Espiarnos fue solo el principio de aquel viaje
Las paredes del apartamento eran de papel, y la mejor amiga de mi novia dormía pared con pared. Esa primera mañana fingimos no recordar que estaba ahí.
Las paredes del apartamento eran de papel, y la mejor amiga de mi novia dormía pared con pared. Esa primera mañana fingimos no recordar que estaba ahí.
Salí del agua temblando de frío y la vi acomodándose el bikini al sol. Ninguno de los dos sabía que esa mañana lo cambiaría todo entre nosotros.
Aquella tarde no planeábamos nada. Pero cuando se bajó el pantalón frente a mí, supe que iba a probar algo que nunca había probado.
No habían pasado ni cinco minutos de película cuando su mano ya buscaba debajo de mi short, y yo, en lugar de apartarla, recé para que nadie en la sala volteara a mirarnos.
Habíamos firmado el contrato sabiendo que el sábado sería peor que el viernes. Lo que no imaginábamos era hasta dónde pensaba llevarnos al bosque.
Salí de la ducha y ahí estaba ella, mirando entre mis piernas con esa sonrisa que ya conocía. Sabía exactamente dónde apretar para que dejara de discutir y empezara a obedecer.
Le dije que eligiera dónde ponerme la crema depilatoria. Jamás pensé que respondería señalando justo el lugar donde más me iba a doler.
Si me corría en el segundo exacto, ella me dejaría hacerlo. Si fallaba, me prometía un castigo que yo llevaba semanas temiendo y deseando a partes iguales.
Llevábamos un mes sin atrevernos a más, hasta que eligió otra película de dominación y me preguntó, con esa sonrisa, si quería hacerlo de verdad.
Dos sillas con un agujero en el medio, una cuerda con un nudo y dos hombres atados sin saber si la próxima ronda les tocaba a ellos. El juego empezaba.
Bastó una frase para que ella se subiera a la cama, apoyara el tacón en su pecho y le dijera que esa noche tendría que ganarse cada caricia.
La primera vez que me obligó a bajar la cabeza mientras me cogía creí que me resistiría. No lo hice. Y descubrí cuánto me gustaba dejar de decidir.
Siempre fui el seguro de los dos. Pero con las esposas frías en mis muñecas y su sonrisa nueva encima de mí, entendí que ya no era yo quien mandaba.
Llevaba un mes atado a su deseo. Esa noche, Selene decidiría cuándo, cómo y cuánto le dolería antes de permitirle por fin soltarlo todo.
La profesora pasó un dedo por su escote y le susurró al oído que abriera las piernas. Nerea obedeció antes de entender que ya no había marcha atrás.
El mensaje llegó justo antes de dormir: una propuesta para el día siguiente al mediodía. No sabía cuántos seríamos ni qué me esperaba, pero ya había dicho que sí.
Entramos buscando un gangbang y solo había dos hombres sentados con la toalla puesta. No imaginaban la suerte que acababan de tener.
Connor no hablaba una palabra de español, así que cuando empecé a desnudar a mi mujer delante de él, no entendió nada hasta que ya era demasiado tarde para irse.
Bajó al escenario solo para bailar. Cuando la correa que sostenía a aquel hombre cayó al suelo, supe que ninguno íbamos a controlar lo que vendría después.
Entró buscando un consolador y terminó arrodillada en una cabina a oscuras, sin saber cuántas manos la tocaban ni cuántas bocas esperaban su turno.