Lo que mi amiga hizo en su fiesta de egresados
Yo creí que iría a la fiesta a llorar en un rincón. Nunca imaginé hasta dónde estaba dispuesta a llegar mi amiga para sacarse la bronca del cuerpo.
Yo creí que iría a la fiesta a llorar en un rincón. Nunca imaginé hasta dónde estaba dispuesta a llegar mi amiga para sacarse la bronca del cuerpo.
Tenía quince años, una hora libre y la casa de mi novio vacía. Lo que pasó esa tarde lo recuerdo con cada detalle, hasta hoy.
La recogí en la estación pensando en la cena que había reservado. Ella tenía otros planes, y los dejó claros apareciendo en el salón con tacones, un tanga negro y nada más.
La primera vez me avisó que estaba por acabar y, aun sabiendo lo que significaba, no aparté la boca. Esa noche empezó algo que tardé en confesarme.
Dejé las llaves en el recibidor, me arrodillé sin decir una palabra y supe que esa tarde el lienzo iba a quedar a medias.
Dijo que era mi captor y no me dejaría salir de su cama. Cuando empezó a cocinar para mí, supe que el motín apenas estaba empezando.
Tenía veinte años, una cita en tres días y un secreto: nunca había tocado a un hombre. Me pidió ayuda y yo conocía a alguien dispuesto a ser su primera lección.
Nunca creí que arrodillarme frente a él, en silencio y a escondidas, terminaría siendo mi placer favorito. Pero esa hora libre lo cambió todo.
Cuando el último compañero cerró la puerta, supe que esa noche no volvería a casa siendo la misma mujer. Él me miró y yo ya estaba temblando.
Llevaban semanas perdidos entre las estrellas. Esa noche, Sira dejó de mirar las pantallas y empezó a mirar a la máquina que nunca dormía.
Quería saber qué decían los chicos de ella a sus espaldas. No imaginaba que terminaría soñando que era yo la que estaba de rodillas frente a mi propio novio.
Siempre creí que era algo de chicas fáciles. Entonces me arrodillé frente a él, me miré en el espejo antiguo y entendí que llevaba años equivocada.
Sabía que a mi amiga la usaban los chicos, pero nunca imaginé hasta dónde llegaba. Lo descubrí una noche, haciendo scroll en su teléfono sin permiso.
Aquella noche, arrodillado frente a ella en la penumbra de su habitación, entendí que para mí el placer no empieza en mi cuerpo, sino en el suyo.
No busco amor ni promesas. Esa tarde lo vi cruzar la plaza y supe exactamente lo que quería pedirle, aunque nunca antes me hubiera atrevido a tanto.
Nunca imaginé que detrás de esa carita tierna se escondían las anécdotas más atrevidas que escuché en mi vida. Y esa noche me las contó todas, una por una.
Le tocó el mecánico que había estado mirando desde la cola. Cuando le pasó su teléfono «por si el coche daba problemas», los dos sabían que el coche era lo de menos.
Si nunca te han hecho una buena mamada, no sabes de lo que hablo. Y no, no me refiero a correrte en su boca. Te voy a contar el secreto que descubrí por casualidad.
Abrí la puerta de la cabaña esperando una litera libre y me encontré con cinco desconocidas a medio vestir. Esa misma noche entendí por qué viajo solo.
A las siete en punto, la consulta estaba vacía y el doctor cerró la puerta con llave. Mercedes no sabía que su quemadura sería lo menos que ardería esa mañana.