cama de al lado y la excitación pudo más que cualquier promesa.
Salí a hacerme un café con una bata de satín y nada debajo. Él estaba en el sofá, fingiendo leer, y los dos sabíamos que esa mañana iba a pasar algo.
Una llamada por puro aburrimiento, una comida que tardamos horas en tener y su mano subiendo por mi muslo en el sofá de su despacho. Hacía meses que no lo veía.
Sabía que estaba mal, pero cada vez que nos llamaban a bajar yo solo pensaba en cuándo podríamos volver a escaparnos.
Llevaba años tocándome con la misma fantasía, y aquella tarde de festival, perdida y empapada de sudor, supe que tenía delante la única ocasión de cumplirla.
Lo escribo por fin: me excita ser el putito anónimo de un hombre casado, arrodillarme sin saber su nombre y que él tampoco sepa el mío. Solo eso. Una y otra vez.