Mi amigo me visitó y me amó como la mujer que soy
Llevaba semanas eligiendo el vestido, el perfume, la lencería. Esa noche él cruzaría la puerta y por fin me vería como siempre soñé que me viera.
Llevaba semanas eligiendo el vestido, el perfume, la lencería. Esa noche él cruzaría la puerta y por fin me vería como siempre soñé que me viera.
El anuncio decía: travesti de clóset busca amigo maduro. Esa misma semana subí a una camioneta de lunas polarizadas sin saber del todo lo que me esperaba al final del viaje.
Compartir cuarto con ella en esa casa frente al mar parecía inofensivo, hasta que el calor, el mezcal y su cuerpo pegado al mío lo cambiaron todo.
Solía broncearse en topless junto a la pileta, segura de que nadie la veía. Hasta que sintió la mirada de él clavada en su piel desnuda.
La bañera estaba a punto, yo cerré los ojos, y cuando los abrí ella ya estaba desnuda en el umbral, ofreciéndome un masaje que no terminó en los hombros.
Desde que volví a su vida, cada ducha era nuestro ritual. Pero esa tarde le ofrecí algo que ninguna madre debería ofrecer, y él no dudó.
Tres días con el mismo traje, derrumbado en el sillón. Yo era la única mujer de la casa ahora, y decidí que la vida seguía aunque tuviera que empezar desnudándolo.
Llevábamos cuatro días huyendo cuando nos atraparon. Mi abuela se desnudó entre el barro y la noche, y supe que aquella locura era nuestra única forma de salir vivos.
La noche que me ofreció una prueba para ver si valía la pena, mi madre se quitó la bata y entendí que ya no había vuelta atrás entre nosotros.
Subí al dormitorio con un vaso de agua fresca y me lo encontré desnudo sobre la escalera. Carraspeé para avisar que estaba allí, pero él se giró sin prisa.
Le había rogado mil veces y siempre me frenaba con la misma excusa. Hasta que esa noche, en la penumbra del dormitorio, me dijo que sí.
Lo que empezó como una charla incómoda sobre juguetes en el asiento trasero terminó convirtiéndose en el secreto más oscuro que esa familia jamás contaría.
Bajé del tren con una sola idea en la cabeza, y al cruzar la puerta de su piso supe que ninguno de los dos íbamos a fingir que aquello era una visita de familia.
Cuando las puertas se trabaron entre dos pisos supe que faltaban horas para el rescate. No imaginé que mi hermana ya tenía otros planes para esa espera.
Cuando mi tía preguntó si ya tenía novia, todos rieron. Mi prima Camila no. Bajo el mantel, su pie descalzo subió por mi pierna y entendí que la noche apenas empezaba.
Me había hecho comer con prisas, y ahora se sentaba a horcajadas sobre mí, mojada, susurrándome al oído que no pensaba dejarme tranquilo hasta la noche.
Me rasuré entera, me ceñí la tanga negra y me pinté los labios de rojo. Faltaba una hora para que llegara, y yo ya temblaba sin haberlo visto todavía.
Se subió el vestido en el primer semáforo y entendí que aquella vuelta en coche no era para ir de compras. Mi madre tenía otros planes para los dos.
Marisol creyó que su hijo solo miraba a su prima. Pero esa noche, con el mismo vestido y las mismas curvas, comprendió que la verdadera tentación era ella.
Baltasar olió la tensión en cuanto el chico le pidió que lo llevara. No buscaba charla: buscaba lo mismo que él, y los dos lo supieron sin decir una palabra.