Cierra la puerta y haz lo que te diga esta noche
«Cierra la puerta con seguro y quítate la ropa», fue lo primero que escuchaste de mi voz esa noche. Lo demás dependía de cuánto quisieras obedecerme.
«Cierra la puerta con seguro y quítate la ropa», fue lo primero que escuchaste de mi voz esa noche. Lo demás dependía de cuánto quisieras obedecerme.
Esa noche bajé al estudio con la excusa de la fotocopiadora. En su carpeta personal había tres archivos que cambiaron todo lo que yo creía saber de ella.
Puse una toalla sobre la cama por si acaso, abrí las piernas y seguí las instrucciones del video. Media hora después entendí que mi cuerpo guardaba un secreto.
Cerré los ojos creyendo que estaba sola. Cuando sentí la sombra en la puerta, ya era tarde para fingir que no estaba pensando en él.
Acepté la fantasía de mi marido con una condición: yo elegía cómo, dónde y con quién. Lo que él no sabía es que yo ya tenía a alguien en mente.
Le pedí que se pusiera el short más corto que tuviera. Quería ver cómo la miraban los obreros mientras pasaba, y cómo aguantaba ella todo el día con esa ropa.
Llevaba años practicando con mis dedos y juguetes, pero ninguno me preparó para la primera vez que sentí a otro hombre respirando en mi nuca y empujando con paciencia.
Llevaba toda la cena sin bragas, sabiendo lo que me hacía. Cuando vio el callejón vacío, levantó apenas la falda roja y se apoyó en la pared sin decir nada.
A los diez años mi madre entendió antes que yo quién era. Veinte años después miro mi cuerpo en el espejo y por fin reconozco a la mujer que siempre fui.
Llegué al portal sin saber si iba a tener el valor de subir. Me llamo Esteban, tengo 48 años y arriba me esperaba una pareja a la que solo conocía por mensajes.
En el ascensor me rozó el brazo como sin querer y olió a colonia cara. Esa misma noche, mientras yo me vestía a oscuras, ya estaba planeando cómo dejar a Tomás.
Reservé el lugar para nuestro aniversario, pero ella se me adelantó: el hostal era el cuartel de un club privado y esa noche el botón rojo estaba al lado de la cama.
Veintiocho años de matrimonio tranquilo, y bastó una foto a escondidas para que Carmen no pudiera quitarse de la cabeza lo que escondía su hermano pequeño.
Volvió del club con esa sonrisa torcida y una historia sobre mi hermano que no debía contarme. Esa noche entendí hasta dónde era capaz de empujarme.
Llevaba años recibiendo mensajes sin sustancia, hasta que una pareja joven me escribió pidiendo algo concreto: que yo tomara el control de los dos durante toda una tarde.
Mi mujer ya había elegido a su próxima conquista. Lo que ninguno imaginaba era que el desenlace empezaría conmigo, a solas con él, bajo el agua caliente del vestuario.
Conduje dos horas hasta una casa de piedra en mitad de la nada. No sabía que esa noche dejaría de ser un simple invitado para convertirme en su fantasía.
Su mano subió por mi muslo mientras yo conducía. —Dicen que en esas áreas la gente no para a estirar las piernas —susurró. Y supe que esta vez iba en serio.
Iván había alquilado la casa frente al mar para sorprender a Marina. Lo que no le dijo es que esa noche su secreto mejor guardado se sentaría en el sofá, entre los dos.
Llegué con dos botellas de champán para romper el hielo, pero fue Marina quien tomó el control desde el primer beso y dejó claro que esa noche mandaba ella.