La fiesta privada que cambió las reglas entre nosotros
Subimos a la habitación de arriba sin saber que esa noche íbamos a cruzar todos los límites que creíamos tener bien claros.
Subimos a la habitación de arriba sin saber que esa noche íbamos a cruzar todos los límites que creíamos tener bien claros.
No abrí los ojos enseguida: dejé que esas dos lenguas siguieran su juego sobre mí, sabiendo que era apenas el principio de un día en el que nadie iba a pedir permiso.
Cuando me quitó la venda de los ojos, no estaba solo en el salón. Seis hombres desnudos me rodeaban y mi novio observaba desde un rincón con una sonrisa.
Cuando los gemidos del cuarto cerrado llegaron hasta el jardín, Andrés supo que tenía que ver con sus propios ojos lo que estaba pasando del otro lado de esa puerta.
Damián se deslizó en la cama equivocada esa madrugada, y supo que ninguna de las dos parejas volvería a mirarse igual después de esa noche.
Cuando abrió los ojos y la cama de Damián estaba vacía, supo que la noche todavía no había terminado para nadie en aquella casa.
Cuando Renata bajó descalza a la cocina al amanecer, no imaginó que su marido la observaría desde la puerta, ni que esa mañana lo cambiaría todo entre ellos cuatro.
Cuando cruzamos la puerta de aquel local en penumbra, supe que esa noche compartiríamos algo que ninguno de los dos podría olvidar jamás.
Salí del baño envuelta solo en una toalla y crucé el salón despacio, sabiendo que las miradas de los dos hombres me seguirían hasta el dormitorio.
Bajó la escalera con un vestido negro que apenas la cubría, y los dos invitados entendieron que aquella cena no iba a parecerse a ninguna otra.
Creé el anuncio en secreto, elegí a los candidatos uno por uno y reservé la suite. Solo faltaba que ella cruzara esa puerta y descubriera su verdadero regalo.
Mi mujer bajó al baño del avión detrás de la azafata y volvió despeinada, con una confesión que me dejó duro y con ganas de mucho más.
Llevaba semanas dándole vueltas a la idea, pero nada me preparó para lo que sentí cuando las primeras manos desconocidas me recorrieron la piel en la oscuridad.
—Solo a mirar —susurró ella en la puerta del club. Pero las manos de desconocidos ya buscaban su piel, y yo era incapaz de apartar la vista o de detenerlo.
Me dejó agitada frente al espejo, con la ropa a medio acomodar y una promesa colgando en el aire: esto no se iba a quedar así.
Cuando llegué al bar, mi esposa ya no estaba sola: una desconocida le acariciaba la cintura, y lo único que yo no quería era que se detuviera.
Llevaba tres meses sin sus manos, sin su boca, sin sus tetas sobre las mías. Esa noche me serví una copa de vino, me desnudé y decidí que el placer no tenía por qué esperar a su regreso.
Aquella noche aprendí que entregarla del todo significaba renunciar a mi propia virilidad mientras él la tomaba sobre mi cara.
«Lo que pasa en la costa, se queda en la costa», nos dijimos antes de cruzar esa cortina. Ninguno de los dos imaginaba lo lejos que iríamos sin la otra pareja.
Nadia se arrodilló frente al ventanal de cristal sabiendo que los vecinos del jardín de al lado no perdían detalle. Y esa fue apenas la primera tarde.