Seduje al nerd tímido que me adoraba en silencio
Vino a mi casa a estudiar, pero yo llevaba un top sin sostén y una idea muy clara. Esa tarde descubrí cómo cogía el chico más tímido de la facultad.
Vino a mi casa a estudiar, pero yo llevaba un top sin sostén y una idea muy clara. Esa tarde descubrí cómo cogía el chico más tímido de la facultad.
Siempre es tan serio frente a los demás. Nadie imagina que basta una mirada suya para que yo baje la vista, me acerque y me arrodille sin que tenga que pedírmelo.
En el juego del «yo nunca» confesé mi lista secreta: los lugares donde me arrodillé sin que nadie lo supiera. Hoy te cuento tres de ellos, sin censura.
Me arreglé como para una cita sin admitir que lo era. Cuando él abrió la puerta sin camisa, supe que esa noche algo en mí iba a cambiar para siempre.
Nunca te dicen a dónde vas ni quién estará allí. Solo el antifaz, el coche negro y una villa donde aquella noche yo dejé de ser camarera para convertirme en el plato.
Sabía que tarde o temprano vendría a buscarme. Solo tenía que esperar bajo la farola y dejar que su culpa hiciera el resto del trabajo por mí.
Nunca cargo efectivo, y esa mañana lo descubrí en el peor momento: tarde, sin plata y con un taxista que me miraba por el retrovisor como si yo ya le debiera algo más que la carrera.
Lo dejé al borde toda la noche, una y otra vez, sin permitirle terminar dentro de mí. No era crueldad: era mi manera de garantizar el día siguiente.
Llovía, su casa estaba sola y yo tenía una sorpresa guardada. Nunca lo había hecho, pero esa tarde decidí que era el momento de averiguar a qué sabía el deseo.
Me desperté con una sola idea fija entre las piernas y un nombre en la boca. Esa mañana Pamplona entera me olía a sexo, y yo solo quería encontrarla a ella.
El parquímetro había expirado y él ya se arrodillaba con el inmovilizador. Me quedaban pocos segundos para convencerlo de otra manera.
Llegué temprano del trabajo, me puse una camisa suya sin nada debajo y me arrodillé frente a él. Esa tarde decidí que iba a cumplirle su fantasía, pero con mis reglas.
Solo quería dormir, pero la rendija de la puerta dejaba pasar la luz, y la risa baja de mi madre me detuvo en seco antes de llegar a la mía.
«Sé quién eres en realidad», le dijo su vecina en el rellano. Esa madrugada, a oscuras y con un antifaz puesto, Daniel descubrió que ella tenía un plan que jamás habría imaginado.
Hay confesiones que se quedan atoradas en la garganta. Esta es una de ellas, y te la cuento tal cual pasó: sin vergüenza, sin filtros y con una sonrisa enorme.
Cuando rechacé a Nuria por respeto a mi novia, ella encendió el portátil y abrió una videollamada. Al otro lado estaba Marina, sonriendo. «Fue idea mía», dijo.
Tengo cincuenta y tres años y dos pastillas azules en el bolso. Lo que no esperaba era que una desconocida las viera caer al suelo.
Bajó la copa, lo miró a los ojos y supo que esa noche no habría vuelta atrás: dos años de aguantarse cabían en el silencio de su apartamento.
Pagué la entrada, elegí la cabina del fondo y me senté en la penumbra a esperar. No buscaba una cara ni un nombre: buscaba el morbo de no saber quién estaba al otro lado.
Cuando abrió la carpeta oculta de su teléfono y giró la pantalla hacia mí, entendí que la tímida de siempre se había atrevido por fin a contarlo todo.