Compartimos la tienda con otra pareja esa noche
Éramos cuatro en una tienda, dos parejas que apenas se conocían, y bastó un roce en la oscuridad para que ninguno quisiera seguir fingiendo que dormía.
Éramos cuatro en una tienda, dos parejas que apenas se conocían, y bastó un roce en la oscuridad para que ninguno quisiera seguir fingiendo que dormía.
Las reglas eran simples: el ganador quedaba atado, el perdedor servía y, al final, las dos parejas medirían quién mandaba de verdad. Nadie pensaba rendirse.
Apenas cerré la puerta, una silueta pelirroja se colgó de mi cuello y me besó como si no hubiera pasado el tiempo. La bienvenida apenas empezaba.
Acepté por él, porque era su fantasía. Pero cuando las manos de los dos me recorrieron a la vez, aquello dejó de ser solo suyo y se volvió mío.
La encontré esperándome en la cama, pero esa noche no la quería solo para mí. La saqué al pasillo, desnuda, justo frente a la puerta donde dormía mi amigo.
Marina aceptó la invitación sabiendo a lo que se exponía. Lo que no imaginaba era que un simple masaje con crema solar terminaría rompiendo todas sus reglas.
Mariana se ajustó los tirantes frente al espejo mientras Esteban sonreía desde el sofá. Esa noche había invitado a alguien más, y no pensaba decírselo todavía.
Llevábamos meses con nuestro juego secreto, pero cuando Bruno cerró la puerta del hotel y Tomás se sentó a mirar, entendí que esa noche ya no había marcha atrás.
Empezó como un juego de palabras en la cama. Terminó conmigo subiendo al coche de otro hombre, mientras mi marido esperaba dentro del casino sabiéndolo todo.
Después de tantos años, una conversación sincera tras la cena bastó para que las dos parejas cruzáramos la línea que siempre habíamos rodeado sin atrevernos.
Le dije a mi marido que solo íbamos a tomar unos tragos con otra pareja. En realidad llevaba toda la semana planeando lo que terminaría pasando en ese departamento.
Eran recién casados y nos pidieron que les mostráramos lo que sabíamos. Mi marido y yo nos miramos: aquella noche iba a ser muy larga.
Me fui enfadado a la cama por una tontería. Quince minutos después me desperté, escuché ruidos en el salón y lo que vi cambió todo entre las dos parejas.
Me besó el cuello, me miró a los ojos y soltó la frase que llevaba semanas guardando. No era una pregunta: era una invitación a romper todas las reglas.
Mi mujer siempre cortaba la fantasía cuando se ponía seria. Esta vez, cuando le confesé lo que había reservado, se mordió el labio y me preguntó: ¿y si no se conforman con mirar?
Mi esposa soñó que yo me acostaba con otra mujer mientras ella miraba. Días después, en el hotel, esa fantasía dejó de ser un sueño.
Mientras le untaba el protector, ella movía despacio las caderas contra la arena. Yo solo pensaba en cómo convencerla de cruzar la puerta del otro hotel.
Llevábamos veinte años casados y jamás habíamos hecho algo así. Pero esa noche, en el hotel solo para adultos, mi mujer me miró fijo y empezó a quitarse la ropa.
Le dije que entrara sola, como si no me conociera, y que hiciera lo que quisiera si algo le gustaba. No imaginé hasta dónde estaba dispuesta a llegar esa tarde.
Las tarjetas estaban listas, divididas en verde, amarillo y rojo. Solo faltaba que llegaran ellos para descubrir hasta dónde éramos capaces de llegar.