El postre que nos servimos fuera del restaurante
Bianca puso tres tangas en el centro de la mesa y anunció que el premio del juego lo cobraríamos con el postre. Ninguno imaginaba dónde pensaba servírnoslo.
Bianca puso tres tangas en el centro de la mesa y anunció que el premio del juego lo cobraríamos con el postre. Ninguno imaginaba dónde pensaba servírnoslo.
Mi mujer llevaba semanas pidiéndome carta blanca para una noche. No imaginé que nuestros anfitriones tenían preparada una sorpresa que iba a dejarnos a los cuatro sin aliento.
Nadia creía que la pasión con Andrés se había apagado. Esa noche, frente a dos parejas desconocidas y un dado de doce caras, descubrió hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Cuando entré en aquel cuarto y las vi a las dos juntas, tardé un segundo en distinguir cuál era mi esposa y cuál la desconocida que había pagado por ella.
Adrián nos pidió un favor por teléfono, pero la verdadera sorpresa empezó en nuestra habitación de hotel, mucho antes de la cena que tenía preparada para los seis.
Sus ojos brillaban en la penumbra, fijos en mí por encima del hombro de su acompañante. No me conocía, pero su mirada ya me había desnudado entera.
Mi mujer cabalgaba sobre mí pensando en el vecino mientras él, al otro lado del tabique, hacía lo mismo con la suya. Era cuestión de tiempo que dejáramos de imaginarlo.
Fuimos a urgencias por un dolor extraño, pero la exploración del médico se convirtió en otra cosa frente a mis ojos, y yo no hice nada por detenerla.
Cuando Néstor abrió la puerta buscando a quién emparejarse, mi novia ya tenía las manos donde no debía y una idea en la cabeza que lo cambiaría todo.
Acordamos comportarnos como dos extraños en la arena: ella tendría que seducirme con medio mundo mirando, y yo tendría que aguantar sin delatarme.
Nunca habíamos entrado a un local así. Cuando aquella pareja de la playa cruzó la puerta y se sentó en nuestra mesa, supe que la noche ya no nos pertenecía solo a nosotros.
Llevábamos meses fantaseando con dar el paso. Esa noche, en el salón de unos desconocidos, mi mujer me miró antes de cruzar el punto sin retorno.
Llegamos al club pasada la medianoche sin saber muy bien qué buscábamos. Lo supimos cuando Mara salió del agua, nos miró a los dos y sonrió como si ya nos conociera.
Cuando abrí la puerta de la habitación ya era tarde para arrepentirme: ella estaba sobre la cama, y él no se detuvo cuando nuestras miradas se cruzaron.
Mi mujer juraba que jamás cruzaría esa puerta. Tres horas después, era ella quien me suplicaba que no parásemos delante de todos.
Llevábamos toda la mañana provocándonos con la crema solar cuando la chica de la toalla de al lado decidió sumarse al juego.
No sabíamos cómo salir del agua sin que se notara lo que acabábamos de hacer. Lo que no imaginábamos era que la noche apenas empezaba, y que la fiesta de los vecinos lo cambiaría todo.
Después de veinticuatro años casados, Marina me susurró que solo quería mirar. Tres horas más tarde, yo miraba cómo otro hombre la hacía perder la cabeza.
Bruno me cargaba en vilo, clavada a su cuerpo como si no pesara nada, y yo me dejaba llevar. Lo que no imaginé es que alguien nos observaba desde la ventana de enfrente, cámara en mano.
Compré lencería para una noche a solas con mi esposa. Jamás imaginé que terminaría viéndola en brazos de otro hombre mientras la mujer de él se acomodaba en mi regazo.