La sumisa que esperaba a mi novia en el salón
Cuando Irene entró al salón aún con el maletín en la mano, la chica llevaba dos horas arrodillada en el centro de la alfombra, esperándola sin mover un músculo.
Cuando Irene entró al salón aún con el maletín en la mano, la chica llevaba dos horas arrodillada en el centro de la alfombra, esperándola sin mover un músculo.
En el pasillo del aceite ella se inclinó dos segundos de más. El tipo del fondo soltó la lista de compras. Nadie sospechó del juego que llevábamos años perfeccionando.
Bajé envuelta solo en una toalla y, al llegar al penúltimo escalón, descubrí que la sala estaba llena de gente que ya me había visto entera por la pantalla.
Cuando Camila se inclinó sobre mi oído para decirme que la chica ya estaba en casa y nos miraba desde el pasillo, pensé que se detendría. Hizo justo lo contrario.
Apoyó los codos sobre la mesada, levantó la cola sin girarse y siguió leyendo en voz alta. Detrás, su novio se bajaba el pantalón sin hacer ruido.
Tengo una cuenta de Facebook anónima para exhibirme a desconocidos. Cuando me llegó la solicitud del compañero de mi pareja, dudé tres días antes de aceptar.
Llevábamos treinta y cinco años casados y la pasión era un recuerdo lejano, hasta aquella tarde de junio en la cala desierta en la que ya nadie pudo apartar la mirada.
Después de la peor noche en años, ese desconocido sólo me ofreció fuego para el cigarro. No imaginé que al día siguiente me invitaría a la cama que comparte con su marido.
El plan era cumplir mi fantasía. Cuando vi al desconocido subir a mi cama y a mi novia rendirse a él como nunca conmigo, entendí que el cornudo iba a ser yo.
Abrí la puerta sin hacer ruido. Tres hombres dormidos en el mismo cuarto y ella en bragas rojas, sobre la cama, con una camisa que no era mía.
Lo conocí en una entrega de premios donde ninguno quería estar. Le di fuego en el pasillo trasero y, sin saberlo, le di también todo lo demás.
La primera vez que pisó la lavandería traía las botas embarradas y una sonrisa que me desarmó. Y yo solo era una empleada del hotel sin nada que ofrecerle.
Crucé el patio entre los camiones y me oculté en el pasillo del primer piso. Lo que vi a través del cristal esmerilado me cambió para siempre lo que sentía por ella.
A las tres de la madrugada, dos hombres tocaron la puerta. Lo que ninguno de ellos sabía era que Camila llevaba semanas pidiéndome esa noche.
Su esmalte burdeos contra el mío esmeralda sobre mi vientre. Era la primera mujer que me había hecho suya y yo apenas empezaba a aprender la ternura.
Sonó el teléfono justo cuando él entraba por la puerta. Era mi novio. No podía colgar. Y mi ex no pensaba esperar a que terminara la llamada.
Damián siempre cobraba veinte dólares. Esa tarde llegó con Camila al asiento del acompañante y la mirada cómplice de quien ya había hablado de mí con ella.
Cuando la vi cruzar las llegadas del aeropuerto supe que aquella huésped no era ninguna niña. Lo que no imaginé es que acabaríamos desnudas bajo la misma ducha.
Cuando levanté la vista del cuello de Camila, un hombre nos observaba desde la valla. No huyó. Sonrió, se llevó la mano al pantalón y se sentó a esperar.
Llevábamos meses esperándolo. Mis padres por fin saldrían, ella llegó con lencería azul oscuro y los dos temblando, y entonces el cuerpo decidió otra cosa.